San Rafael, Mendoza martes 20 de abril de 2021

 Constelación de sumidero – Por:.Lucio Ravagnani Navarrete

Existe una terapia que los seres humanos venimos practicando desde hace muchos años en nuestra vida cotidiana: la reflexión en la ducha. Durante este momento, logramos desbloquear aquellos pensamientos y reflexiones que parecen estar vedadas durante el resto del día. En comunión con el agua de Tales de Mileto, se filtran los portales que nos dan paso hacia un recinto desconocido y profundo. Allí, donde se gestan las grandes revelaciones, a veces damos con un tesoro inesperado.

La mañana de los lunes tiene ese aire tan difícil de aspirar, como si en el ambiente flotaran las partículas de antiguos proyectos inconclusos. El atormentador sonido fue silenciado y recién ahí pude percibir que afuera la naturaleza también daba aviso sobre el comienzo de una nueva jornada. En el momento en que puse los pies sobre el frío suelo de baldosas, un proceso automático se desencadenó en todo mi cuerpo. Arrastré los pies descalzos hasta el baño y me miré al espejo. Un rostro agotado, con ojeras y los cabellos absolutamente impresentables me devolvió la mirada. Se parecía a mí, pero no podía ser yo. Aquel otro del espejo parecía entrado en años y agotado del monótono trascurso de los días. Los párpados hinchados de sueños poco logrados y los labios partidos por una sequía nocturna que alcanzó a lacerarle la piel, pero no a obligarlo a beber. No, definitivamente ese ser no era yo. No podía serlo. Aparté la vista del reflejo y encendí el agua de la ducha como había aprendido hacía ya tantos años. Primero tres cuartos de giro al agua caliente, luego un cuarto de giro a la fría y, a partir de ahí regular a gusto. Me entusiasmaba esa fórmula porque casi parecía una receta de cocina. Corroboré la hora y vi que eran las siete y media, por lo cual supe que tenía unos cinco minutos si quería llegar a tiempo al trabajo. Cuando el cuarto se comenzó a llenar de vapor, dejé caer mis pocas prendas al suelo e ingresé a la ducha.

El contacto del agua con mi piel desató el nudo invisible que había tenido silenciada a mi voz todo ese tiempo. Con un sonoro “ahhh” dejé que mi cuerpo entero se envolviera en aquel manto húmedo de conciencia forzada. Con la cabeza gacha podía sentir cómo el agua bajaba por mi nuca, se deslizaba por mi espalda y mis brazos para finalmente caer y desaparecer por el desagüe. Me concentré la oscuridad enrejada del drenaje. Aquel agujero negro del universo cotidiano absorbía las gotas convertidas en pequeños torrentes que se perdían para siempre en su infinita boca. Por un momento creí ver una luz en el fondo de aquel abismo. Asumí que solo se trataba de un efecto de mi visión aguada y comencé el ritual.

Durante el cuarto masaje capilar pude verlo nuevamente. Allí, en el lugar más recóndito de la umbra, estallaba un universo. Una singular creación lanzaba en todas direcciones polvo de estrella y galaxias para armar. Vi sus ciclos eternos, sus giros continuos y su danza milenaria forjar la red invisible que sostendría al resto de sus componentes. Allí estaban en un segundo los miles de mundos, escupidos desde el centro y atrapados por sus astros principales que, obligándolos sin pudor, los sujetaban con la fuerza del mismo cuerpo. Sobre su dermis crecían y se multiplicaban diferentes creaciones que nunca se conocerían. Estarían condenadas a imaginar la compañía de otro en ese vasto cosmos de alcantarilla, mientras sus vidas serían reemplazadas por otras con más inteligencia y menos esperanza. De una de aquellas criaturas salía disparada la idea de un refugio y se lanzó, impetuosa, a la conquista de los suyos. Entre los escombros de su lucha se alzaba un laberinto de ciudades y rutas a modo de inmensa malla viviente. En su afán de dominio se sometían con violencia y miles perecían por ideales de desconocidos vínculos. En lo que pensaron era su apogeo, el mismo universo de desagote consumió los sueños y esperanzas. Siguió por las vidas y los inmensos monumentos que perduraron, hasta entonces, aún más que el noble metal. Todo lo conocido y lo desconocido se perdió en una gota que se deslizó imparable, guiada por la gravedad de un mundo también inmenso, pero subjetivamente más distinguido. En el cuarto parpadeo retomé mi conciencia manual.

Cerré las dos canillas –primero la fría y luego la caliente– y salí de la ducha. La planta de mis pies contra la alfombrilla terminó por quitar de mi iris mojado la imagen de aquel caos efímero. Todo un sempiterno vaivén de perfecta creación se perdió sin rastro más que el del recuerdo. Miré el reloj, temiendo que hubiera pasado una era completa. Eran las ocho menos cuarto. Saliendo del baño, avisé que ese día llegaría un poco tarde.

Gentileza: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete –  ravagnani.lucio@gmail.com

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