San Rafael, Mendoza domingo 16 de enero de 2022

Un repiqueteo constante – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

A diferencia de lo que le sucede a Antonio Birabent, a mí la lluvia sí me inspira. La última gran tormenta trajo, además de cortes de luz, un gran caudal de inspiración. Algunas ideas se charlaron entre tragos, tabaco y risas. Otras, como la que se narra a continuación, se dieron como una mezcla entre dos hechos bien diferenciados en el tiempo. Así y todo, las tempestades siempre me parecieron materia literaria. Tal vez sea por el hecho de que muchas veces reflejan un estado ruidoso del alma o quizás por ese temor natural a las inclemencias. Sea cual sea el motivo, la lluvia es un elemento familiar para presentar una situación aterradora porque, como sucede con tantos otros elementos, está completamente fuera de nuestro control.

Hacía tres días que llovía sin parar. El cielo, otrora celeste y profundo, se había teñido de un gris pesado. En lo que dura un suspiro había tomado la forma de una enorme represa que comenzó a liberar su contenido torrencial sobre la tierra. Nada se oía dentro de las casas más allá del repiqueteo constante de la lluvia sobre los techos. Los autos, que en un primer momento no tuvieron dificultades en atravesar la tormenta, ahora yacían inmóviles sobre el asfalto. Algunos, los más afortunados, habían puesto los vehículos a resguardo. Otros, careciendo de un espacio físico propio o alquilado, optaron por dejarlos a merced del agua que caía constante sobre el oasis. El aguacero había sido recibido como una bendición por los habitantes de aquella zona árida y calurosa. Ahora, sin embargo, las acequias se habían rebalsado y las calles estaban cubiertas de turbios ríos que viajaban turbulentos hacía el este. Los noticieros locales parecían exclusivamente abocados a mostrar imágenes de gente evacuada. Mostraban las casas inundadas, los muebles arruinados y las luces rojas de los camiones de rescate que centellaban contra los vidrios chorreantes.

Desde la puerta del patio, Inna miraba sus plantas. Sus manos sujetaban una taza de té verde que se llevaba a la boca dando pequeños sorbitos. Pensaba en la sensación gratificante que había invadido su cuerpo cuando le llegaron los primeros vientos del petricor. Ahora aquel recuerdo parecía tan lejano como la esperanza de que la tormenta amainara en pronto. En un momento sintió los pies fríos y se percató de que el agua había comenzado a filtrarse dentro del comedor. Cerró la puerta y buscó el trapeador y el balde que guardaba en el lavadero. Era la quinta vez en el día que secaba el suelo y la acción se había vuelto tan rutinaria que la ejecutaba casi automáticamente. Cuando terminó, dejó la taza en la bacha de la cocina y se sentó en el futón del living. El mueble crujió levemente bajo su peso. Inna no alcanzó a escuchar el ruido, pero lo sintió bajo sus piernas. Buscó una tregua entre las páginas de un libro que había comenzado la semana pasada y dejó que la sensación tibia que la infusión había dejado en su pecho la reconfortara. Sin embargo, la lectura duró poco. Le costaba concentrarse porque constantemente miraba en dirección a la puerta, buscando indicios del agua insidiosa que pugnaba por irrumpir en su hogar. Poco a poco la calidez del té se fue evaporando y dejó paso al conocido traqueteo de las gotas sobre las tejas del techo.

La noche llegó con un nuevo azote de chaparrón. Inna se acostó y se tapó con las sábanas a pesar del calor que se había levantado. Era algo inevitable. Algún lugar de su mente había albergado la idea de que aquel contacto con la tela la protegía como un escudo contra aquello que acechaba en la oscuridad. “Aquello” no era otra cosa que las fantasías que su imaginación había cosechado tras años de historias de fogón y lecturas sobrenaturales. No obstante, su técnica había resultado infalible durante toda la vida.

El sueño no llegó de inmediato. Todavía le costaba conciliarlo por el ruido de la tormenta a pesar de que a esta altura ya debía haberse acostumbrado. A esas horas, el tamborileo inquebrantable parecía más intenso. El silencio de la noche creaba una acústica que se propagaba por toda la ciudad. Por lo menos eso creía Inna mientras miraba el cielorraso blanco con los ojos bien abiertos. Se preguntó si faltaría mucho para volver a ver el sol característico de la región. Tumbada en su cama, el amarillo del cobertor echado a un costado le trajo recuerdos que ahora parecían tan distantes como la niñez. El aburrimiento dio lugar al sueño. Su subconsciente inquieto dibujó imágenes que no podían llegar a caracterizarse de pesadillas, pero que tampoco estaban demasiado lejos. Una de ellas consistía en una ola color verde de cientos de metros de altura. Inna la vio superar las montañas al oeste y avanzar rápidamente hacia la ciudad, hasta el barrio y su propia casa. Cuando la ola estuvo a punto de engullir todo, se despertó de golpe. Se sentó en la cama sin ver la hora. El té había obrado su magia y ahora no podía contener las ganas de ir al baño. Se paró y fue hasta allí sin colocarse las sandalias. Al volver al cuarto sintió de nuevo el ruido de la lluvia que de algún modo su cerebro había omitido en la escapadilla nocturna. Pensó que le iba a costar volver a dormirse, pero no fue así.

Al rato se despertó de golpe. Al principio creyó que un trueno la había sacado de la ensoñación. Escuchó con atención sin moverse, escuchando el caer perenne de la lluvia. Sus ojos comenzaban a cerrarse cuando captó algo más. No era un trueno lejano ni el sonido del diluvio. No, el ruido provenía de un lugar mucho más próximo. Completamente despabilada, agudizó el oído. Fue entonces cuando sintió el crujir del futón. Era imposible, ¿no? ¿Podría alguien haberse metido a su casa? Y si así fuera, ¿por qué ir a sentarse a su futón en lugar de pasar desapercibido? Haciendo un esfuerzo inhumano para sobreponerse al miedo, Inna se giró para investigar cuando nuevamente escuchó el crujido. Se colocó de espaldas a la puerta de la habitación, cubierta hasta la cabeza con su sábana protectora. Entonces oyó los pasos. Eran tenues, pausados y se dirigían al cuarto. Inna respiró agitadamente cubriéndose la boca y la nariz con la mano mientras sentía cómo la frente se le cubría del sudor frío del terror. Los pasos se detuvieron y ella supo que aquello estaba a su lado. No podía evitar temblar en la absoluta oscuridad de la recámara, mientras recitaba para sus adentros un mantra protector que había memorizado cuando era pequeña. Sintió cómo el cobertor subía desde sus pies y se depositaba suavemente sobre sus hombros. Al cabo de unos instantes, no pudo aguantar más. Se giró de golpe para enfrentar al intruso, pero allí no había nadie. Encendió la luz del velador y se quedó sentada en la cama mirando a todos lados. Cuando sus ojos se adaptaron al brillo artificial del foco, descubrió el rastro. Una serie de pisadas mojadas que llegaban desde el living y se detenían justo al lado de su cama. Sujetando fuerte el borde del delicado camisón, siguió las pisadas en dirección contraria. La huella venía desde la puerta abierta del patiecito, donde sus plantas seguían recibiendo el repiqueteo constante de la lluvia. Cerró la puerta, pero no se atrevió a pasar el trapo.

Quizás aquella presencia solo estuviera preocupada de que ella no pasara frío.

Gentileza: 

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

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