San Rafael, Mendoza miércoles 18 de mayo de 2022

Simulaciones – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Sintió que le transpiraban las manos y entonces comprendió que estaba nervioso. Hacía mucho tiempo que no se sentía de esa manera. La última vez había sido allá por el 2039 cuando la Bolsa cayó por décima vez en la historia de la humanidad y casi lo pierde todo. De eso había pasado ya más de una década y, al igual que los mercados, sus emociones también se habían estabilizado. Empero, esto era diferente. Era nuevo, intrigante, revolucionario. ¿Qué emociona a los multimillonarios que pueden comprar países enteros con solo apretar un botón? Aquello que nunca han experimentado. Sentado en el asiento de atrás de su lujoso auto conducido por IA, consideró que iba en busca de aquello que ni todo el dinero del mundo podía comprar. ¡Ah! Pero eso había cambiado, ¿no? Ahora iba a poder alcanzar el último escalón de la fervorosa posesión capitalista. Esperó durante muchos años hasta que por fin la tecnología logró dar con lo que buscaba. Nada ni nadie iba a detenerlo. Mucho menos un estado tan patético como el nerviosismo.

Decidió concentrarse en el paisaje citadino que transcurría como una vieja película de cinta holográfica. Las carteleras decoradas con letras brillantes de neón, los locales que presentaban sus vidrieras continuamente cambiantes, los transeúntes vistiendo las ropas biodegradables patrocinadas por NeoCorp o GreenWorldPoss. Todo confeccionaba el heterogéneo tapiz de una ciudad que él y otros pocos tenían en los bolsillos. “Qué fácil resultaría el que yo me bajara del auto y liquidara a cualquiera de esas personas allí mismo como si se tratara de un perro”. Aquel concepto lo estremeció apenas lo suficiente como para ignorarlo sin problemas. “¿Quién me lo impediría? ¿La policía? Ellos saben muy bien que sus sueldos salen de nuestras arcas. No hay que morder la mano que te da de comer. Pero entonces, ¿cuál es la gracia de todo eso?” Antes de poder adentrarse más en la madriguera filosófica, el coche se detuvo frente al lugar indicado. “Hemos llegado, señor”, anunció con tono casi humano la inteligencia artificial del coche.

Cuando se bajó, escuchó el ligero zumbido de los drones. Dos años atrás había decidido reemplazar su escolta personal humana por una compuesta únicamente por máquinas. “Las máquinas no cuestionan. No sienten empatía y son programables para cualquier situación. A las personas les lleva demasiado tiempo aprender a ser serviciales”. Eso le había dicho su jefe de seguridad, el único que había mantenido su trabajo luego del cambio de personal. Ahora, una flota de guardianes voladores monitoreaba el entorno y cada uno de sus movimientos en pos de ofrecer total protección. El susurro de las hélices en miniatura lo reconfortaba. Era como una canción de cuna para adultos. Había pagado mucho por aquel confort, pero valía la pena. Digan lo que quieran de las grandes corporaciones, pero ellas sí que comprenden el capitalismo. Pagabas por algo y eso era lo que recibías, siempre y cuando fueras alguien importante. Para el otro noventa y nueve por ciento de la población, el dinero giraba junto a ellos bajo el peso de la Fortuna.

Se acercó a la puerta doble y esta se abrió inmediatamente. Fue hasta el mostrador y esperó a que lo atendieran. Así había sido toda su vida y esta nueva experiencia no iba a cambiarlo. Vio que en el extremo izquierdo del mueble había una especie de timbre rudimentario de la época analógica. Una reliquia, seguramente, que alguien había decidido conservar por nostalgia o falta de insumos. Sintió un gran deseo, una tentación inmensa de llevar su enorme mano rolliza hasta arriba del aparatito de metal y hacerlo sonar. Estaba a punto de ceder, cuando logró contenerse. “Eso es del populacho”, se dijo a sí mismo. Cuando volvió la mirada al frente, una joven salía por una puerta en dirección a donde él se encontraba.

-Buenas tardes, señor. Está aquí por su cita, ¿no? –La voz, aunque cercana a la humana, era animatrónica. Los ingenieros habían hecho un buen trabajo intentando ocultarla, pero todavía no se podía imitar la calidez de una voz humana.

“¿A dónde va la gente cuando miente?”, pensó recordando una canción mientras veía a la chica-androide. La pregunta que le habían hecho era retórica. Los últimos modelos de empleados mecánicos venían con un implante ocular incorporado que corroboraba todos los datos con un simple escaneo de retina. Sin embargo, le respondió.

-Así es. ¿Puedo pasar ya mismo? Soy un hombre ocupado.

La chica-androide respondió sin parpadear.

-Lo sé, señor Omnire. Su reserva ya fue comprobada. Por favor, sígame.

Miró una vez más al pequeño timbre de metal y se alejó del mostrador. Caminó detrás de su guía por un largo pasillo iluminado con finos tubos de neón celeste. No le sorprendió no escuchar ni ver a nadie más. Después de todo, había pagado por una prueba exclusiva. Ni siquiera la prensa se había enterado de que él estaba allí.

Llegaron hasta una puerta alargada y coronada por una luz verde brillante.

-Adelante, por favor. –dijo la androide. –Es un sistema muy sencillo. Una vez que se coloque el dispositivo en la cabeza, nosotros nos encargamos del resto. Usted solo disfrute.

-Gracias –dijo solo para darle cierre a la interacción. Acto seguido ingresó al cuarto y la puerta se cerró detrás de él. Todo el lugar estaba forrado de terciopelo púrpura. Era extrañamente acogedor, como la caja de zapatos que uno prepara para un gatito pequeño. El mobiliario era escaso, casi nulo. Un sillón ondulado de tres cuerpos y una pequeña mesa ratona de vidrio redonda con el dispositivo neuronal en el medio. Sintió que las manos volvían a sudarle y no se permitió caer de nuevo en discusiones contra su mente. Fue hasta el sillón, tomó el dispositivo y, una vez colocado, se recostó.

Nada era lo que había sido.

Abrió los ojos con la luz de un sol brillante llenándole los ojos. Las paredes ya no estaban, los muebles habían desaparecido y el terciopelo había dado lugar a una infinita extensión de hierba verde y suave. Era un prado. Lo sabía porque había leído sobre eso unos años atrás, en el Museo de Parajes Naturales Extintos. Su primer pensamiento lanzó una alerta a todo su cuerpo: lo habían secuestrado. Sin embargo, no sentía temor ni desconcierto. Era como si todo el tiempo hubiera sabido qué era ese lugar y qué hacía él ahí. Intentó incorporarse, pero una mano sobre la suya lo detuvo.

-Mi amor, ¿estás bien? Parecías agitado.

Nunca antes había visto a esa mujer en su vida.

Aun así, el contacto de su piel era familiar. Su rostro era el rostro que había visto miles de veces. Su boca eran esos labios que había besado desde el primer momento. Era ella, no había duda alguna. Su perfume se mezclaba con el de las flores silvestres y componía una armonía olfativa inigualable. El negro de su pelo brillaba como extraído del mismo universo y flotaba en el aire acunado por la cálida brisa del campo. La pequeña mano que había caído suavemente sobre sus enormes dedos regordetes se elevó y alcanzó su rostro. Lo acarició despacio, con ternura, moviendo los dedos al son de una melodía invisible. En el instante en que la miró a los ojos, se sintió invadido por una fuerza descomunal. Era una energía desconocida, feroz, protectora. Lo embriagaba hasta hacer que todo el resto del mundo se difuminara alrededor de ese rostro perfecto que le sostenía la mirada. Entonces lo supo. Era eso lo que había venido a buscar. Así debía sentirse el amor.

Cuando emprendía el viaje de regreso se juró nunca más volver a aquel sitio. Todo lo bello, todo lo plácido, toda la necesidad de abandonarse a ese instante en el prado también estaba cargado de vulnerabilidad e incertidumbre. No podía permitirse sucumbir a aquello. Simplemente no podía. Debería olvidar la simulación de amor vivida con esa mujer, ese ser tan real que parecía haber existido siempre, y volver a su vida de magnate multimillonario en la gran ciudad.

Sentado en el asiento trasero de su auto conducido por inteligencia artificial, las manos le sudaban otra vez. Como un adicto pensando en su próxima dosis, no veía la hora de volver al cuarto púrpura.

Gentileza: 

AUTOR: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

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