San Rafael, Mendoza miércoles 03 de marzo de 2021

 Atalaya a la plaza – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Los cafés, sobre todo en tardes de lluvia que cae continua y fresca, son portales al enigmático universo de nuestra propia interioridad. El ritual que se lleva a cabo desde el momento en que uno se sienta a la mesa elegida y hace su pedido, conecta una serie de cables dentro de nuestro ser que permiten escudriñar en los rincones vedados a la cotidianeidad de la existencia. Lo interesante de esta liturgia no son los pasos para llevarla a cabo, sino las infinitas variables que puede arrojar cuando uno va por el segundo o tercer sorbo. Al igual que no nos bañamos dos veces en el mismo río, tampoco tomamos dos veces el mismo café. En ese girar de la ‘ruota della fortuna’, nos situamos en un ángulo que crece o decrece guiado por fuerzas que consideramos ajenas y que nombramos de diferente manera. Pero en la realidad vemos el mismo valle, transformado por aquellas acciones que creíamos insignificantes y que, usualmente, solemos olvidar.

 Todas las tardes el mismo hombre se sienta a tomar café en la vereda de un bar frente a la plaza. Se acomoda, prende un cigarrillo y coloca un brazo sobre el respaldar del banco mientras mira a la gente pasar. Divisa un grupo de niños jugando al fútbol y recuerda su sueño de ser deportista. Rememora el instante cuando, lleno de dulce alegría, corrió a contarle a su madre sobre aquel jugador que había salido de la villa y que ahora vivía como un rey por haber aprendido a patear la pelota. Con las rodillas raspadas, le dijo que quería ser como él y alcanzar los mismos sueños. Su madre, trabajadora incansable que acarreaba el peso de la casa y su hijo sobre los hombros cansados, lo inscribió en una escuelita y lo llevó a entrenar. Pero al poco tiempo, él se dio cuenta de que le costaba coordinar las piernas y se ahogaba en cada pique. Se convenció de que ese no era su destino y abandonó la actividad. Su madre lo trajo desde la canchita una última vez mientras pensaba si en la despensa aún quedaba jabón para sacar las manchas de pasto.

Más lejos, cerca de unos pinos de ramas altas y frondosas, una pareja de jóvenes paseaba de la mano y reían. Ella le susurraba algo al oído y él, que miraba hacia el piso, levantaba la vista y sonreía. El hombre del banco dio otra pitada al cigarrillo y recordó a su esposa. Evocar su matrimonio no fue una tarea difícil. Estaba seguro que los tres meses que había durado, habían sido felices. Siendo más honesto consigo mismo, admitió que quizás eso no fuera del todo cierto. Con alguna certeza el primer mes tenia recuerdos alegres, pero los otros dos eran un remolino de indignación y decepciones. La manzana que su mujer mordía durante la luna de miel sonaba fresca, dulce y crocante. Rebosaba con la alegría de lo novedoso, lo deseado, lo estipulado. Pero esa misma manzana ya no crujía en la boca los meses siguientes. Entonces raspaba el aire con un sonido de arenilla que lo irritaba y lo llenaba de asco. Ambas frutas habían salido del mismo árbol. La segunda, sin embargo, se había infestado con la larva del egoísmo y la falta de empatía hasta pudrirse. Cuando su esposa se fue de la casa y partió en un buque hacia el Puerto de los BuenosAyres, la cesta de manzanas seguía sobre la mesa. Todas rojas y brillantes esperando ser comidas. Ninguna volvió a ser crujiente, dulce y fresca.  Por lo menos no en su boca.

Entre el humo de otra calada observó a una muchacha que dibujaba a la orilla de la fuente apagada. No llegaba a ver qué era lo que el lápiz trazaba, solo podía ver el compás que unía al grafito con la goma de borrar. Cuando uno iba, la otra volvía. Danzaban guiados por la mano de la artista que dirigía la coreografía a la perfección. Cada tanto, la goma tomaba la delantera y deshacía con vehemencia lo que hasta entonces había creado el lápiz. El trabajo parecía agotador y desgastante. Romper lo existente para una vez más volver a levantarlo desde los cimientos. Sin embargo, la joven sonreía y sus ojos se mantenían fijos en el dibujo sobre el papel. Cuando el humo de esa pitada terminó por desvanecerse, pensó en aquella novela que había dejado en el cajón de su escritorio. La había empezado hacia quince años y durante ese tiempo logró redactar solo una cuarta parte. Poco y nada corregida, había decidido dejarla reposar y buscar la inspiración que le permitiera continuar. Revisó cada bar y fondo de botella, se adentró en cada tugurio de mala muerte que pudo y consumió variadas y coloridas sustancias en pos de someter a la musa a su voluntad. Fallando en su búsqueda, abandonó su misión y permitió que aquel espacio vacío permaneciera como tal. Mientras tanto, sentado al escritorio, el numen anhelado resoplaba aburrido y condenado al ostracismo.

Es que, al parecer, las instrucciones no habían sido claras. Cuando le dijeron que los sueños se cumplían, él omitió el rol que le tocaba asumir para que así fuera. Cuarenta y siete años se sentó a esperar viendo la vida pasar mientras él se quedaba atrás. Se había convertido en vigía de su propio infortunio; un coleccionista de escusas que echaba los escasos esfuerzos bajo la alfombra de la frustración no superada. Parado al borde del canal, no logró dar el paso entre los dichos y los hechos. La constancia había sido sepultada bajo un alud de auto interpretaciones desacertadas que nublaban el panorama de fondo. Los estudios vacíos le proveyeron un lente con la cual observar un universo que, en su basto infinito, nada esperaba de él. Confiado en su brújula personal, nunca se alejó de su estancia alambrada para perseguir al garañón que había escapado por la noche mientras las pantallas opacaban las estrellas.

Ahí estaba ahora. En un túnel oscuro y vacío que apenas iluminaba la braza de un cigarrillo a punto de terminarse.

 

Gentileza: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete – ravagnani.lucio@gmail.com

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