San Rafael, Mendoza domingo 01 de agosto de 2021

La señal – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Hay detalles que no deberían importarnos, pero aun así lo hacen. Esta molestia puede llegar a tal punto de querer tomar cartas en el asunto, para así poder poner final al constante desagrado. Poe nos lo planteó con sumo detalle en El corazón delator, con un narrador anónimo que se quiebra ante el “ojo de buitre” de aquel anciano. Como este caso, hay muchos otros que no alcanzan la portada de los diarios o los compendios literarios. Pero son aquellos gestos, aquellas señales casi imperceptibles, lo que separan al hombre del martirio y la enajenación. Así como hay gestos que salvan, hay tantos otros que condenan incluso sin que nosotros lo sepamos.

Estaba en el lugar indicado a la hora indicada. Según el informante, el objetivo debía llegar en el próximo tren que arribara a la plataforma Norte. Desde donde estaba, tenía una visión perimétrica de la estación y de la gente que la transitaba. Aquellas almas vagabundas transitaban su aburrida cotidianeidad indiferentes al hecho de que en pocos minutos un hombre iba a morir. ¿Cuántas veces habremos estado sentados al lado de un asesino? ¿Cuántas mañanas habremos saludado con un amistoso “buen día” a alguien que se disponía a quitar una vida? Estas son el tipo de preguntas que agujerean el velo del mundo y revelan su despiadado rostro real. Tendría otros momentos para detener el tren del tiempo y volcarme a la filosofía. Ahora mi mente debía estar despejada y serena. Como el tigre que se agazapa listo para clavar las filosas garras en la carne tierna de su presa, yo debía refugiarme entre aquellas espigas de hormigón esperando el momento.

A las 21:03 el tren llegó a la plataforma Norte. Todas las compuestas de los veintisiete vagones se abrieron en simultáneo y del interior brotó un torrente humano que parecía ser infinito. Me enderecé en mi asiento, con la espalda tan recta que podía sentir la presión del músculo sobre las vértebras perezosas. Mis ojos saltaban de un rostro a otro buscando el suyo. Atravesaban las bufandas, sombreros y anteojos tratando de identificar un rastro que revelara la identidad de mi víctima. Cuando la estación comenzó a vaciarse de gente que se perdía tras la boca de los túneles, una sutil sensación de desesperación se incrustó en mi cerebro como una astilla. Acaso la astuta comadreja había logrado sortear mi constante vigilancia y se había escabullido, protegida por los tapados y sacos que poblaban la escena. La astilla de la desilusión echó raíces. Yo nunca había sabido quién era él. El informante debía haberse equivocado, porque en ningún momento descendió del vagón un hombre que juntara las características del objetivo. Aquel que tenía bigote no tenía un lunar en el rostro. El que tenía el lunar no tenía un corte en la mejilla. Si al final percibía una cicatriz en el lugar indicado, inmediatamente notaba que no contaba con las otras dos características. Definitivamente había fracasado.

Me disponía a abandonar mi coto de caza, cuando me pareció verlo. Allí, entre las últimas almas en pena que vagaban por la estación anochecida, un hombre dejaba su maletín en el suelo para hacer una llamada. A esa hora la luz era tan mala como solo puede ser la proveniente de los asquerosos focos iridiscentes. La certeza que más temprano me habría obligado a levantarme de un salto y liquidar a aquel sujeto había sido reemplazada por la más oscura incertidumbre. Tenía que estar seguro. Tenía que haber una forma de disipar la niebla y ver con claridad nuevamente. Tenía que acercarme.

Me acomodé la gabardina e incliné mi sombrero. De esa forma, las luces de la estación no podían revelar ninguna de mis facciones. Sumido en las sombras me fui acercando lentamente. Podía sentir el peso del arma dentro del bolsillo del costado derecho tirando de la tela. Acorté la distancia con pasos cortos, pero decididos. Cuando por fin me encontraba lo suficientemente cerca, levanté la vista.

No había bigote. No era él.

Abatido, cambié la dirección de mis pasos. Entonces la vi. Las uñas sucias de su mano izquierda rascando rítmicamente la sien canosa. Una, dos, tres rasguños ligeros en el mismo lugar. De pronto todo vino a mí como un vendaval. El candado estallado, las llamas consumiendo la cocina, la cara de ella cubierta de sangre contra el piso y él allí; parado en la mitad de la habitación con el cañón del revólver todavía humeando. Di dos enormes zancadas y antes de que aquel monstruo pudiera terminar la llamada, la bala ya le destrozaba el cerebro.

Gentileza: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

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