San Rafael, Mendoza lunes 02 de agosto de 2021

9 de julio: la vida cotidiana en 1816

«Vista del Cabildo desde la Recova» (1817), de Emeric Essex Vidal.

Se cumplen 205 años de la Declaración de la Independencia. Más allá del Congreso de Tucumán, ¿como era la vida?

205 años nos separan de aquel 9 de julio de 1816 y algunas cosas han cambiado: de 44.000 habitantes en ese entonces se pasó a casi tres millones hoy; no había heladeras, baños, cloacas ni veredas, tampoco luz eléctrica ni autos a motor y a la hora de tomar líquido durante una comida un único vaso del que todos sorbían un poquito daba la vuelta a la mesa.

Mientras en el Congreso de Tucumán se proclamaba la Independencia, ¿qué pasaba en Buenos Aires? ¿Cómo era la vida cotidiana en la urbe más poblada del país también en aquel entonces? ¿Qué cosas se hacían? ¿Cómo eran las casas? ¿Qué se comía? ¿Cómo era ir al médico? ¿Los niños iban a la escuela? ¿Qué estudiaban? ¿A qué jugaban? Aquí, un repaso por algunas rutinas y curiosidades de hace dos siglos.

1. Una Ciudad de 44.000 habitantes

Buenos Aires fue designada capital del Virreinato del Río de la Plata en 1776 y como tal compite en dimensiones con las otras grandes urbes del momento, como Lima o Río de Janeiro.

Urbanísticamente, es una ciudad de gran extensión, levantada sobre tierra arcillosa, sin piedras, a la vera del ancho río, con una zona céntrica con mayor edificaciones y una periferia de quintas, chacras y estancias. Algo de esto hay en la actualidad, con edificio altos o torres y casas bajas hacia los barrios periféricos.

“Las familias de San Martín o Belgrano compraban y vendían esclavos en cantidad. No estaba prohibido pero yYa estaba fuera de la ética en esa época”

Con casi tres millones de habitantes en la actualidad, es difícil imaginar una Buenos Aires de 44.000 personas, pero así era a comienzos del siglo XIX. Unos 25.500 se ubicaban en la zona céntrica y otros 17.500, en los suburbios.

¿Y cuáles eran los suburbios? Lo que hoy es San Juan y Entre Ríos (al Noroeste), y su continuación por Callao hasta Santa Fe (al Noreste). Y desde esos vértices hacia el sur, hasta el río.

Las quintas se ubicaban, por ejemplo, en donde hoy se encuentra la plaza frente al Palacio Pizzurno: Marcelo T. de Alvear, Rodríguez Peña, Paraguay y Callao. Lo que hoy es la avenida Montes de Oca estaba rodeada de quintas en aquel entonces.

"Vista de una casa sobre el río / Las lavanderas", de Carlos Morel. Obra del MNBA

«Vista de una casa sobre el río / Las lavanderas», de Carlos Morel. Obra del MNBA

Las primeras 60 manzanas están comprendidas entre Balcarce, Chacabuco, Independencia y Viamonte. Cada manzana se dividía en cuartos, salvo algunas parcelas más grandes cercanas a la plaza, destinadas al alcalde, a su familia o a personas de prestigio social y político.

En los últimos años, el arroyo Maldonado fue noticia por su intubación. Cada tanto lo son el arroyo Vega y el Cildañez. Estos arroyos y otros riachos ya condicionaban la geografía porteña hace 200 años. Tenían una función de desagüe de las tierras del oeste.

Además, aquella ciudad tenía grandes zanjas, las dos más grandes y conocidas son el de “Catalinas” o “Matorras” (al norte) y el del “Hospital” o “Granados” (al sur). La presencia de estos grandes zanjones empujaron un crecimiento de la ciudad hacia el oeste.

2. El olor nuestro de cada día

El chiste de que, cuando hay mal olor, Buenos Aires es «Malos Aires» podría tranquilamente haberse inventado en aquel entonces. Y se debe a los olores varios, nauseabundos y fétidos, provenían ya desde el río y se multiplicaban llegando a la plaza, núcleo vital de la población y eje organizador de la vida citadina.

Que la plaza sea el centro alrededor del cual gira la vida diaria significa que en torno a ella, se ubican el Cabildo (institución encargada de la administración y justicia de la ciudad), la Iglesia Matriz, la residencia del gobernador y el Fuerte (para una eventual defensa).

Pero no solo eso. También es un lugar donde se desarrolla el mercado, aunque no es el único, también están los mercados del Alto de Las Carretas (hoy Plaza Dorrego); la Plazuela de San Nicolás, la Plaza de la Concepción y la Plaza Chica de Santo Domingo

La Plaza de Mayo (que no tenía este nombre en ese momento) no tenía la misma dimensión que hoy, sino que estaba dividida por una gran arquería conocida como la Recova Vieja, construida para alojar a los comerciantes y sus mercaderías, lo que hoy sería las calles Defensa y Reconquista. Es frecuente encontrar esta Recova en antiguas pinturas que retratan aquel paisaje.

"Fuerte de Buenos Aires, rivera norte", de Emeric Essex Vidal.

«Fuerte de Buenos Aires, rivera norte», de Emeric Essex Vidal.

Esta Recova dividió la Plaza en dos partes: hacia el este, frente al Fuerte (residencia de las autoridades), la Plaza del Mercado, para carnes, verduras, leche y pescado. Hacia el oeste, la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo), rodeada de tiendas más lujosas, joyerías, restaurantes, peluquerías, el Cabildo, la Catedral y las casas de las familias más influyentes.

La Recova, uno de los puntos centrales de la vida doméstica: era el “shopping”, el punto comercial. “El mal olor era parte de esa vida cotidiana, hasta tal punto que estaba prohibido vender pescado después del mediodía, porque se echaba a perder y desprendía muy mal olor”, cuenta el arqueólogo Daniel Schávelzon.

A esto se sumaba que al costado del Fuerte existía una letrina pública “y muchas veces el Cabildo no podía sesionar en el Fuerte, que era la sede de Gobierno, por el mal olor; tenían que ir a una casa particular”, completa.

“Encontré una vieja comunicación del Cabildo pidiendo que no dejaran los cadáveres de los esclavos tirados en la calle”

Vale tener en cuenta que la traza de la ciudad es de influencia española, es decir, es una traza geométrica de manzanas a partir de la plaza. A mayor cercanía con la plaza, mayor jerarquía tenía su propietario. A mayor ditancia, menor valoración. 

3. Sin sillas ni platos para cada uno

La vida puertas adentro difería bastante a la actual, aunque algunos rasgos se conservan.

Por ejemplo, la sala era el espacio común, tal como puede serlo hoy, pero había un estrado, para hablar desde más alto. Ese estrado de madera se separaba del piso y evitaba la humedad: encima se ponían sillas petisas donde se sentaban las mujeres para bordaer o charlar.

La mesa era colectiva, no siempre tenía sillas, sino un banco largo de cada lado, no había platos individuales, sino que se ponía toda la comida en diferentes platos sobre la mesa. No estaba diferenciado lo privado de lo colectivo.

No había un vaso para cada uno, sino uno grande que daba la vuelta a la mesa. «Hoy el aceite, la sal, el pimentero, el vinagre, todavía son cosas que dan la vuelta, son resabios de esa forma de comer, donde todo era de todos. Como el mate, daba la vuelta», explica Schávelzon.

"Plaza de la Victoria (frente al sud)" (1829), de Carlos Enrique Pellegrini. Colección MNBA

«Plaza de la Victoria (frente al sud)» (1829), de Carlos Enrique Pellegrini. Colección MNBA

La cocina estaba afuera del edificio del comedor y se empezaba a cocinar a las 6 de la mañana, después de traer el alimento fresco del mercado. Eran muy comunes los guisos, no solo por los costos, sino porque se tiraba todo, se hervía y duraba tres días.

Las residencias más importantes, las de la elite, eran casas de tres patios: en el frente, se podían instalar tienditas que se alquilaban (al herrero, cerrajero, zapatero o vendedor de alimentos) y por eso era frecuente que hubiera muchas puertas de acceso a las viviendas.

En cuanto a las reuniones sociales, las clases bajas, los esclavos, los carreteros, se juntaban en los llamados “huecos” (el origen de las plazas) donde a la noche bailaban, hacían fuego, comían.

“Las clases altas lo veían como una cosa horrorosa, las chicas se tenían que tapar los ojos cuando pasaban. Los curas se quejaban de los bailes de noche. El 30 por ciento de la población era afro o afrodescendiente. El baile, los tambores eran muy fuertes. Está la queja del ruido de los tambores que venía del Barrio de la Concepción, donde vivían la mayoría de los negros, lo que hoy es Constitución”, señala Schávelzon.

4. Agua marrón y cadáveres en la vereda

No había agua potable de la canilla, ni fría ni caliente. No existía Aysa ni Aguas Argentinas ni Obras Sanitarias. El agua de consumo se compraba al aguatero, porque el agua del pozo era salobre; las casas que tenían pozo servían para limpiar o lavar la ropa, pero no para hacer la comida.

El aguatero, a su vez, la obtenía del Río de la Plata: iba con un gran carro tirado por un buey (tenía más fuerza que el caballo), donde transportaba un gran barril que llenaba con el agua marrón del río.

Esa agua marrón era la que que se vendía: las personas la ponían en una tinaja de barro y la dejaba sedimentar. Después de cinco días o una semana, la arcilla, se va al fondo y queda un agua transparente y bebible. También se juntaba agua de lluvia.

Se compraban alimentos frescos todos los días en el mercado en la Recova de la Plaza. Se compraba lo que había, porque no existía la heladera para conservar: pato, perdices, lechuga, pescado. El problema era la carne, porque el carnicero iba a domicilio y vendía porciones muy grandes, como un cuarto de vaca (alrededor de cien kilos). ¿Y qué se hace con cien kilos de carne cruda si no hay heladera?

"El tambo en la Rivera", de Carlos Morel. Obra del MNBA

«El tambo en la Rivera», de Carlos Morel. Obra del MNBA

En aquella época había muchos desperdicios. “El que tenía dinero tenía un pozo para la basura al fondo de la casa, igual que la letrina. El que no tenía, igual que la bacinica, abría la ventana, gritaba “agua va” y tiraba. Se armaban grandes escándalos. De ahí la costumbre de que la mujer camina del lado de adentro de la vereda y el hombre del de afuera”, cuenta Schávelzon.

Suma: “Las calles estaban sucias. Hace un tiempo encontré una vieja comunicación del Cabildo pidiendo que no dejaran los cadáveres de los esclavos tirados en la calle, porque la municipalidad tenía que llevarlos a los zanjones, atándolos a la cola del caballo y arrastrándolos. Los cuerpos iban perdiendo partes”.

5. Aseo y baño

No había agua corriente ni mucho menos agua caliente. Y bañarse no era un hábito diario como en la actualidad. Para las familias con recursos, ​estaban las bañaderas metálicas que llevaban a la habitación y la llenaban de agua caliente para que se bañara la señora: era una intimidad distinta, porque participaban varias personas. No se bañaban todos los días. El baño de cuerpo entero era una receta medicinal a veces, para bajar la fiebre.

A fines del siglo XIX, muchos se bañaban en el Río de la Plata: de día iban las lavanderas y a cierta hora iban los hombres.

Como bañarse era una rareza, los dormitorios tenían sobre una cómoda, una jarra y una jofaina (especie de palangana) con agua, para lavarse a la mañana o a la noche, con un trapo.

"El baño" (1865), de Prilidiano Pueyrredón. Obra del MNBA

«El baño» (1865), de Prilidiano Pueyrredón. Obra del MNBA

En aquella época tampoco había baños, ni sistema de cloacas. La letrina estaba al fondo del patio, por lo que en las habitaciones se utilizaban unas bacinicas (tipo pelelas), que se guardaban en la mesita de luz (aún hoy perdura el diseño de mesa de luz con un cajón y un espacio abajo, que correspondía a la bacinica y hoy a las pantuflas).

También se la ubicaba debajo de la cama. Al otro día entraba el esclavo y lo tiraba en la letrina.

“Las condiciones de salubridad eran terribles y terminan en las dos grandes pestes, una de cólera y la otra de fiebre amarilla. La ciudad estaba muy dejada en ese sentido, crecía y no se hacía nada”, refiere Schávelzon.

6. No tan distinto: los juegos infantiles

En la Argentina aún se recuerdan rondas y juegos infantiles traídos por los conquistadores, quienes, a su vez, los tomaron de los griegos y los romanos.

Algunas de esas canciones infantiles persisten, aunque muchas veces modificadas por cuestiones políticas, geográficas o étnicas. La sociedad criolla conservó características hispánicas.

Un juego muy conocido y que aún persiste es “la rayuela”: en sus comienzos solo los varones la jugaban.

Otro era el “cara o cruz”, que en estas tierras se convirtió en “la taba”, juego más que criollo, que pasó de ser jugado por los niños a ser jugado por los adultos.

"Vista de Buenos Aires", de Carlos Enrique Pellegrini. Colección MNBA

«Vista de Buenos Aires», de Carlos Enrique Pellegrini. Colección MNBA

Otro juego eran las muñecas personales, un juego universal que también era entretenimiento de las niñas indígenas y de las hijas de los esclavos negros.

No hay registro de juegos en una plaza, es decir, en el exterior, aunque sí en los patios de las casas.

También jugaban a “las bolitas” o al “arre, caballito” o sombras en las pared a partir de velas. También “la gallina ciega”, juego mixto, donde se forma una ronda, mientras un nene con los ojos vendados se para en el medio y debe adivinar quién lo toca o, de lo contrario, debe cumplir una prenda.

La “mancha” y el “escondite” son los más recordados. Entre las canciones que aún perduran de la época de la colonia están “Aserrín, aserrán”, “Arroz con leche” y “La farolera”. Otra canción era “A la víbora del amor” y “Mambrú se fue a la guerra”. Todas con sello hispánico.

7. Médicos y curanderos

A inicios del siglo XIX eran pocos los médicos graduados, licenciados en medicina o cirugía y paramédicos como sangradores, barberos, sacamuelas, hernistas, algebristas, ventoseros y parteras. Este grupo integraba el mundo de la medicina legalizada.

Existía un Protomedicato, un modo de controlar la salud de todo el virreinato del Río de la Plata. Hizo campaña contra el curanderismo, creó la primera escuela médica argentina e introdujo la vacuna contra la viruela (la primera en aplicarse en el territorio).

No revestía prestigio especial ser médico, y la juventud porteña se volcó más a la carrera de las armas.

8. Dos hospitales para hombres, uno para mujeres

Buenos Aires contaba con tres hospitales: Santa Catalina, de la Residencia y el de la Caridad. El Santa Catalina, ubicado en Defensa y México, estaba destinado a emergencias y era solo para hombres. El Hospital de la Residencia, ubicado en San Pedro Telmo y también solo para hombres, internaba enfermos, incurables, contagiosos y locos. Y el de la Caridad, en las inmediaciones de la capilla San Miguel, estaba destinado a las mujeres.

Había cierto rechazo de la población a los hospitales, porque eran percibidos como la antesala de la muerte y no como un lugar de sanación.

Las enfermedades más propagadas en aquel entonces eran difteria, angina, tétano infantil, fiebre tifoidea, tuberculosis, viruela y gota. También preocupaba la hidrofobia, enfermedad producida por la mordedura de un animal rabioso.

La difusión de la vacuna antivariólica, tanto en la ciudad como en el campo bonaerense (Rojas, Pergamino, San Nicolás, San Pedro), marcó el inicio de la inmunología en el Río de la Plata.

9. “Despenadores” y medicamentos

Curiosa actividad la del «despenador». En la medicina informal, además de los curanderos, estaban los “despenadores”, personas que podían dar muerte a personas muy enfermas y acortar así el sufrimiento, una especie de eutanasia.

«La mayoría de la población se atendía con curanderos o personas con saberes informales. No había una carrera, pero sí una formación. En esa época, empiezan las primeras campañas de vacunación: la primera fue contra la viruela», cuenta a Clarín el historiador y docente Raúl Fradkin. 

Los medicamentos eran sustancias naturales, de origen vegetal en su mayoría, y animal y mineral, en menor medida. Pero no estaba claro la acción terapéutica en el cuerpo, con lo cual era un poco a ciegas.

Las tres prácticas mas usadas eran la sangría, el vomitivo y el opio. Con la sangría “se quitaba” una parte de la vida. A todo enfermo se le sacaba sangre varias veces al día (de los tobillos o los brazos). También se usaban sanguijuelas, conservadas durante muchos días en vasijas con agua.

El opio se usaba contra pleuresía, pericarditis, hepatitis, tétanos, tos, disentería, cólera, fiebre tifoidea, sífilis, tumores, viruela, pólipos, espasmos, enfermedades mentales.

Las medicinas venían de España, Brasil y Norteamérica y las recetas se escribían en latín.

Como no había anestesia, en cuanto a las técnicas quirúrgicas, los cirujanos combatían con el dolor, la hemorragia y la infección. Algunos pacientes solían emborracharse con alcohol antes de una intervención; algunos cirujanos hacían sangrar a sus pacientes para volverlos insensibles.

Las herramientas que usaban eran serruchos de amputación, cuchillos para amputar, escalpelos, serruchos pequeños, llaves para sacar muelas, sacabalas, torniquete.

"Matadero sur" (1817), de Emeric Essex Vidal

«Matadero sur» (1817), de Emeric Essex Vidal

10. Mercados de esclavos en Plaza San Martín y Parque Lezama

Si bien la Asamblea del año XIII declaró la libertad de vientres de las esclavas, la esclavitud siguió existiendo algunas décadas más. Los principales mercados estaban en Plaza San Martín y en Parque Lezama, que por eso quedaron como parques, porque nadie quería vivir ahí.

“La condiciones de limpieza no eran óptimas. Eran  lugares con cientos de esclavos, capturados en África, con tres meses de travesía en barco. Los olores eran tremendos y se quejaban de eso. Ponían doscientos esclavos, por ejemplo, pasaba alguien y los compraba, tipo remates. Al principio se hacían en el pórtico del Cabildo, después se construyeron espacios. Les miraban los dientes, la edad»

¿Qué era lo más buscado? «Se vendían chicos, de menos de 12 años. Uno de 30 era inutilizado, no tenía valor. Chicas para tareas de la casa. En las casas había grabados, estaba el negrito del mate, eran chicos, iban con la pava y les cebaba el mate a las señoras. La negrita del coscorrón, cuando la señora estaba enojada, le pegaba o tiraba de la trenza. No estaba prohibido”, cuenta Schávelzon.

“Nuestros próceres –dice Schávelzon– tuvieron esclavos, las familias de San Martín o Belgrano compraban y vendían en cantidades. French tenía un gran mercado de esclavos. No estaba prohibido, no era ilegal. Ya estaba fuera de la ética en esa época. Es curioso que luchan por una libertad y la independencia y tienen mercados de esclavos».

Según cuenta este arqueólogo, los esclavos eran parte de la vida cotidiana, eran muy baratos: «Es como tener un taxi, no tenés que ser millonario y generaba riqueza. Valía la pena la inversión: los hacían trabajar, los mandaban todos los días a vender algo y traer el dinero, un canon diario a la dueña, a cambio lo dejaban andar por la ciudad. Las negras que vendían cosas por la calle y los negros que vendían escobas y plumeros. No son libres, son esclavos de alguien y al final del día tenían que llevar la plata al amo. Era una manera de vivir a partir del trabajo de los esclavos».

Colaboró Milena Acosta.

Fuente:https://www.clarin.com/cultura/9-julio-cosas-sabias-vida-cotidiana-1816_0_mTDNygnqn.html

 

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