San Rafael, Mendoza domingo 01 de agosto de 2021

El timbre del recreo – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Así como con los libros, también solemos juzgar a las personas por su portada. Este juicio, sin embargo, no siempre termina en un reproche de nuestra conciencia. A veces y solo a veces, esa voz interior que nos lleva a mirar con ojos entrecerrados el rostro de quien tenemos adelante nos está advirtiendo sobre un peligro oculto. Aunque en menor grado, esa alarma inconsciente suele dispararse ante la presencia de los niños. Esos seres conocidos por su inocencia, por estar transitando el sendero de todo aquello que adolecen, no son candidatos a caer en el filtro de nuestra crítica implacable. Pero cuando lo hacen, cuando su mera presencia nos hace abrir grande los ojos y dar un vuelco en el estómago, entonces debemos permanecer atentos. Quizás no sea nada. Quizás sea la creciente sombra de un desastre anticipado.

El timbrazo aturdidor anunciaba el final del segundo módulo. Un enjambre adolescente salía al recreo y el patio, minutos antes tan desértico como un panorama lunar, ahora recibía el bullicio con absoluta normalidad. A simple vista, los grupos que se iban conformando parecían aleatorios, sin ningún patrón evidente. Pero quienes vivían día a día la nueva normalidad áulica sabían que no era así. Cada montón había sido minuciosamente creado por sus integrantes. De forma inconsciente, habían trazado las fronteras y levantado los cimientos de sus pequeñas sociedades escolares que nacían y morían con cada timbre.

Aquella mañana, un eslabón de la cadena había elegido abandonar su unión. Fabricio tenía diecinueve años y se le notaba a la legua su desprecio por el estudio. No hacía falta ser un detective profesional para notar las luces de alerta cuando se estaba en su presencia. La muñequera de toalla, el pelo corto y arreglado, los tres primeros botones de la camisa abiertos y la voz ronca de gritarle a una pelota los domingos. Por ahí venía esa mañana crispada de otoño, camino a donde estaban sentadas ellas. Cuando llegó, el otro grupo se deshizo en una huida disimulada pero evidente. No les interesaba nada que tuviera que ver con él. Allí solo quedaron Fabricio, Florencia y Fernanda. Esta última en realidad no había decidido quedarse deliberadamente, pero estaba tan pendiente del celular que no se dio cuenta que las demás se habían ido. Cuando lo notó, ya era tarde. Si se levantaba y partía ahora, iba a quedar demasiado en evidencia. Se limitó, entonces, a masticar chicle y escuchar.

–Hola, Flor. ¿Cómo andas? –La voz de Fabricio parecía haber sido puesta en un triturador y devuelta a su garganta. Florencia le mantuvo la mirada por unos segundos y luego la apartó.

–Hola. Sí, todo bien. ¿Vos? –De igual manera podría haber caído una helada instantánea al salir pronunciadas esas palabras.

–Bien, bien. Che, te quería decir que… Con…con relación al otro día. Yo n…

–No te justifiques ahora, nene. Sabemos muy bien qué pasó. ¿O me venís a decir algo diferente a lo de la última vez? –Los ojos de Florencia centellaban en un azul eléctrico cargado por la tensión de la charla.

–Hey, ¿qué pasó? –Fernanda, que había pegado el chicle en un tablón del banco de madera, parecía completamente desorientada.

–Vos sabés que no es tan así, Florencia. –Fabricio se esforzaba por no gritar. En él, el grito era un estandarte del cual estar orgulloso. –Fue un accidente. Vos lo sabés, sino para qué me ayudaste, ¿eh? Podrías haber dado la vuelta y listo.

–¡Vos dijiste que había sido un accidente! ¿Qué querías que hiciera? Ya les había dicho que me veía con vos. –Florencia gesticulaba a la altura del pecho. No quería llamar la atención, pero una fuerza irrefrenable le estaba ganando la pulseada. –Si alguien más se enteraba iba a quedar pegada.

–¡Pegada con qué! ¡Si te dije que cuando llegué ya estaba…! –Ahí fue cuando Fabricio notó la presencia de Fernanda. Ante la intensidad de la situación, se había quedado hecha un ovillito escuchando sin entender nada.

–Vámonos, Flor. Dale, vamos con las chicas que seguro nos están esperando. –Fernanda tironeaba ligeramente la manga del pullover de su amiga. Los ojos de Fabricio la estaban poniendo nerviosa, pero más la incomodaba el sinsentido de la charla. ¿Una metida de cuernos? Imposible. Fabricio estaba de novio con Clari, la niña rica de la ciudad y la tenía sobre un pedestal como si se tratara de una diosa en la tierra. Por parte de Florencia tampoco. Había salido del closet a finales de cuarto año y estaba en plena fase exploratoria de su lesbianismo aceptado. No se le ocurría qué otra cosa podría ser. No tenían nada en común.

–Escuchame una cosita, Florencia. –La voz de Fabricio descendió hasta volverse casi un gruñido. –Si la cosa no se arregla, yo voy y cuento todo, ¿entendés? Así que no me vengas con boludeces.

Dedicó una última mirada relampagueante a Fernanda y se alejó con los hombros caídos y la espalda torcida.

–¿Me podés explicar qué carajo fue todo eso, Florencia? –Fernanda masticaba sin tener chicle en la boca. Los dientes chocaban en un movimiento involuntario producto de los nervios y la ansiedad.

–No es nada, Fer. Este tipo es un forro. –Florencia giró y comenzó a caminar hacia el baño de mujeres. “Ahora voy a tener que matar a la boluda esta también”. Pensó. Por un instante dudó si en realidad no había dicho esas palabras en voz alta. Cuando miró sobre su hombro buscando a su amiga, vio como esta se cubría la boca con ambas manos ahogando un grito. Grandes lágrimas caían sobre sus dedos apretados.

 

Gentileza: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

 

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