San Rafael, Mendoza lunes 02 de agosto de 2021

Trulalá, Buenos Aires – Por: Beatriz Genchi

“Las aventuras de Hijitus” significaron un quiebre en la escena televisiva argentina. Era la primera vez que elementos reconocibles para el espectador aparecían en la pantalla animada ocupando un lugar central. Los personajes hablaban “como nosotros” y se movían por espacios familiares: cruzaban la 9 de Julio, asistían a una pelea en el Luna Park, llegaban a Ezeiza para tomar un avión. Entonces, rápida y popularmente, se aceptó que Las aventuras… representaban el ser nacional por antonomasia. Desde la desapasionada distancia que regala el paso del tiempo, nos preguntamos si en verdad era (es) así.

Es indiscutible que fue Manuel García Ferré, artista gráfico, historietista, autodidacta y animador. Un español radicado en Argentina desde los 17 años, quien, hacia finales de los sesenta, marcó un quiebre con la creación de “Las aventuras de Hijitus”. En 1967, su productora estrenó esta serie basada en personajes e historias ya popularizadas a través de las revistas en las que publicaba sus historietas (incluida la que él mismo editaba, Anteojito). Las aventuras… no sólo fue la primera serie animada local sino la hispanoamericana de mayor éxito hasta la fecha.

En nuestro país, hasta el debut de esta serie, las opciones de entretenimiento animado infantil provenían de Estados Unidos y Japón, acompañadas por sus indigestos doblajes en español “neutro” (curiosa expresión: difícilmente exista un rasgo cultural menos neutro que el idioma). En este sentido, las razones detrás de la revolución que desataron Las aventuras… no fueron tanto su producción local (para los televidentes menudos se trataba de un dato más bien insignificante) como la presencia, por primera vez en la pantalla animada, de elementos reconocibles. Los personajes hablaban “como nosotros” y se movían por espacios familiares: cruzaban la 9 de Julio, asistían a una pelea en el Luna Park, llegaban a Ezeiza para tomar un avión. Entonces, rápida y popularmente, se aceptó que Las aventuras… representaban el ser nacional por antonomasia. Habría que preguntarse, desde la desapasionada distancia que regala el paso del tiempo, si en verdad era (es) así.

En sucesivas entrevistas, García Ferré se encargó de aclarar que sus historias estaban situadas fuera del espacio y del tiempo: “En ningún momento visto a mis personajes con la moda que esté actualizada: ni las zapatillas, ni las remeras, ni los sombreros. (…) Sí le pongo a cada uno un sentimiento”.

Buenos Aires se cuela en Trulalá (¿contra la voluntad de su demiurgo?), a través de sus espacios, personajes y costumbres. Existen puntos de referencia de Buenos Aires que se replican en Trulalá.

Gardel y el tango, máxima expresión del ser porteño,  también tienen su lugar en Las aventuras… Respecto del personaje Pucho, por ejemplo, comentó Pelusa Suero (actor que le dio voz): “Era un hombreador de bolsas, que trabajaba en el Abasto, y siempre andaba con un pucho en la comisura derecha y era melancólico… y no sé por qué se me ocurrió que era Gardel… mejor dicho, era agardelado (…) entonces tenía que hablar de una manera especial, (…) era porteño, con esa cosa melancólica del tango…”.

En “La estatua de Neurus”, el profesor decide “auto eliminarse” con el fin de alcanzar la posteridad. Tras un intento fallido (dicho sea de paso, el plan original era cruzar la avenida 9 de Julio “distraído y leyendo el diario”), se trepa a la punta del Obelisco y, antes de saltar, recita: “Adiós, mi Buenos Aires querido, ya no te volveré a ver.

Durante los noventa, Las aventuras… experimentaron un nuevo pico de popularidad, despertando fanatismo en una generación de niños cuyos padres también habían crecido junto a ellas. En 1995, surgió la posibilidad de desarrollar nuevos episodios que quedaron inconclusos.

Podemos decir, entonces, que Trulalá es tan porteña como el obelisco, el tango y la 9 de Julio. La presencia casi decorativa del único personaje evidentemente nacido del otro lado de la General Paz, el comisario de tonada correntina e inmutable mate bajo el brazo, no hace más que reforzar esta identificación.

Por si acaso quedaran dudas acerca de la identidad secreta de Trulalá, cabe recordar que, durante la presidencia de Arturo Frondizi (1958-1962), la Comisión de Erradicación de Villas de Emergencia llevó adelante un plan de reubicación de los habitantes de las villas de Buenos Aires. El proyecto fue duramente criticado, ya que las nuevas viviendas eran más precarias que las anteriores casillas. Se trataba de estructuras construidas con chapas de zinc curvadas, que incluían una letrina tubular y no cumplían las más elementales condiciones de higiene o ventilación. Oficialmente, se conoció estos asentamientos como Barrios CEVE. Popularmente, recibieron el nombre de “medio caño”.

En la cabeza de un sub 30, la frase “Hablá más fuerte, que no te escucho” encierra el mismo contenido semántico que un haiku en idioma original. Para los nostálgicos nacidos hacia atrás de los noventa, queda volver a visitar ese alias de Buenos Aires que es Trulalá en YouTube.

https://www.youtube.com/watch?v=3y4VCvl_WdI

Gentileza:

Beatriz Genchi
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.
beagenchi@hotmail.com

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