San Rafael, Mendoza lunes 18 de enero de 2021

Recuerdo caducado – Por:. Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

La melancolía es un pasado edulcorado. El deseo de regresar a aquello ya acontecido nos llega con la idea de que ese recuerdo es mejor de lo que en verdad fue. Lo sucedido durante el año 2020 es la prueba irrefutable de que no todo tiempo pasado fue mejor. A esta idea le sumamos la noción constante de un futuro incierto. Quedamos anonadados en un presente que se evapora antes de que podamos tomar conciencia del momento. Esto es pasado. En el instante en que leyó estas líneas las anteriores pertenecen al pretérito. Cuando nos damos cuenta, el futuro es hoy.

Habían vuelto.

Nadie podía verlos todavía pero allí estaban, sumidos en las sombras del día que antecede al infortunio. Podíamos oírlos susurrar, gesticulando en la oscuridad mientras sus manos trazaban las líneas de nuestro futuro encierro. Sus pisadas silenciosas avanzaban de a poco, tanteando un terreno que ya conocían pero que por algún motivo habían olvidado. Mientras tanto, de este lado, nadie emitía ni un sonido. Cada tanto unos dientes castañeteaban y eran rápidamente silenciados por una mano que cubría la boca. Entonces retornaba el silencio violentado por los gestos y los susurros que surcaban el aire viciado de rabia.

Eso sí, esta vez nadie lloraba. Los ojos se habían secado el año anterior, cuando aparecieron por primera vez y las distancias fueron infinitas. Cuando un llamado se perdía en el constante hilo de otros llamados colmados de llantos y lluvia. Tanta fue la pena, tal el dolor de lo súbito que algunos dicen que hasta el invierno fue más triste. El frío quemaba y abría la llaga de un otoño extraviado entre documentos, firmas, burocracia y órdenes. Tanto lloramos que algunos se ahogaron. Se arremolinaron en la vorágine de un falso estancamiento donde la vida nos pasaba de largo.

La primera vez nos paralizó el terror. Todo lo desconocido dejó de parecer atractivo para volverse la fuente de nuestros temores más profundos. Intentábamos encontrar sosiego en las palabras de nuestro clan, pero a las voces conocidas se le sumaban las de los extraños infiltrados entre nosotros. Al tiempo, las palabras familiares se volvieron opacas y las miradas, grises. Atizamos mutuamente un fuego interno que nos calcinaba las entrañas e impedía respirar. Cuando ya no podíamos más, nos cubríamos los rostros de la vergüenza y, arrepentidos, buscábamos la expiación en los viejos rituales. Pero para aquel entonces todo había cambiado.

La captura inicial nos alcanzó como el rayo. Un destello fugaz nos encegueció durante los primeros segundos y para cuando abrimos los ojos las barreras habían bajado. Las respetamos. Más allá de los bloqueos se paseaban los etéreos. Los rechazamos aún más que a los carceleros porque eran la evidencia viviente de nuestro castigo. En pequeñas incursiones nocturnas les marcaron las puertas, advirtiendo sobre su presencia y su peligro. Los evitaban y los señalaban a pesar de que en un tiempo pasado habían sido hermanos y hermanas. Era el destello que, aunque jurásemos lo contrario, todavía nos cegaba.

Interconexión fue el paso siguiente. No podíamos pasar las horas conociendo nuestro nuevo hábitat, debíamos funcionar. Los rotos, los quebrados en cuerpo y espíritu se sumaron a los etéreos a pesar de no compartir sus características. A esos también los lloramos porque nuestras manos corpóreas no alcanzaban a asirlos. Los oíamos quejarse por las noches, cuando la luna brillaba con fuerza y dejaba ver los restos del desastre diurno. Sabíamos que bajo aquel manto blanco solo encontraríamos más de lo mismo, así que evitamos mirar. Observamos las ventanas de estática, escapando del entorno entre los indistinguibles barrotes de lo binario.

A la primera luz de un día, descubrimos las barreras levantadas y los campos liberados. Contrario a lo que creíamos, salimos con cautela. Pisábamos despacio por miedo a trizarnos. Buscamos a los perdidos, a los silenciados y a los despojados. Escudriñamos por los etéreos y descubrimos que volvían a su forma original. Lanzamos un grito de alegría que tronó en el cielo y nos arrojamos a los brazos extendidos que removieron las escamas de lo pasado. Volvimos a estar completos. Celebramos un enorme banquete y sentimos la risa que creíamos por siempre olvidada. Nos vimos y supimos nuevamente quienes éramos.

En el fragor del encuentro nos dejamos llevar. Mientras nos fundíamos en el jolgorio del aire puro descuidamos nuevamente las fronteras. Relajamos la mirada y aflojamos las ataduras sin creer que errábamos. Teníamos que descubrir si los nuestros seguían siendo los mismos y a esa labor nos dedicamos día y noche. Liberamos los ríos, reconstruimos lo derruido y edificamos sobre lo caído. Los tambores bloquearon los gritos del vigía que desde la atalaya gritaba a todo pulmón. Nos derretimos con el sol con tal de sentir la piel viva de nuevo y nada oímos. Lo anterior ya había terminado.

Pero no fue así. Ahora habían regresado y nos buscaban. Su aliento caliente se mimetizaba con la brisa de la noche oscura. Echamos culpas y volvimos a enfrentarnos entre nosotros, mientras que afuera seguían llegando. Lo que en aquel momento primero fue temor, ahora era furia. Una ira que enmascaraba el miedo de volver al llanto y a la distancia insalvable. No osamos refugiarnos por temor a las barreras y perjuramos cargados de cólera que no dejaríamos que el rayo cayera de nuevo. Pero al mirar sobre el hombro, vimos nuevamente entre nosotros a los etéreos. Estaban ahí.

Habían vuelto.

 

Gentileza: 

 Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

EMAIL: ravagnani.lucio@gmail.com

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