San Rafael, Mendoza jueves 16 de septiembre de 2021

Las pupilas de “La Catalana” -Por:.Beatriz Genchi

Un monumento a las putas en la plaza del pueblo? Suena desopilante, pero una estatua a las meretrices podría ser realidad muy pronto en San Julián, villa marina de la Patagonia argentina. Algunos estudiantes y vecinos proyectan la obra en homenaje a las pupilas del prostíbulo La Catalana. No sería, claro, en agradecimiento a los servicios prestados, sino un reconocimiento a su dignidad.

La que esgrimieron en 1922 cuando echaron del burdel a los soldados que acababan de combatir a jornaleros huelguistas. Hasta ese año a San Julián sólo se lo conocía porque, en el siglo XVI, cuando aún no tenía nombre, recaló en sus costas Fernando Magallanes, el navegante portugués que dio la vuelta al mundo navegando al servicio de España.

Al despuntar el siglo XX La Catalana abrió sus puertas en aquel pueblo ubicado en la provincia de Santa Cruz, 1.800 kilómetros al sur de Buenos Aires, sobre el levante de la Patagonia, inconmensurable meseta austral barrida por los vientos furiosos de la cordillera de los Andes y el Atlántico. Esos territorios del fin del mundo habían sido arrebatados a sangre y fuego a los aborígenes nativos y se habían convertido en propiedad de un puñado de latifundistas -ingleses, escoceses y españoles-. La mayoría criaba rebaños de ovejas, bajo la protección del Imperio Británico, y producía lana que enviaba a la metrópoli. Pero Londres empezó a importar lana desde Australia y Nueva Zelanda con lo cual bajaron los precios y sobrevino la crisis en el sur argentino, donde empeoraron las condiciones de trabajo.

Entonces los peones de campo, de distintas nacionalidades, algunos pocos, argentinos, se alzaron en protestas. Las demandas laborales eran simples: pago de salario en metálico y no con bonos; un paquete mensual de velas, para iluminar el barracón por las noches, y un catre para cada trabajador; botiquines con instrucciones en castellano y no en inglés; menú más variado que la carne de cordero como plato único, entre otras exigencias. La negativa de la patronal a oír aquel petitorio desencadenó en 1921 una primera huelga masiva, dirigida por los anarquistas llegados de Europa, entre ellos, el gallego Antonio Soto Canalejo, de El Ferrol.

El movimiento social arribó a un acuerdo con la patronal Sociedad Rural de Santa Cruz, dirigida por el español Ibón Noya, pero tras el incumplimiento del pacto volvió la huelga general al ámbito rural. Así que en Buenos Aires, empezaron a inquietarse por el cariz que tomaba la revuelta, y se preguntaban qué hacer para salvaguardar de forma eficaz los intereses británicos. La mejor idea del Gobierno del presidente argentino Hipólito Irigoyen (1916-22/1928-30) fue enviar al X Regimiento del Ejército, que se desplazó al mando del teniente coronel Benigno Varela. Este oficial ordenó la caza y fusilamiento de los huelguistas. Unos 1.500 trabajadores -excepto Soto, que se fugó a caballo a Chile- cayeron y fueron enterrados en fosas colectivas y anónimas. Uno de esos osarios aún hoy está dentro de la estancia La Anita, que entonces era propiedad del asturiano José Menéndez.

Aquello saltó a la luz medio siglo más tarde, en 1974, merced al trabajo del historiador Osvaldo Bayer, que viajó a través de la estepa austral recolectando datos y finalmente publicó cinco tomos de su obra “La Patagonia rebelde” y “Los vengadores de la Patagonia Trágica”. Para el epílogo de esa tarea monumental se reservó el caso de La Catalana. “Como fusilar había sido un oficio agotador, llegó el momento del descanso. Varela no era nada zonzo y el 17 de febrero de 1922 autorizó a sus hombres a ir al prostíbulo de San Julián mientras aguardaban el barco que los transportaría a Buenos Aires”, rememoran algunos.

La única derrota de los vencedores es el título del último capítulo del relato y allí Bayer cuenta: “Se avisó a Paulina Rivera, dueña de la casa de tolerancia La Catalana, de que iban a ir los soldados. Pero cuando éstos se acercan al lupanar la dueña les dice que las cinco mujeres que allí trabajaban se negaban a “atenderlos”. Ellos lo toman como un insulto al uniforme de la Patria. Conversan entre ellos, se animan y a la fuerza tratan de meterse. Pero salen las cinco pupilas con escobas y palos y los enfrentan al grito de “asesinos”, “porquerías” y “con asesinos no nos acostamos”. El alboroto es grande. Los soldados hacen gestos agresión pero retroceden y cruzan a la vereda de enfrente. También les gritan “cabrones malparidos” y -según el posterior parte policial- otros insultos obscenos”.

Aquel quinteto, que tuvo el coraje de cerrar sus piernas como gesto de rebelión, estaba conformado por María Juliache, española, soltera, de 28 años; Ángela Fortunato, argentina, casada, 31; Consuelo García, soltera, argentina, 29; Amelia Rodríguez, argentina, soltera, 26; y Maud Foster, inglesa, soltera, 31, y “de buena familia”, según consta en el acta de la comisaría de San Julián, a la que las cinco fueron a parar. Ni siquiera los músicos del lugar se salvaron de marchar al encierro: Hipólito Arregui; Leopoldo Napolitano y Juan Acatto, pero enseguida recuperaron su libertad pues dijeron reprobar la actitud de sus compañeras de tareas.

“Las metieron a todas juntas en un calabozo pequeño, con espacio para un solo detenido. Les pegaron y arrojaron agua fría. Después les prohibieron ejercer su oficio y les negaron la libreta sanitaria. Así que al tiempo, tres de ellas se marcharon a Viedma (Rio Negro) y dos a Ushuaia. Tuvieron que cambiarse los nombres para borrar su pasado y evitar que la Policía las siguiera molestando”, cuenta Bayer.

Sin embargo, 30 años después la inglesa Foster regresó a San Julián y, ya señora mayor, volvió a La Catalana como madama. Al historiador no le quedan dudas de que en la reconstrucción del episodio de La Catalana contó con fuentes de primera mano: “Además del acta policial, todo lo que sé me lo contaron dos viejitos de San Julián que vinieron a verme. Conocían el caso con pelos y señales. Después de que hablamos, caí en la cuenta de que sabían tanto porque habían sido clientes del prostíbulo. Se lo comenté y reaccionaron asustados: “Por favor, señor, no nos vaya a mencionar”. Yo me comprometí a no revelar sus nombres”.

Sólo resta, el monumento a las valientes chicas de La Catalana, en cuyo viejo edificio casi un siglo después funciona algo parecido, aunque con otro nombre y maquillado de discoteca.

Gentileza:

Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.

Puerto Madryn – Chubut.

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