San Rafael, Mendoza lunes 21 de junio de 2021

Automatizados – Por:.Beatriz Genchi

La palabra automático proviene de autómata, un vocablo relativo a toda aquella máquina o aparato mecánico capaz de ejecutar determinados movimientos en forma semi independiente.

El concepto es muy antiguo y ha sido puesto en práctica desde tiempos remotos. En los siglos XVIII y XIX, los “autómatas” protagonizaban historias enteras en la literatura fantástica y formaban parte de numerosos experimentos destinados a mejorar la productividad fabril de la entonces incipiente revolución industrial.

Desde luego, no tardó mucho en llegar el día en que tales adelantos fueron adaptados para el servicio gastronómico. En nuestro país, una modalidad comercial que estuvo muy en boga durante las décadas de 1930 y 1940, fue la conocida como “bar automático”.

El primer antecedente con bases documentales data de 1907. Se trata de un aviso publicado en la prensa porteña anunciando la inauguración de un Bar Automat en la calle Bartolomé Mitre 463. Bajo la proclama de “¡La última palabra en lunch higiénico!”, el anuncio aseguraba que “el éxito obtenido en Europa y muy especialmente en Alemania por las máquinas aplicadas al despacho automático en los bares ha sido consagrado en la Argentina (…)  Nuestro Bar Automat, desde que abrió sus puertas, viene mereciendo la predilección del público…”

Debieron pasar aún un par de decenios para que el asunto cobrara dimensiones de furor hasta proliferar por toda la ciudad de Buenos Aires con un espíritu común, pero con distintos métodos y formas de presentar esta festejada maravilla de la vida moderna. El modo que logró mayor difusión fue el de los cilindros abovedados de vidrio empotrados a la pared con estantes en su interior, conteniendo cada uno un determinado tipo de alimento: sándwich de miga o pan francés (desde fiambres y queso hasta milanesas o matambre), empanadas y algunos postres: trozos de tortas, pastafrola, queso y dulce e incluso panqueques de varios gustos.

Se colocaba una moneda en la ranura del mecanismo (generalmente de diez centavos), se accionaba una manivela y descendía el estante correspondiente hasta una abertura inferior donde el cliente tomaba su alimento. Para las bebidas existían dos sistemas: uno similar al mencionado, pero con botellas, y otro que se servía de grifos expendedores de los diferentes líquidos en una medida previamente establecida, equivalente a un único modelo de vaso utilizado por el local.

Rápidamente aparecieron nuevas aberturas en los muros internos de los negocios del ramo dotadas de puertas giratorias que se abrían luego del pago correspondiente. Cada una tenía un letrero indicando el tipo de comida deseada, en general minutas de extrema sencillez y preparación veloz: sopa de arroz o fideos, buseca, ravioles a la manteca o “al jugo” (Con ese eufemismo se denominaba a los ravioles apenas mojados por un tuco débil y acuoso.) milanesa con fritas, asado de tira, arroz con carne, pastel de carne, albóndigas y no mucho más.

Efectuado el pago, un empleado al otro lado de la pared (o sea una cocina, obviamente), abría la puerta y entregaba la preparación elegida. Casi siempre se comía “de parado” en mesas angostas adosadas a las paredes o dispuestas en el centro del local. Los testimonios hablan de algunos bares automáticos que fueron famosos, o al menos muy frecuentados en sus tiempos de esplendor en Bs.As: Avenida Rivadavia entre Carhue y Montiel (Liniers), Leandro N Alem al 500, Avenida de Mayo al 800 y en la Galería Güemes, entre otros.

Hacia fines de la década de 1920 apareció una especialización dentro del rubro: los bares automáticos móviles o “rodantes”. Consistían en vehículos (pequeños ómnibus o camiones adaptados) con laterales que mostraban siete u ocho ventanillas similares a los que había en los establecimientos fijos.

Finalizando los años cuarenta, los bares automáticos en general pasaron a mejor vida que constituye el recuerdo de los tiempos idos. Con todo, dejaron plantada la semilla del “autoservicio” en la memoria colectiva de los argentinos, finalmente materializado algunas décadas después. Aunque poco conocidos por su fugacidad cronológica y sus escasas bondades en términos de calidad, merecen un lugar en la historia por haber formado parte de la vida cotidiana de nuestros padres y abuelos.

Un anuncio colocado estratégicamente dentro de un local de marras, según el relato memorioso del historiador Diego del Pino: “si usted coloca una moneda, aparecerá el plato solicitado. Pero si la moneda es falsa…aparecerá el dueño”.

 

Gentileza:

Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.

Puerto Madryn – Chubut.

 

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