San Rafael, Mendoza viernes 26 de febrero de 2021

 Bloqueo de escritor – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Hay veces en que conspiramos contra nosotros mismos. La mayoría de los casos no se dan de forma consciente, pero aun así nos encarrilan sobre una vida de boicot autoimpuesto. Cuando este sabotaje se perpetúa en el tiempo, las complicaciones son mayores. Claro que, dependiendo la profesión, los riesgos varían notablemente. No he oído nunca a un abogado decir que tiene un “bloqueo”. Tampoco a los médicos, ingenieros, astrónomos o geógrafos. Es que el bloqueo de un médico significaría poner en peligro la vida de otro mientras que se intenta superar la barrera. Empero, el bloqueo artístico puede llegar a resultar igualmente nocivo porque, dejando el cuerpo aparentemente intacto, llega a consumir la esencia misma de la persona.

Tres semanas.

Tres semanas ya iban desde la última vez que había podido escribir algo. Todos los días el ritual se repetía exactamente de la misma manera. Animado por el aire fresco de la mañana, se levantaba y encendía la computadora. Ignoraba la tentación de revisar redes sociales, correo electrónico o cualquier otra cosa que fuera a quitarle su motivación. Con el programa de redacción abierto, se sentaba y colocaba los dedos rápidos sobre el teclado. Entonces, nada. El cursor electrónico titilaba esperando su orden, pero las manos no reaccionaban. Su mente, tan en blanco como la página vacía, se negaba rotundamente a liberar al genio creador de la botella. El albino infinito de las posibilidades veladas entraba por sus ojos y calcinaba su alma.

Sin embargo, lo peor no era ese cuadro de una nada grotesca, sino el perpetuo acecho de las ideas. Sabía que allí, en ese rincón ensombrecido de su mente, la inspiración lo veía buscarla y fallar una y otra vez. Podía percibir su risa burlona desde su escondrijo, mientras él agotaba sus esfuerzos por asirla. Entonces llegaba, como un rayo que anticipa el aguacero, un punzante dolor de cabeza. Sentía que la sangre, corriendo de forma vertiginosa por las venas de su cerebro hinchado, rugía en sus oídos. Cerraba los ojos y se dejaba estar ahí, derrotado ante un concepto abstracto que se negaba una y otra y otra vez a materializarse. De modo que aquella tarde de otoño, consumido por la frustración y la rabia, decidió que aquello no podía repetirse otro día más.

Encontró lo que buscaba sin demasiado esfuerzo. En el botiquín del baño, entre una caja de aspirinas y una botella vieja de solución fisiológica, la ampolla color verde le devolvió la mirada. Tomándola con delicadeza entre sus dedos, fue hasta el cuarto y se dejó caer sentado en la cama sin armar. Miró el frágil objeto que yacía en su mano, prestando atención a cómo se comportaba el líquido en su interior. Recordó la tarde en que aquel amigo, recién llegado de un viaje por Europa, se la había obsequiado. “La encontré un Austria, en un pueblo cerca de la frontera con Alemania. La vi e inmediatamente pensé en vos.” Rememoró parte de la charla en la que ese querido amigo le relataba su travesía por el viejo continente, mirando de tanto en tanto el pequeño frasco verdoso. Ese mismo frasco, ahora frente a su nariz, contenía la esperanza de un hombre que la había perdido por completo.

Creyó que si lo consideraba por un segundo más se echaría para atrás. Quebró el pico de la ampolla con apenas un poco de presión y un aroma amargo y punzante le hizo girar la cabeza con brusquedad. No había espacio para cavilaciones. Tenía que ser ya o el atrevimiento se escabulliría al igual que la inspiración. Respiró hondo y bebió de un solo trago todo el contenido del frasco. Ahora vería si era cierto lo que tantos decían sobre el poder de la absenta.

Pero aquello no era ajenjo. No, definitivamente no lo era. En el momento exacto en que bajó por su garganta, sintió que un fuego infernal lo quemaba desde adentro. El ardor cedió a los pocos segundos y entonces lo sintió. Una enorme roca invisible lo aprisionaba en la posición en que se encontraba, haciendo imposible cualquier movimiento que no fuera agitar los enormes ojos aterrados. El esfuerzo por moverse, sumado a la desesperante sensación de un peso que aplastaba, lo hizo sudar. Sintió que algo rozaba sus piernas, que colgaban al borde de la cama. Subía por los pies, luego por las pantorrillas y se clavaba en sus muslos para seguir marcha arriba. Haciendo en enorme esfuerzo por mirar en esa dirección, vio un ser compuesto de humo y ceniza que escalaba por su cadera y se deslizaba sobre su abdomen. Las cuencas de aquel engendro brillaban con una luz verde espectral y el tacto de sus miembros sobre el cuerpo era similar a ser pinchado por minúsculas agujas. Cuando aquella abominación llegó a la altura de su rostro, lo miró de forma penetrante. El mismo ardor que había sentido en su garganta ahora le quemaba los ojos. Cuando presintió un desmayo inminente, la figura de humo se desvaneció de golpe. La piedra invisible perdió su peso y sus miembros recobraron la fuerza y movilidad. Todo el lugar permanecía en absoluto silencio.

Se levantó y corrió hacia el baño. Notó que la luz que entraba por la pequeña ventana ahora era mortecina y apenas lograba iluminar el espejo y el lavamanos. Se lavó el rostro cubierto de transpiración seca y respiró profundamente tres veces. Cuando volvió al cuarto, vio sobre las sábanas la impresión que su cuerpo aterrado había dejado en forma de agua salada. Un vistazo al reloj del velador lo puso en contacto con la realidad.

Habían pasado vías horas.

A pesar de la horrenda visión y la sensación de aplastamiento, se sentía despejado. Ningún dolor de cabeza amenazaba con arrojarse sobre él de forma inesperada. Asumió que aquella bebida se encontraba en mal estado y agradeció no haber tenido un desenlace peor. Cuando pasó por el living, algo lo llamó a mirar hacia la pequeña mesa redonda junto a la ventana. Su computadora, mostrando el rostro pálido del procesador de texto, lo esperaba pacientemente.

Se sentó sin demasiada esperanza de poder lograr algo convincente. Sin embargo, apenas sus dedos se ubicaron en el teclado, las ideas brotaron como el agua de una represa abierta. Las teclas sonaban como el repiqueteo constante de la lluvia sobre los cristales, mientras que la página se cubría de palabras, oraciones y párrafos. Su mente era el manantial de donde emergían todos los elementos de las historias que nunca había logrado redactar. Castillos antiguos vigilados por colosales criaturas de antaño, ciudades futuristas que habían sobrevivido a la extinción de la Tierra, inimaginables criaturas engendradas en mundos de locura y muerte. Todo ese torrente de imaginación llenó hojas y hojas que fueron componiendo un libro completo. Para cuando terminó de colocar el último punto, estaba agitado y sentía que respiraba por la boca. Revisó todo de principio a fin y, con una mezcla de asombro y profunda alegría, descubrió que no hacía falta ninguna corrección. Era un manuscrito absolutamente perfecto.

Se sintió realizado por primera vez en mucho tiempo. Un gozo inigualable le había fijado una sonrisa completa en el rostro. Sintiendo el cansancio propio de un gran triunfo, decidió que lo mejor sería dormir. Mañana el escrito estaría allí, listo para ser impreso.

Llegó a su cuarto, apenas alumbrado por la luz del velador, y cambió las sábanas sucias. Se quitó la ropa, la arrojó a un rincón y se dirigió al cuarto de baño para que el agua de la ducha borrara los rezagos de la bebida. El agua caliente lo reconfortó y quitó de sus hombros los últimos pesares del día. Se secó y, con la toalla alrededor de la cintura, se preparó para lavarse los dientes antes de acostarse. Limpió el vapor que se había condensado en el vidrio y, cuando vio el reflejo, dejó caer el cepillo cargado de dentífrico. Del otro lado del espejo una silueta de humo y ceniza, con enormes ojos verdes centellantes, lo miraba. Su voz le llegó como el eco de una tormenta a punto de estallar.

Diste vida a mi obra. Eres el demiurgo de tu propia destrucción.

Gentileza:

 Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

ravagnani.lucio@gmail.com

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail