San Rafael, Mendoza lunes 16 de mayo de 2022

  La delgada línea roja – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

El sol de la mañana acarició poco a poco la copa de los árboles. Desde la urbanización, esos momentos se habían vuelto sumamente escasos y solo duraban algunos instantes. Sin embargo, seguían transmitiendo esa sensación de bienestar que solo es posible percibir a través de la interacción con el bosque. Las enormes hectáreas de vegetación habían dado lugar a complejos de urbanización que luchaban contra los enormes pinos en un desafío hacia el cielo. Del ecosistema original, solo quedaba una pequeña área destinada a las primeras familias que habían ocupado el lugar y que se comprometieron a mantener esa zona intacta. La familia Roja era una de ellas.

Ubicados al norte de la Gran Arboleda, los Roja contaban con una de las residencias más antiguas y lujosas de la zona. El padre, Eugenio Roja, era el dueño del mayor aserradero de la región y pasaba la mayor parte del día en la oficina situada en las afueras de la ciudad. La madre, María Blanca de las Nieves Roja, era un ama de casa que ocupaba la mayor parte de su tiempo en preparar comida casera, conservas y dulces. La integrante más joven de la familia era Camila Ruana Roja, conocida en foros y blogs de internet como KapeRussRoja. Eugenio había dispuesto que su hija fuera quien ocupara el cargo de Jefa de Distribución cuando alcanzara la mayoría de edad, pero la realidad le había truncado la fantasía. KapeRussRoja estaba fascinada con el mundo de la programación y la informática. Despreciaba cualquier cosa que tuviera que ver con el aserradero y evitaba salir de su cuarto lo más posible. Con dieciséis años, la muchacha sabía más de computación que del mundo que la rodeaba.

Durante seis meses la Gran Arboleda olería a madreselvas, glicinas y jazmines de lluvia. Cuando comenzaba a hacerse presente la calidez del mediodía, KapeRuss sintió vibrar fuerte su celular sobre el escritorio de madera. Miró la pantalla y vio la imagen de contacto de su padre. Se quitó los audífonos sin detener la música y contestó.

-Sí, ¿qué pasa? –Siempre que llamaba su padre contestaba de esa manera. En parte porque sabía que eso irritaba a su padre y en parte, también, porque no le salía naturalmente de otra manera.

-Bueno, buenos días a vos también –dijo Eugenio al otro lado del teléfono. –Necesito que hables con tu madre y cumplas unos encargos. Ella no puede ir y tiene que ser ya. –Eugenio sabía que dar tiempo a una réplica por parte de su hija significaría perder la batalla. –Cuando vuelva a casa hablamos. Chau chau. –Cortó así sin más.

KapeRussRoja resopló mirando al techo de su habitación, se estiró, guardó su teléfono en el bolsillo del pantalón y bajó las escaleras hasta la cocina. Su madre se las apañaba para preparar una enorme caja de mimbre y tela. Cuando escuchó a su hija apoyarse contra el marco de la puerta, miró sobre su hombro derecho y le habló.

-Hola, hija. Veo que tu padre ya habló con vos –decía mientras seguía acomodando elementos que tintineaban dentro de la caja. –Necesito que vayas en bicicleta hasta el Límite Sur a llevarle esto a la abuela. Tiene que ser ya.

KapeRussRoja resopló de nuevo, revoleó los ojos y se quedó mirando el piso. Ya había pasado por estas situaciones y nunca había podido zafarse de la responsabilidad familiar que le imponían. El viaje, aunque breve, resultaba cansador a través del sendero de tierra. Por decreto nacional, ningún vehículo motorizado estaba permitido dentro de la Gran Arboleda. Las opciones de movilidad ciertamente eran escasas. María Blanca terminó de cerrar el paquete, lo contempló durante unos segundos y se lo entregó a su hija. Con una palmada en el hombro y una sonrisa solitaria dio por terminada la conversación.

La bicicleta, apoyada contra la pared del garaje, esperaba pacientemente para ponerse en acción. Detrás del asiento tenía una pequeña parrilla anexada específicamente para transportar algún elemento. KapeRussRoja colocó allí la caja de mimbre, se puso los auriculares inalámbricos y salió. Afuera, el bosque la recibió con la serenidad de un paraíso perenne. Había recorrido quinientos metros, cuando sintió que un rayo de genialidad le cruzaba por la cabeza. Se apartó del sendero y sacó su celular del bolsillo. Unos años atrás, una empresa ecológica de mensajería y transporte de pequeñas encomiendas se había asentado en los límites de la Gran Arboleda y la ciudad. KapeRussRoja solamente tenía que acceder a la aplicación, pedir un mensajero y dejar que su problema se resuelva solo. Era brillante.

Diez minutos después, un joven vestido con una remera verde y blanca apareció por el camino de la derecha montando una bicicleta. Cuando llegó hasta la joven la saludó con un gesto de cabeza.

-¿Es ese el paquete? –le preguntó señalando la caja de mimbre.

-Sí, ese mismo. –La muchacha se lo alcanzó y el mensajero lo aseguró a la parte trasera de su propia bicicleta.

-Que tenga un buen día –le dijo y se alejó rápidamente por el camino principal en dirección a su destino. KapeRussRoja se sentó sobre una piedra, encendió un cigarrillo que llevaba oculto en el bolsillo y se sentó a esperar mientras seguía el recorrido del mensajero con el GPS de la aplicación.

Mientras se consumía el tabaco, los ojos de la muchacha veían la delgada línea roja en la pantalla cada vez más cerca de la casa de su abuela. Al llegar a destino, esperó la notificación de recibido para dar por terminada su labor. Pero el mensaje nunca llegó. Dejó pasar algunos minutos más, pero tampoco hubo respuesta. Llamó al teléfono del repartidor para quejarse de su falta de profesionalidad y solo escuchó la mecánica voz del contestador automático. Enfadada, regresó al menú de la aplicación y pidió el servicio de otro mensajero. Nuevamente apareció un joven por el sendero de la derecha, esta vez vistiendo shorts verdes y remera blanca. KapeRussRoja le explicó que su compañero nunca había enviado el mensaje de confirmación de entrega y que ella ya había pagado por los servicios de transporte. Con una sonrisa sincera, el nuevo repartidor le dijo que iría inmediatamente para allá a constatar que el paquete había sido entregado sin problemas.

KapeRussRoja se sentó nuevamente a ver la nueva línea roja marcar el recorrido en la pantalla. Cuando se hubo cumplido el mismo tiempo que antes, el ícono desapareció y el mensaje tampoco llegó.

-¡Qué montón de imbéciles inoperantes! –dijo gritándole al teléfono. Respiró hondo y contó hasta diez. Decidió darles una última oportunidad para no ser ella la que tuviera que ir hasta la casa de su abuela a corroborar que la caja había llegado.

Por tercera vez apareció un joven y por tercera vez KapeRussRoja se sentó a mirar la línea roja en el GPS de la aplicación. El mensaje esperado nunca llegó. Presa de una rabia adolescente, la muchacha decidió regresar a su casa. Le diría a sus padres que la caja se había caído por algún barranco y que mañana iría hasta la casa de su abuela para llevar un nuevo paquete.

Al ocultarse las últimas luces del día, KapeRussRoja escuchó a su madre dar un grito en la cocina. Movida por la curiosidad, la joven bajó corriendo las escaleras. Encontró a su madre encorvada, cubriéndose la cara con las manos. Sobre la mesa, la tablet mostraba la página principal del diario vespertino. Cuatro cuerpos habían sido encontrados en el Límite Sur. Tres eran de jóvenes pertenecientes a una empresa de repartos y uno a una mujer mayor. Los cuatro presentaban profundas mordidas mortales.

 Gentileza: 

AUTOR: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

EMAIL: ravagnani.lucio@gmail.com

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