San Rafael, Mendoza sábado 06 de marzo de 2021

La única que creyó en Colón. (parte 1 de 2) – Por:.Beatriz Genchi

A finales del siglo XV el Océano Atlántico seguía siendo un mar tenebroso. Como había señalado Al-Idrisi cuatro siglos antes, repleto de enormes monstruos. Los viajeros que llegaban a Compostela se acercaban Finisterre convencidos de que al otro lado nada existía.  A pesar de eso ya había sido explorado por portugueses y españoles a lo largo de toda esa centuria. Pero faltaba que alguien decidiera dejar de bordear las costas y enfrentarse a aquel inmenso océano de frente. Aquel loco visionario fue Cristóbal Colón, que vivía atormentado y obsesionado con ser el primero, pero necesitaba que alguien lo empujara y ese alguien, años después, fue una mujer, Isabel I de Castilla.

Cristóbal Colón era más que un loco visionario. En 1485, que es cuando se inicia su relación con los Reyes Católicos, debía tener unos 34 años, y más de la mitad de su vida la había pasado a bordo de un barco. Colón era un hombre que viajaba con una valija cargada de libros.

Pero lo que nunca le faltaba era un libro de Marco Polo. Su lectura obsesionó a Cristóbal Colón, en la idea de que la relación tierra-mar en el planeta era más equilibrada de lo que se pensaba.

Lo que esperaba al otro lado del Océano debía encandilar a las coronas europeas. El comercio con Oriente encontraba dos grandes obstáculos. El primero la deficitaria balanza de pagos, sí, Europa pagaba ingentes cantidades de dinero para conseguir artículos de lujo o las ricas especias orientales. Por otro lado, los reinos musulmanes ejercían un enorme tapón comercial, los aranceles y el continuo clima de guerra dificulta las relaciones comerciales.

Como es conocido Cristóbal Colón acudió primero a los portugueses, pero estos tenían por entonces todas sus expectativas puestas en el lucrativo comercio de esclavos con el centro de África, y sus ilusiones puestas en bordear el continente africano para llegar a Oriente.

De tal forma que Colón decide exponer sus ideas al vecino. Llega al Monasterio de la Rábida en Huelva a principios del año 1485. Hasta allí viudo, sin dinero, y rodeado de deudas.  Le acompaña un niño de poco más de cinco años al que conocernos en el futuro como Diego Colón. Le esperaban frailes, nobles, o políticos, todos acabaron gratamente sorprendidos y contagiados por el entusiasmo del navegante genovés. En las sucesivas reuniones acudieron expertos de diferentes campos; abogados, profesores universitarios o experimentados marineros. La labor de Colón era arriesgada, ya que tenía que convencer a todos.  Pero a pesar de sus enormes convicciones, no podía mostrar en ningún momento que aquello pudiera ser sencillo, y que cualquiera se aventurara a ello.

Aquellos hombres no dieron por buenos los cálculos de Colón. Catorce siglos antes, Ptolomeo había calculado el triple, tenía razón. Por lo tanto, era normal que los allí reunidos desestimasen su oferta. Pero los frailes de La Rábida se encandilaron de otro aspecto que le esperaba al otro lado del océano, la posibilidad de llevar el cristianismo a oriente por una vía marítima directa. A Isabel de Castilla se le apodó como “la católica” por un motivo que salta a la evidencia.

Por hacer una burda comparación, a finales del siglo XV los marineros y aventureros eran los superhéroes literarios del siglo XXI. Sus hazañas corrían de boca en boca entre las más altas esferas sociales, no había biblioteca de noble o rey en la que faltara el “Libro de las maravillas del mundo” de Marco Polo. Isabel que acababa de tener a su última hija, Catalina, propone un primer encuentro con Colón. El lugar elegido fue el Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares. Allí Colón desplegando con enorme entusiasmo sus mapas sobre la mesa, así como la contagiada ilusión en el rostro de la reina proponiendo un segundo encuentro. Un encuentro entre Isabel I y Colón en las dependencias de un convento, no era un hecho baladí, que pudiera ser olvidado.

Aquí no queda constancia. Como tampoco queda constancia de quien dio la orden a los sirvientes de la Corona a comenzar a enviar dinero a Colón. 3.000 maravedíes el de 4 julio de 1487, y 4.000 más, el mes de octubre del mismo año. Es evidente que alguien se había contagiado, por el motivo que fuese, de aquella loca aventura.

Gentileza:

Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.

Puerto Madryn – Chubut.

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