San Rafael, Mendoza jueves 16 de septiembre de 2021

 In extremis – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Eran ellos o yo.

El ego a veces grita tan fuerte

que no deja pensar.

“Me muero, Julián”, alcanzó a escuchar antes que la tos ahogara las palabras. Él solo pudo quedarse ahí, mirando cómo se deshacía en sus brazos entre espasmos. Pensó que efectivamente la muerte había venido por ella como tantas veces había prometido, pero no. La tos cesó con una carraspera y Mónica cayó en el pesado sueño de la enfermedad. Juliá le recostó despacio sobre la cama improvisada y la cubrió con la única frazada que tenían. Miró hacia la única ventana del refugio, justo al espacio quebrado del vidrio por donde se filtraba la lluvia helada. Maldijo el lugar, maldijo su suerte y se maldijo a sí mismo. La angustia no le permitía ver que la única maldición era la guerra que los rodeaba.

La cocina improvisada apenas ardía con las últimas tenues brasas. Habían quemado los cuadros, las cajas, los diarios y hasta las patas a los muebles de madera. Todo en un fútil intento de preservar el calor. Pero el invierno implacable había mostrado las garras y clavado los dientes en esa tierra ya arrasada por las luchas civiles. Julián acercó las manos a los restos apenas tibios y lloró en silencio. “Se me va a morir”, pensó. “Se me va a morir y yo no puedo hacer nada”.

Subió por la destartalada escalera hasta el entretecho y encendió el último cigarrillo armado que le quedaba. Miró por el agujero de la ventana, sintiendo el viento contra su rostro colorado por el frío. Fumó en silencio, escuchando la lluvia y la respiración dificultosa de Mónica. Sintió cómo lentamente lo invadía aquella sensación de inminente final. Habían escapado de los primeros bombardeos por esa inentendible fortuna del azar, solo para experimentar cómo sus últimos días se consumían como el tabaco de mala calidad que fumaba. Pagaban el injusto precio de la arrogancia ajena. La última pitada le quemó los dedos, obligándolo a tirar la colilla por la ventana. Fue entonces cuando la vio. Allá a lo lejos, detrás de la cortina de lluvia y apenas opacada por los fogonazos lejanos, se recortaba la figura de una pequeña luz rectangular.

El resplandor no llegaba a verse desde la calle. Julián supuso que se encontraba más allá del cordón de seguridad, en los barrios tranquilos donde la crueldad de la guerra todavía no había calado. Entró y se arrodilló junto a Mónica. Su cara estaba pálida por el frío y la enfermedad y sus labios quebrados tenían pequeñas líneas rojas de sangre seca. No le hizo falta más para convencerse. La luz de la ventana lejana quería decir que allí vivía alguien. Con algo de suerte, sería alguien que pudiera ayudarlos. La suerte no era moneda corriente por aquellos días. Julián tomó su campera y desde la puerta dirigió una última mirada a Mónica. Volvería antes del amanecer.

El lugar estaba más lejos de lo que aparentaba. En el camino, Julián tuvo que esconderse dos veces de patrullas rebeldes que patrullaban la zona y sortear el puesto de un francotirador solitario que había hecho silbar las balas cerca de sus oídos. Cuando llegó, todavía intentaba recuperar el aire de su última correría. La casa era modesta, pero estaba completamente en pie. La entrada principal estaba barricada y alguien había pintada “NADIE VIVO” en enormes letras blancas. “Los muertos no necesitan luz”, pensó Julián a medida que se acercaba a una de las ventanas bajas para espiar. El sitio parecía desierto y la lluvia intensa impedía escuchar con detenimiento. Julián rodeó la casa hasta que halló una pequeña abertura apenas protegida por una enorme chapa oxidada. La corrió con cuidado y se deslizó dentro. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, se dio cuenta de que se encontraba en un pequeño garaje. Recorrió con la mirada el cuarto, prestando atención a los posibles objetos útiles.  El sitio parecía haber sido saqueado casi por completo, a excepción de unas cuantas cajas de cartón arrinconadas cerca de la puerta. Se acercó hasta donde estaban y las revisó. Bingo, las cajas estaban llenas. “Si querés cuidar algo, escondelo a simple vista”, se dijo Julián para sí mismo. Lo que encontró no era mucho, pero justificaba la arriesgada travesía. Algunas latas de conservas, vendajes, cajas de fósforos y hasta una barra de chocolate fueron a parar al interior de su mochila. Una de las cajas se sentía especialmente pesada. Dentro, Julián encontró un revólver y una caja de balas. Nunca en su vida había disparado un arma y esperaba nunca tener que hacerlo. Sin embargo, la dejó apartada para llevársela por las dudas.

Volvía a colocarse la mochila sobre la espalda cuando la puerta se abrió despacio. Con un movimiento rápido, Julián apuntó el arma en dirección al sonido. Del otro lado apareció la figura frágil de un anciano. El viejo lo miró con los ojos desorbitados por el miedo y la sorpresa.

-¡Quién es usted! ¿¡Cómo entró a mi casa!?

En ese momento, el viejo se percató del arma. Su voz pasó de la alarma a la súplica.

-Po…por favor, no nos mate –dijo en un quejido. –Aquí solo vivimos mi mujer y yo. No somos una amenaza y no tenemos nada de valor. Por favor, por favor.

La mano de Julián temblaba por los nervios y el peso del revólver. Frente a él, en anciano parecía una cáscara seca a punto de quebrarse. Por un brevísimo instante le recordó a los cadáveres que el ejército había arrojado a los costados del camino los primeros días del enfrentamiento. La mayoría eran mujeres, viejos y niños. El peso del arma comenzó a hacerse insoportable, mientras que un par de manos arrugadas se levantaban lentamente hasta la altura de la cabeza.

-Por favor.

Cuando Julián volvió, ya no llovía. Mónica se despertó con el sonido de la puerta y se frotó los brazos adoloridos y fríos.

-¿Dónde estabas? –le preguntó. Julián, con el olor a la pólvora en la nariz y el arma todavía apretada en la mano derecha, respondió.

-Solo salí a fumar un cigarrillo.

 

Gentileza:

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

 

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