San Rafael, Mendoza martes 11 de mayo de 2021

No es el mar – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete.

“Creo que la frase ‘lectura obligatoria’ es un contrasentido. Si un libro les aburre, déjenlo. No lo lean porque es famoso. No lean un libro porque es moderno. No lean un libro porque es antiguo. Si un libro les resulta tedioso no lo lean, porque ese libro no ha sido escrito para ustedes”. Con estas palabras Borges habla sobre el placer de la lectura, pero incluso se aventura más allá de la simple justipreciación de la misma. ¿Cuántas veces se nos señaló con dedo acusador por no haber leído tal o cual obra? ¿Cuántos clásicos hemos sido forzados a devorar con gula repugnante solo por el hecho de ser considerados clásicos por la crítica y un determinado grupo de lectores? La literatura está cargada de magia porque nos permite exiliarnos voluntariamente fuera de esta realidad opresiva y oscura. Es puerta y llave. Con ella los eternos laberintos siempre tienen salida, ya sea por delante o por arriba. La literatura nos demuestra, en su eterna presencia desprovista de rencores, la importancia de decir “NO”.

La fragancia aquella vez era la misma que ahora, Paco Rabanne. Luigi la olió por primera vez en la casa de la Zona Universitaria en la que su mamá lavaba ropa dos veces por semana”. Era solo el comienzo del relato y ya estaba cansado. Ese tipo de literatura le pesaba, le hacía sentir el tedio de lo cotidiano del que justamente quería escapar a través de los libros. Pasó las páginas y vio cómo el torrente de diminutas letras negras corría sin cesar entre los márgenes blancos. Una nueva oleada de cansancio lo colmó y cerró la obra de golpe. Miró detenidamente la portada, buscando allí un ápice de inspiración que le permitiera seguir con la lectura. Habían adaptado la típica foto de una playa tropical y, mediante algún programa de computadora, la habían hecho parecer un dibujo de acuarela. Sobre la esquina superior izquierda, apenas perceptible, asomaba la bandera de la República Dominicana. Nunca había conocido la isla en carne propia y la única imagen que tenía de ella era la que Vargas Llosa había descripto en “La fiesta del Chivo”. A partir de ese momento siempre se la imaginó parecida, con el enorme Malecón bordeando la costa de aguas turquesa y una combinación forzada de ciudad y vegetación caribe.

“Es el mar”, pensó mientras seguía examinando la portada. Acá no hay y estamos tan lejos que la sola mención resulta extraña. Continuó dándole vuelta a ese pensamiento durante varios minutos, incapaz de creerlo. No, no era el mar. Algo más profundo, más visceral impedía que empatizara con ese tipo de literatura. Una vez más el hastío lo invadió y, en ese instante, comprendió el porqué de aquella cuestión. No era una cuestión de lugar, ambiente ni clima sino algo profundamente ligado a la susceptibilidad latinoamericana. Simplemente se sentía desprovisto de aquella cualidad sin la cual miles de obras pasarían inadvertidas ante su mirada apagada. Es que aquello que leía no podía percibirlo más allá de las páginas manchadas de tinta. “Si quiero leer noticias deprimentes, entonces agarro el diario”, se dijo a sí mismo mientras dejaba el libro en un costado. La idea de que la literatura reflejara la realidad –y sobre todo una realidad absolutamente ajena– con tanta exactitud, lo disuadía de interiorizarse en aquel universo paralelo. Y es que en el afán de huir de un entorno tan monótono y angustiante como lo era la vida misma, anhelaba un refugio compuesto de fantasía. Buscaba en sus lecturas la vertiginosidad de abordar una nave intergaláctica, de aniquilar feroces dragones de escamas rojas y rugidos atronadores, de sobrevivir a una invasión zombie junto a un grupo de los más dispares personajes. Aquella era la guarida que preservaba su estabilidad mental.

Volvió a tomar el libro y a mirar su portada. No era un mal cuento, eso era capaz de admitir. La cuestión trascendía una binaridad de blanco y negro y se remontaba incluso más allá de la subjetividad humana. Desde el pasillo le llegó el aroma de un café recién preparado y le gustó el paralelismo. La literatura, como el café, gusta a todos solo que en diferentes formas y medidas. El secreto está en encontrar el fruto indicado.

 

 

GENTILEZA:

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete  –  ravagnani.lucio@gmail.com

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