San Rafael, Mendoza miércoles 27 de octubre de 2021

Bienes raíces – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Unheimlich:
Voz alemana que hace referencia a una experiencia psicológica que resulta siniestra y a su vez extrañamente familiar.

Mientras el plomero inspeccionaba el pozo del patio, Javier fumaba un cigarrillo y lo miraba a unos diez pasos de distancia. Cada pitada venía cargada de una rabia intensa y reprimida. Hacía solo seis meses que había comprado la casa y esperaba que pasaran por lo menos otros seis antes de tener que hacer algún arreglo. Cuando divisó las primeras manchas de humedad en las paredes del sótano, comprendió que de nada servía negar la realidad. Dio una última pitada y revoleó la colilla aún encendida al baldío que estaba del otro lado de la medianera.

– ¿Cómo va eso, maestro? –preguntó llevándose las manos a los bolsillos para ocular la irritación.

–Y mire… a simple vista parece que son raíces, vio. –le respondió el plomero manteniendo la postura que dejaba expuestas la mitad de las nalgas velludas. –A veces pasa con casas como estas que tienen un… –las palabras se disolvieron en el aire a la vez que Javier concentraba su atención en el sauce del patio. El enorme sauce llorón se mecía despacio con la brisa de la primavera próxima, como si desplegara una danza ajena a cualquier inquietud humana. Javier recordó su primera visita a la propiedad. La había visto en una página de internet e inmediatamente se había puesto en contacto con la gente de la inmobiliaria. Cuando lo llevaron hasta el lugar, se dio cuenta de las verdaderas dimensiones de la casa. Tenía un estilo colonial antiguo que había trascendido la modernidad de los tiempos actuales. La estructura de dos pisos, con su techo de tejas negras estilo pizarra y sus ventanales circulares que parecían los ojos atentos de un gigante, presentaba cierto orgullo solemne de otros tiempos. Destacaba entre las demás casas de la zona no solo por su arquitectura, sino también por su amplio jardín delantero y por la abundante vegetación de su patio trasero. Aquel día Javier recorrió cada habitación escuchando las descripciones del agente inmobiliario, mientras que su mente vagaba en planes a futuro y soñaba con posibles decoraciones para cada ambiente. Aunque parecía un despropósito una casa tan amplia para él y su mujer, estaba convencido de que necesitarían el espacio una vez que Paula quedara embarazada. Sin embargo, lo más llamativo de todo era el módico precio que se pedía por un lugar así. Al principio, Javier creyó haber escuchado mal. El agente inmobiliario tuvo que repetírselo dos veces antes de que él se convenciera de que no era un error ni una broma. Ahora la casa, decorada exactamente como lo había pensado aquel día, revelaba sus primeros caprichos antes de tiempo. El sauce se meció durante otro instante, ajeno a la mirada inquisidora que le arrojaban en ese preciso momento, y luego dejó caer sus largas ramas en perfecta armonía.

El plomero se despidió, no sin antes cobrar cuantiosamente su visita, y prometió regresar al día siguiente con las herramientas necesarias para solucionar el problema. Javier encendió otro cigarrillo en el umbral de la puerta principal, exhaló el humo y entró. A su mujer no le gustaba que fumara dentro de la casa. “¡Se queda todo el olor pegado en las cortinas! Parece que viviéramos en un cenicero”, le había escuchado decir en reiteradas ocasiones. La imagen de la casa-cenicero era recurrente en las discusiones sobre el tema y Javier ya les había encontrado el lado humorístico a los planteos de Paula. No obstante, ella había decidido visitar a su hermana durante ese fin de semana, así que él tendría tiempo de ventilar bien los ambientes antes de que su esposa regresara. Dando una segunda pitada, esta vez más relajado, dejó salir el humo por su nariz mientras contemplaba el amplio living iluminado por las últimas luces de la tarde.

La casa era un sueño hecho realidad. Todos sus espacios poseían exactamente las dimensiones que él requería e incluso aquellas que en su momento parecieron incómodas se habían amoldado al deseo subconsciente de transformación. Todos, excepto el sótano.

Con la irrupción espontánea de ese pensamiento, Javier miró en dirección a la puerta color castaño oscuro que se recortaba contra la pintura cálida de la pared. Del otro lado, unas viejas escaleras de madera bajaban a una especie de abismo insondable que solo era posible penetrar con la ayuda de una solitaria bombita de luz. Pensó en las paredes, chorreantes de fría humedad viscosa más allá de las escaleras, y recordó el escalofrío que recorrió su cuerpo cuando puso los dedos sobre las manchas oscuras. Pareció como si la angustia de muchos años hubiera caído de golpe sobre su corazón desprevenido. Con un movimiento brusco sacudió la cabeza para liberarse del recuerdo siniestro y, al abrir nuevamente los ojos, se encontró parado en el ­living con el cigarrillo consumido entre los dedos. Agitó la cabeza una vez más y fue hasta la cocina para tirar la colilla apagara al tacho de la basura. Cuando regresó sobre sus pasos para subir a las habitaciones, no pudo evitar sentir que algo había cambiado en el lugar. El día había dado paso a la noche profunda sin que se diera cuenta y la única luz que entraba por las grandes ventanas provenía de la calle. Todo estaba cubierto con una fina capa siniestra.

Javier encendió rápidamente las lámparas de pie que decoraban la sala y así las dejó mientras subía los escalones en dirección a su cuarto. Se quitó la ropa desaforadamente y se arrojó bajo las sábanas. A pesar de que aún era temprano, se sintió invadido por una pesada sensación de somnolencia. Quiso girar la cabeza para corroborar exactamente la hora, pero sucumbió a un sueño oscuro. Desgarradoras pesadillas royeron su inconsciente durante largas horas. En una de ellas, Javier estaba rodeado por rostros enormes y desfigurados que intentaban hablarle con bocas cosidas o con la carne de los labios fundida. Cuando se obligaba a mirar, las caras parecían surcadas por profundas cicatrices oscuras y largas vetas hinchadas. Cuando entre todos los rostros encontró el de Paula, despertó de golpe.

En la oscuridad del cuarto, el reloj despertador indicaba que eran pasadas las tres y cuarto de la madrugada. Javier apoyó la cabeza en la almohada con el fin de despejar su mente de aquellas horribles imágenes, cuando un ruido lejano lo puso en alerta. Agudizó el oído esperando reconocer algún gato correteando por los techos o el viento golpeando los postigos mal cerrados de una persiana, pero no oyó nada de eso. El ruido parecía un golpeteo suave y provenía de la planta baja.

Empujado por un extraño sentimiento de intriga más que por el valor, Javier salió de la cama y se dirigió hacia las escaleras encendiendo todas las luces a su paso. Cuando llegó a la planta baja, no descubrió nada inusual. Las sombras de los muebles se proyectaban largas e inmensas con la luz de las lámparas que él mismo había dejado encendido. Decidido a que todo aquello solo había sido una situación insignificante, dio media vuelta para regresar a la cama. Entonces lo oyó nuevamente. Se giró de golpe y otra vez aquel ruido extraño, aquel ruido maligno, le llegó a los oídos. Cuando comprendió de dónde venía, sintió que un nuevo escalofrío recorría su cuerpo. El sonido venía del sótano. Quiso llamar a su mujer y contarle lo que estaba sucediendo, pero su teléfono había quedado arriba. En ese momento, darle la espalda a aquella puerta color castaño oscuro se sentía como darle la espalda a una fiera acechante. Sumido en una espesa sombra mental, se acercó a la puerta y la abrió. Los primeros escalones que descendían a aquel abismo estaban iluminados por las luces de las lámparas, pero a partir del sexto peldaño todo era incertidumbre y oscuridad. Avanzó tanteando la pared en busca del interruptor, hasta que dio con la pequeña palanquita plástica. Al activarla, el foco zumbó levemente y proyectó una luz mortecina. El golpeteo ahora sonaba tan intensamente que Javier podía sentirlo dentro suyo.

La luz tenue del foco apenas contaba con la fuerza necesaria para combatir las profundas tinieblas. Las pupilas de Javier, cegadas por la luz del living, se dilataron con tanta fuerza que parecían ocupar todo el ojo. Parado en mitad del sótano, con los puños apretados al costado del cuerpo, miró en todas direcciones buscando el origen del ruido. Cuando sus ojos se posaron en la pared machada de humedad, un grito largo y agudo escapó de su garganta. Las enormes raíces se movían como los filamentos de una medusa o los tentáculos de un pulpo terroso, goteando barro y agua. Su contorsión imposible describía pequeños círculos en el aire y los nudos más gruesos eran ovalados y uniformes. Aún gritando hasta desgarrar su garganta, Javier sintió cómo aquellas raíces infernales le asían de los pies desnudos y lo sujetaban al suelo. Los nudos callosos se acercaron a la débil luz de la bombita y revelaron un horror descomunal. Allí, con ojos vacíos en cuencas de madera tierna y negra, los rostros de su sueño se desesperaban por advertirle. Cuando Javier vio el último rostro, sintió que unas raíces largas y finas entraban por su garganta sofocando el alarido. Sus ojos perdieron el brillo mientras contemplaban las facciones rígidas de la cara de Paula.

Gentileza: 

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

EMAIL: ravagnani.lucio@gmail.com

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