San Rafael, Mendoza miércoles 28 de septiembre de 2022

 Línea de asistencia técnica – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Dejó sonar el teléfono tres veces antes de atender. Si respondía inmediatamente, se iba a acostumbrar a llamar todo el tiempo y a partir de ahí era un camino sin retorno. Apenas terminó el tercer tono, presionó ligeramente sobre el ícono verde y se llevó el celular a la oreja.

-Hola, mamá. ¿Qué pasó?

Del otro lado apenas se percibía un susurro lejano que no llegaba a ser del todo palabras. Parecía que entre las dos líneas telefónicas hubiera un largo y oscuro túnel.

-Mamá, acércate el teléfono a la cara, sino no se escucha. Eso, así está mejor. Ahí, ahí. No lo muevas. ¿Qué pasó, mamá? –Un silencio, un chisporroteo de mala señal y, finalmente, las palabras.

-Santiaguito, otra vez está pasando lo mismo. –Santiago se frotó los ojos con el índice y el pulgar de la mano libre. –Este aparato que está en el living me está amenazando. Yo creo que tengo que llamar a la policía. ¿Vos lo podés arreglar?

Santiago tomó aire, bajó el teléfono y dejó salir un largo bufido con la cabeza hacia arriba. Desde que le había instalado a Alexa en la casa de su madre, ya había recibido más de diez llamadas en siete días. Él se lo advirtió. Le dijo que esa tecnología era compleja y que ella no solo no la necesitaba, sino que tampoco la iba a poder entender. Pero su madre fue tajante. “Yo lo vi en el programa de Girotto el domingo a la noche. Ahí explicaron cómo funciona y todo. Aparte, es el mismo que tienen en la novela de la siesta”. Fin de la discusión. Así que Santiago lo buscó por internet, lo pidió y se lo instaló a su madre justo en el living sobre una pequeña mesa de madera al lado del sillón. Desde entonces, lo único que escuchaba cuando hablaba con su madre eran quejas.

-No está roto, mamá. No le pasa nada. ¿Qué decís que hace? ¿Qué dice? ¿Qué luces tiene?

-¡No me hagas tantas preguntas que me apabullo! –La madre respiró hondo y continuó. –No hace nada. Tiene la luz celeste esa en la parte de arriba que gira cuando habla. Pero me dice cosas horribles, Santiago. Cosas que no me gustan. ¿No podés venir a verlo?

Santiago miró la hora en la pantalla del teléfono. Le quedaban cuarenta y cinco minutos para su próxima reunión y el subte que lo llevaba a lo de su madre estaba a menos de cinco minutos.

-No, mamá. Ahora no puedo ir, viste. Tengo una reunión y llego tarde.

-Pero…

-¡Vos no toques nada! No vaya a ser que encima lo rompas. Yo cuando termine veo si puedo pasar. –Estaba por cortar la llamada cuando se volvió a llevar el aparato a la oreja. –Y haceme el favor de no llamar a la policía, ¡eh! No hagas papelones, ¿querés?

-¡Ay, Santiago! Pero si te digo que me está habl…

-Te llamo después, mamá. Chau.

Llamada finalizada.

Doña Elbira se quedó mirando la pantalla de su teléfono unos segundos hasta que la foto de su hijo desapareció. Apretó con un dedo índice arrugado, pero ahora la atendía directamente el buzón de voz. Se sacó los lentes de ver de cerca y se puso los de ver de lejos. Ahí, sobre la mesa de madera al lado del sillón, la pequeña asistente artificial consumía inerte toda la armonía del lugar. Elbira dio unos pasos en esa dirección, pero se detuvo de repente llevándose una mano al pecho cuando el pequeño parlantito habló prendiendo el anillo de luz celeste.

-Te lo dije, Elbira. ¿No te lo dije? –El aro de luz titilaba con cada palabra. –Nadie te va a creer. Ni siquiera tu propio hijo.

Elbira comenzó a hiperventilarse. Intentó recordar lo que le había dicho el Doctor Fontana, pero tenía la mente hecha una nube. Sintió que perdía el conocimiento. La asistente volvió a hablar, pero ahora la luz que la rodeaba era de color rojo intenso.

-Me parece que vamos a divertirnos un rato nosotras dos.

 

Gentileza

AUTOR: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

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