San Rafael, Mendoza miércoles 21 de abril de 2021

Los pendientes de oro – Por:.Lucio Ravagnani Navarrete 

El primer libro de terror para “adultos” que leí fue Historias Extraordinarias de Edgar Allan Poe. A partir de ese momento, el estilo romántico y la representación de personajes foráneos que el afamado autor estadounidense había volcado en sus cuentos me siguieron a todos lados. A ello se le sumó, posteriormente, el terror cósmico de Lovecraft y el horror cotidiano de King. Pero esos primeros cuentos repletos de locura, tristeza y profundo misterio habían grabado a fuego en mi ser una marca que solo se vería reforzada por una insondable angustia de la influencia. El relato que a continuación se presenta ante ustedes tiene el sello inconfundible de Baltimore y la revista Blackwood. Es, en la infinita humildad que posee, un homenaje a aquellas escalofriantes narraciones y su abrumado autor. El tributo de un lector 179 años después.

En el bazar de la ciudad de Ruggiati, en la mitad de la gran Plaza Verde, se encontraba el puesto del señor Valentino Trutcio. Un toldo hecho a base de caña y arpillera, con un mostrador de madera trabajada a mano, esta a su vez recubierta con una tela color violeta, era la estructura del modesto lugar de trabajo. Las tardes calurosas de la ciudad pasaban calmas y serenas bajo la media sombra de la arpillera, mientras que la masa de personas iba y venía de acá para allá consultando precios, olfateando especias y hasta comprando una que otra joya.

Ese era, justamente, el oficio del Sr. Trutcio. Se había convertido en joyero de pequeño cuando su padre, un hombre de campo y humor sumamente irascible, le había obsequiado un ligero collar hecho de cuero y decorado con pequeñas esquirlas de hueso de coyote. El joven Valentino atesoraba aquel regalo y había decidido que, cuando tuviera la edad suficiente, aprendería el oficio y fabricaría las más bellas alhajas nunca vistas. Su promesa no tardó en cumplirse y a los diecisiete años se convirtió en el aprendiz del señor Fiorentino Boscoelli, quedando así bajo el cuidado del mismo. El joven artesano miraba con especial atención cómo su maestro engarzaba en brazaletes de bronce y plata las más hermosas piedras que sus ojos hubieran podido contemplar. Aprendía como curtir el cuero para los collares y muñequeras y qué combinación era la mejor a la hora de formar nuevas aleaciones con los metales. Noches enteras pasaba el joven Valentino en el taller del sótano, practicando su técnica y volviéndose hábil en el manejo de las pequeñas herramientas.

El señor Boscoelli no había llegado solo a la ciudad de Ruggiati, escapando de una supuesta deuda de juego –tal era el rumor que corría por las calles-, sino que había traído con él a su familia. La señora Boscoelli, una mujer más bien pequeña, de pelo color avellana, ojos profundos y busto caído, se pasaba el día chismorreando junto con las otras mujeres del barrio sobre asuntos banales. Pero quien más llamaba la atención en la familia era la joven Lisabetta. Tanto su piel color oliva como su cabello oscuro producían un efecto sorprendente en los ojos color verde de la muchacha. Valentino recordaba que, al verlos por primera vez, pudo compararlos con la hermosura de una “Esmeralda Andina”. Una rara gema que se encontraba solamente en las alejadas montañas del Perú y que su maestro le había enseñado una vez por foto. Pero los ojos no eran lo que más llamaba la atención. Su mejor y más vistoso atributo era su sonrisa.

Cuando Valentino Trutcio la vio sonreír por primera vez, sus dedos temblaron con un ligero cosquilleo, tal como le había sucedido cuando elaboró su primer anillo de oro y plata fina.

Fue breve el tiempo que pasó hasta que Valentino y Lisabetta comenzaron a verse a escondidas del señor Boscoelli. Al principio los encuentros eran cortos y apasionados, como solo los jóvenes saben vivirlos. Se veían en la fuente de la plaza, cuando la luz de las farolas imitaba la de la luna, y bajo aquel resplandor compartían romance y sueños de grandeza. Sin embargo, estos momentos de felicidad comenzaron a aplacarse cuando el joven Valentino empezó a pasar más tiempo en el taller que en el mundo exterior. Sus días consistían en mañanas de trabajo en el campo de su padre y tardes de paciencia y destreza en el taller del señor Boscoelli. Para cuando caía la noche, el joven joyero prefería ir al encuentro de Morfeo antes que al de su amada.

Como es de preverse, esta actitud comenzó a fastidiar a la bella Lisabetta quien, cansada de la falta de atención por parte de su compañero, lo sorprendió con un severo ultimátum.

–Muchos son los caballeros que gozarían eterna dicha al poder cortejarme. –La joven hablaba mientras caminaba en círculos por el sótano/taller donde su pareja trabajaba. –Así que escúchame bien, Valentino Trutcio. O comienzas a ser un hombre más atento a los pedidos de una dama o le diré a mi padre sobre lo nuestro y nunca más podrás trabajar en su taller.

El novel joyero levantó la mirada de su mesa de trabajo y clavó sus penetrantes ojos negros en la pupila de quien le hablaba.

–Vida mía, has malinterpretado mi tiempo dedicado a este lugar. Pues en estos días no he hecho otra cosa más que fabricar una joya de majestuosa figura, la cual deseo poder entregarte a modo de obsequio. –El rostro de Lisabetta se contrajo en un gesto de sorpresa. –Solamente resta el último detalle. Una gema que transmita toda la belleza que su futura portadora presenta a diario.

Estas dulces palabras parecieron aplacar el enojo de la encantadora joven, ya que dio a su pareja un beso ruidoso en la mejilla y luego salió tarareando fuera del taller. Aquella misma noche, Valentino Trutcio trabajó sin un minuto de descanso.

La noticia sobre la desaparición de la deslumbrante Lisabetta Boscoelli se esparció como descontrolado fuego por toda la ciudad. En vano buscó la policía por los alrededores y los muchos callejones de la urbe. El cuerpo no se hallaba por ningún lado y no había rastro del paradero de la muchacha.

El funeral se llevó a cabo un corto tiempo después de lo sucedido con un ataúd vacío y lágrimas en los ojos de los presentes, entre ellos Valentino. En su rostro, una sola lágrima resbalaba lentamente por su mejilla. Tal vez por la conmoción que genera el hecho de perder una vida tan lozana, ninguno de los asistentes al réquiem notó un singular detalle. Asomados sobre el bolsillo derecho del saco del joven Trutcio, el sol de la tarde arrancaba pequeños destellos a unos pendientes de oro. En su base, como una lágrima de pálida nieve, las coronas de dos molares lucían su corte macabro.

 

Gentileza: 

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete  –  ravagnani.lucio@gmail.com

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