San Rafael, Mendoza martes 11 de mayo de 2021

La elegida – Por:.Beatriz Genchi

La sugerencia de su socio en los negocios del Principado, Aristóteles Onassis, era que hiciera una boda hollywoodense: «Necesitas un gancho para atraer turismo de lujo a Mónaco»- le decía a Rainiero y se hizo realidad el 19 de abril de 1956.
El Principado fue escenario del más icónico cuento de hadas del siglo XX, protagonizado por Rainiero III, un soberano de 32 años empeñado en convertir su minúsculo reino en emporio del glamour, y la actriz de moda, Grace Kelly, famosa por filmes como, “Mogambo”, “Solo ante el peligro” o “Crimen Perfecto”, que con 26 años tenía en su vitrina un Oscar y dos Globos de Oro.

La entonces amante de Rainiero, Gisèle Pascal, una actriz de segunda clase, no daba la talla y aseguran que el capellán del príncipe, el padre Tucker, elaboró una lista que incluía a Deborah Kerr, Natalie Wood y la propia Grace, la favorita.

El momento elegido para su primer encuentro fue el festival de Cannes, al que Grace asistió, y la excusa, una invitación de Rainiero para conocer su palacio el 6 de mayo de 1955. «Nunca antes había conocido a una norteamericana, me pareció tranquila y agradable, pero ni se me pasó por la cabeza un matrimonio» declararía Rainiero. Sin embargo, esa Navidad viajó a Filadelfia para pedir la mano de Grace y el 5 de enero de 1956 sorprendió al mundo anunciando el compromiso. Los prolegómenos fueron escasamente románticos: Grace fue sometida a un examen ginecológico para comprobar su fertilidad, que destapó que no era virgen, lo que ella atribuyó a una caída de caballo de adolescente.

Además, su padre, John Kelly, aportó una dote de dos millones de dólares para sanear las arcas monegascas y convertir a su hija en princesa. El 4 de abril Grace se embarcó con su familia, damas de honor, 80 baúles de equipaje y su caniche Oliver en el trasatlántico Constitución.

Más de 1.000 periodistas y fotógrafos de todo el mundo, casi el doble de invitados, se acreditaron para la ceremonia, primera boda real retransmitida por televisión, que contemplaron 30 millones de espectadores.
Grace tenía bien ensayado su papel y realmente su puesta en escena fue impactante cuando llegó a la catedral de San Nicolás del brazo de su padre, el rico constructor de Filadelfia, John Kelly, seguida por seis damas de honor vestidas de amarillo.

Iba ataviada con un espectacular modelo de Helen Rose, la diseñadora de la Metro-Goldwyn-Mayer, valuado en 150.000 dólares, que hoy se exhibe en el museo de Filadelfia, en el que 36 artesanas de la costura trabajaron a destajo seis semanas. El cuerpo, con cuello alto y manga larga, era de encaje de Bruselas y se unía a la falda, de tafetán bordado con perlas, por un fajín que marcaba su cintura de avispa. Completaba el look un tocado de perlas, brillantes y encaje imitando las flores de azahar sujetando el velo, y el bouquet de lirios que llevaba en sus manos la novia, que iba perfumada con la fragancia que Rainiero hizo crear para ella, “Fleurissimo”, que no se comercializó hasta 1972.

Dentro de la catedral esperaban 600 invitados, cuya única cabeza coronada era Faruq de Egipto, aunque el plantón de la realeza europea se difuminó ante la afluencia de estrellas de Hollywood, como Alfred Hitchcock, Ava Gardner, Gloria Swanson o Cary Grant, que alternaron con magnates como Aristóteles Onassis o Conrad Hilton.

Realeza obliga, fue la novia quien espero al novio en el altar, que llegó con uniforme de gala y el pecho profusamente adornado de condecoraciones. Se dieron el «sí, quiero» ante el obispo de Mónaco Gilles Barthe y la única nota fuera de guion fue que Rainiero no acertó a encajar el anillo en el dedo de Grace, que se lo acabó poniendo a sí misma. A la salida, tras el paseo en un Rolls descapotable regalo de los monegascos, se celebró un ágape en el palacio Grimaldi a base de salmón, caviar, langosta y una torta nupcial de seis pisos. Posteriormente, los novios embarcaron en el yate Deo Juvante, regalo de Onassis, con destino a Valencia y Mallorca, una luna de miel donde Grace experimentó algún que otro mareo, indicio, se rumorea, del incipiente embarazo de su primogénita Carolina.
Fue el «The End» de un cinematográfico romance cuya realidad no tenía tanto de cuento de hadas: Grace Kelly, la musa de Hitchcock, miembro de una acaudalada familia de Filadelfia, tuvo una meteórica carrera en Hollywood, donde compartió cartel y dicen que algo más con Clark Gable, William Holden o Gary Cooper, quien reveló: «Parece un témpano de hielo, pero cuando le bajas la ropa interior, es un volcán», vaya Señor!.
El objeto de deseo para una norteamericana bella, rica y triunfadora era esa inalcanzable realeza europea que encarnaba Rainiero, quien necesitaba urgente un hijo para sortear la amenaza de anexión a Francia si no tenía herederos, así como revitalizar la maltrecha economía monegasca, pues la Segunda Guerra mundial había quebrado los casinos, su fuente de riqueza. Pretendía reconvertir a Mónaco en emporio turístico para millonarios, pero necesitaba un recambio por eso el pedido de Onassis.
Y allí se barajó el destino de Grace, era Mónaco y una nueva vida lejos del cine, que requería también de grandes dotes de actriz para representar otro papel: el de feliz esposa de un soberano.

Gentileza:.

Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.

Puerto Madryn – Chubut.

 

 

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