San Rafael, Mendoza lunes 21 de junio de 2021

Alquimia cotidiana – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Renegar de la ciencia es renegar de nuestra propia composición. Como seguidor de las ciencias sociales, esto siempre me resultó difícil de interiorizar. Comprender que la realidad perceptible es mucho más que lo que puede captar el ojo humano significó replantearme qué era lo verdaderamente “real” y qué lo ilusorio. Así y todo, la cotidianeidad sigue lanzándome interrogantes continuamente. La verdadera alarma sonará cuando las dudas ya no lleguen.

Los que crean que la alquimia es un arte arcaica y olvidada, no podrían estar más errados. Cotidianamente hacemos uso de ella de la forma más tradicional que podamos pensar. A pesar de que ya no buscamos la Piedra Filosofal, así como tampoco la fórmula que transforme el plomo en oro, exploramos familiares fórmulas que nos lleven a otro tipo de riquezas. Allí, en aquel rincón de casa asociado a la saciedad y la unión, se erige un laboratorio moderno. En la cocina de las distintas jornadas, alquimistas culinarios graban sus secretos gastronómicos celosamente guardados.

Día a día se fraguan a fuego medio y fuerte los experimentos de especias y hierbas. En el agua hirviendo de la transmutación constante se templa el espíritu imperecedero de quienes exploran nuevos caminos rodeados de ingredientes desconocidos. Se guían con el mapa de los libros y la brújula de los sentidos en un mar de caldo y tuco, buscando una costa de sempiterno pan en donde encallar. En su memoria, la tradición familiar entra en ebullición cada mediodía y noche en que las bocas claman su tributo. Entonces se encienden las hogueras que no condenan ni juzgan. Comienza el baile cronometrado entre el fuego y el hierro, orquestado por quienes logran que la cuchara de madera sea una extensión de su propio cuerpo. Danzan las Vichy, Juliana y Emince mientras que dejan atrás su dureza. Aquel aquelarre desenfrenado finalmente se nivela, se equilibra con el cristal que trae consigo la huella de la prehistoria. Oro blanco, siempre discutido por su abundancia o ausencia, cae entre la yema de los dedos en una lluvia fina de inigualable sensación.

Alquimista de renombre es quien puede incluso manipular el tiempo. Gira el reloj de arena y desdobla los pliegues del lapso que dispone para su obra, traspasando la barrera de lo eterno y lo imperturbable. Se vale, claro, también de variados alcoholes; ardorosas lenguas que crepitan contra piedra, acero y cristal. Acompañan dentro y fuera de la tarea, filtrando en sus variantes rojas, pardas e incoloras los variados matices de la mezcla que fluye como el río de la vida.

En la alquimia moderna se destruye y reconstruye con tal certeza que el caos y el orden se funden en un instante. Aquel segundo que indica un fin y un nuevo comienzo suena como un estruendo y hasta tiene la capacidad de aplacar las más feroces llamas. Aquellas que en un origen Prometeo robó de los dioses y que los humanos hemos sabido mantener vivas desde ese momento. Pues el dominio del ardiente plasma ha derribado imperios, rescatado moribundos y descontaminado la materia. Somos hijos del fuego y esto los alquimistas de las mesadas lo saben muy bien. Azul, rojo o amarillo, su cuerpo es señal de refugio, prosperidad y cambio. Así como los elementos se transforman en energía pura, nosotros también nos transfiguramos desde lo más profundo de nuestra esencia.

Tal es la alquimia de la cocina.

Gentileza:

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

ravagnani.lucio@gmail.com

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