San Rafael, Mendoza domingo 01 de agosto de 2021

La cosecha – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Detrás de los enormes ventanales reforzados veíamos acercarse el fin. El enorme reloj digital, suspendido en medio la Sala Común, indicaba que el fenómeno llegaría en menos de cinco minutos. Desde donde estábamos, podían verse a otros grupos de familias que también contemplaban el horizonte oscurecido. Algunos lloraban en silencio, ahogando con la palma de la mano una tristeza que imploraba por salir de la garganta. Otros, de porte estoico y mirada imperturbable, se mantenían muy juntos y con la espalda recta. Estos últimos emanaban el sutil aroma de la culpa reprimida. Sin embargo, señalar culpables a esta altura sería una labor intrascendente. Quienes nos encontramos aquí estamos pagando el mismo precio. No hay descuento de expiación para nadie.

Nunca me consideré un romántico y mucho menos una persona melancólica. No me gustaba ahogarme en un mar de recuerdos mientras acariciaba las fotos en la pantalla de las redes sociales. Creo que el recuerdo llegó como llega el trueno de enero: sin previo aviso. No pensaba en nada y de golpe tenía frente a mis ojos bien abiertos el titular del último diario que alguna vez leí. “¡El último árbol no sintético del planeta se está secando!”, habían puesto en enormes letras negras que ocupaban casi toda la página. En la parte inferior, una foto estirada de forma horizontal mostraba la ramas esqueléticas y largas como los dedos de un muerto. Ese fue el punto de no retorno. Hasta ese momento, los más optimistas habían mantenido en alto el modesto estandarte de la esperanza. Para el final de aquel día, solo quedaba una profunda indignación y una honda tristeza.

Los hechos que le siguieron a la publicación del titular fueron los adoquines del camino que nos llevó hasta los grandes ventanales. Las naciones aceleraron la frenética carrera por la supervivencia de la especie, pero mantuvieron una elección elitista a la hora de confeccionar las listas. El fin inminente no era lo suficientemente fuerte para doblegar algunas virulentas concepciones humanas. Los ríos, lagos y demás fuentes de agua dulce fueron consumidos por el calor y la insaciable codicia de los poderosos. Las polis se cerraron sobre sí mismas y se desató el caos. Las distopías que profesaron aquellos grandes escritores del siglo XX quedaron chicas en comparación a la realidad. La vertiginosa carrera por la supervivencia se cobró innumerables vidas, pero al parecer nadie supo ver la ironía en eso. El afán por salvaguardar la civilización era llevado a cabo por gente que había olvidado qué significaba ser “civilizado” hacía ya muchos años.

Desde el punto más alto de la Torre N°8 las sirenas comenzaron a sonar. Su llanto no era extraño a los oídos que se habían acostumbrado al aviso del apocalipsis. Por supuesto que, incluso con el capítulo final escribiéndose frente a nuestra mirada fundida, la gran mayoría no aceptaba que todo aquello era solo culpa nuestra. Cada papel de caramelo arrojado a la vereda, cada lata de cerveza aplastada contra el césped, cada bolsa plástica arrojada al mar eran las piezas que confeccionaban el mosaico de nuestro fatídico destino. Me puse las manos en los bolsillos del único pantalón de jean que había rescatado en la huida y lancé otro suspiro.

“Siembra vientos…” pensé mientras caía sobre nosotros el azote de las últimas tempestades.

 

Gentileza: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

 

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