San Rafael, Mendoza martes 11 de mayo de 2021

El estrépito suprimido – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

“No soy el primer escritor –y de seguro no seré el último– en abordar el tema del silencio. No pretendo que este breve texto cumpla con propósitos filosóficos, así como tampoco me interesa despertar en quien lo lea una profunda relevación. Lo que aquí plasmo es la reflexión personal que, ya desde hace un tiempo, llega con más y más asiduidad. Me interpelo sobre el silencio desde lo social, pero sobre todo desde lo personal. Transito algunos días por un túnel de introversión que me lleva no solo a cuestionar mi propia percepción de la realidad, sino a también a aventurarme hacia esferas ajenas. A fin de cuentas, puede que todo este palabrerío sea solo el desvarío de una juventud vagabunda”.

Las personas abogamos por mantener el control. Nos gusta sentirlo correr por nuestras venas, ser propietarios de nuestros cuerpos y nuestro ambiente. Nos alegra dominar nuestras acciones y que los actos tengan la repercusión que buscamos en el microcosmos de los otros. Nos frustra el poder incontrolable de los elementos naturales y de los abstractos que escapan de nuestra idea de dominio constante. Por ese motivo ignoramos voluntariamente aquello que resulta difícil de subyugar, sobre todo lo que convive a diario con nosotros. A pesar de nuestra fabulosa creencia de ser poseedores de toda potestad, las personas caminamos perpetuamente sobre el filo de la sanidad y la monomanía.

Aquí entra en juego el silencio. El conflicto que tenemos con el silencio transciende casi la totalidad de las demás penurias humanas. Lo buscamos y lo rechazamos. Anhelamos su llegada y despreciamos su permanencia cuando ya no nos sirve. Lo pedimos, lo juzgamos, le tememos y adoramos. El silencio es el dios bicéfalo que castiga y recompensa.

Lo grato de su presencia depende del lugar y el tiempo. Se funde con armonía en las largas noches de sueño reparador y abrazamos su presencia en la seguridad del lecho. Empero, nos infunde profundo terror cuando en la campiña aniquila el trino de las aves y refuerza el sonido de nuestros pasos en la extensión de la naturaleza. Recibimos de brazos abiertos la supresión del ruido luego de una extensa jornada laboral, pero lo destrozamos con la estática de la pantalla cuando trae de la mano a la soledad más penetrante. Suele ser motivo de preocupación cuando invade a nuestra pareja por largos períodos de tiempo y mano auxiliadora cuando nos alejamos de aquellos individuos indeseables. En el afán de combatirlo, hemos engendrado un canto mecánico de sirena.

Elemento predilecto del terror, solo funciona acompañado de su antónimo. El grito lo desgarra y en ese destrozo el corazón da un vuelco. No es el silencio, sino el eco de nuestro propio aliento el que nos hiela la sangre en las solitarias noches de penumbra invernal. Tensamos entre el silencio y nosotros la cuerda histérica de la perene metamorfosis humana. ¿Cómo debemos obrar ante él? ¿Cómo hacerlo en su deserción? Ni uno ni otro sacian nuestra variable demanda durante el transcurrir continuo del tiempo.

Es que al silencio le importamos tan poco como al mismísimo universo. El cosmos infinito, habitado de infinidad de diferentes sonidos, presenta a nuestros oídos mortales el rostro velado por el silencio. ¿Será, entonces, que nuestra lucha pasa por el rechazo a este elemento intrínseco de nuestro ser? Si vivir sin la música es un error, vivir sin silencio es una locura.

Gentileza:

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete  –   ravagnani.lucio@gmail.com

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