San Rafael, Mendoza viernes 26 de febrero de 2021

La lombriz – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Las fobias son algo fascinante. Aunque la gran mayoría suele estar vinculada a algún evento traumático, otras guardan su origen en los rincones más oscuros de nuestra mente. Mi demonio personal se llama “talasofobia”, el gran temor a las aguas profundas y lo que pueda estar acechando allí. Nací en una isla y vivo en un oasis, pero los años de desierto no sofocaron ese temor. Es que, de vez en cuando, nuestra voz interior pretense hacernos llegar un mensaje. En el imaginario yace un peligro inexplicable. Aunque es probable que, algún día impensado, ese fantasma llegue a materializarse.

Sé que lo primero que harán será juzgarme. Me tratarán de loco, de desequilibrado, mientras elaboran una serie de variadas y coloridas teorías sobre supuestos errores en mi cerebro. Lo cierto es que la gente que asegura tener conciencia plena de lo que sucede a su alrededor, a menudo termina concibiendo una porción extremadamente limitada tanto del mundo como de ellos mismos. Lo que aquí dejo plasmado tiene que ver con esa parte alienada de la realidad. Ese enorme vacío, oscuro y lúgubre, al que ignoramos haciendo un gran esfuerzo. Aquello que va más allá de nuestra rutina y nuestra comprensión porque tememos que, una vez adentrados en ese sendero del bosque, ya no haya un rastro de pan para encontrar el camino de regreso. Bajo absoluta noción de que mis palabras me condenarán a ser considerado un demente, asumo la responsabilidad que me toca. Porque, aunque no pudiendo escapar a la condena social, me niego rotundamente a ser tachado también de traidor y cobarde. Que estas palabras sean el aviso de quien ya no puede remediar nada. Sean así advertencia donde antes solo había sombras e ignorancia.

Dos semanas atrás mi vida transcurría impávida como la de tantos otros. Tenía mis obligaciones y el horario impuesto para cumplirlas, haciendo que el tiempo relativo corriera en quinta marcha. Trabajaba como cualquier otro. Comía como cualquier otro. Disfrutaba de los pequeños placeres terrenales como cualquier otro e incluso, una que otra vez, hasta tenía tiempo de mirar las estrellas. Así transcurrían los días y la vida pasaba como diapositivas intercambiables en una presentación automatizada. Últimamente he reflexionado sobre esto y llegado a una conclusión. Quizás si hubiera dedicado más tiempo a las estrellas hubiera podido escapar indiferente al peligro que acechaba.

En la tarde del jueves disponía todo para un baño habitual. Giré la canilla un cuarto de vuelta hacía la izquierda y dejé correr el agua para que tomara la temperatura indicada. Me desvestí en el cuarto, arrojando la ropa sucia contra un rincón y prometiendo recogerla una vez que me hubiera acicalado. El baño había comenzado a llenarse de un ligero vapor que se metía por mi nariz y mis poros. Entré a la ducha y dejé que el agua resbalara primero por mi cabeza y luego por el resto de mi cuerpo. Cerré los ojos, potenciando el placer que me generaba saber que toda la mugre de la jornada resbalaba y se perdía por el pequeño orificio del desagüe. Estaba yo ahí, aspirando el perfume dulce del shampoo, cuando otro olor me llegó de golpe. Era extraño, apenas perceptible en un principio, pero luego más y más fuerte hasta ser lo único que se olía. Un hedor diferente a cualquier otro y definitivamente diferente al que cualquier persona puede llegar a captar en un lugar así. Abrí los ojos y comencé a buscar detenidamente la fuente de aquel vaho con el olfato y la vista. A punto estaba de darme por vencido y continuar mi búsqueda fuera de allí, cuando la vi. Pequeña, casi completamente camuflada en la esquina oscura de los azulejos, una lombriz se deslizaba con cautela.

Me sentí invadido por una repugnancia como ninguna otra. La misma agua que caía sobre mi cuerpo desnudo también mojaba a aquel ser viscoso y amarronado. Un súbito terror me hizo sacudirme en un violento escalofrío. Podía ver los anillos de su cuerpo blando contraerse y expandirse en una lenta pero perpetua marcha hacia mí. Me buscaba con su rostro invisible, anhelando poder tocar mi piel con su figura pringosa. Durante un brevísimo instante la parálisis que me aprisionaba cedió y hui. Me alejé entre tropiezos hasta mi recámara y cerré la puerta. Podía oír cómo el agua seguía corriendo e incluso puedo jurar que oía el lento deslizar de la lombriz contra los azulejos.

No sé cuánto tiempo había transcurrido hasta que logré salir. Despacio, mirando hacia todos lados como si aquel sitio no fuera mi hogar, me aventuré hacia el baño. Abrí la puerta de a poco, pispiando por la apertura en busca del peligro. Allí solo había humedad y aquel leve olor. No había ningún rastro de la intrusa.

Las siguientes noches padecí el insomnio de los ansiosos. Cuando lograba conciliar el sueño, las pesadillas que me asaltaban eran tan cruentas que despertaba agitado en un mar de sudor. Con el paso de los días mis fuerzas me fueron abandonando. Levantarme de la cama significaba un esfuerzo enorme y el sueño me sorprendía durante el trabajo o la comida. Era un estado de narcolepsia fomentada por la paranoia. Pero yo sabía que aquello me escudriñaba desde las sombras.

Dos noches atrás, cuando mi mente se disolvía en otro mal sueño, la sentí. Al principio pensé que se trataba de mi psiquis agotada, pero al cabo de unos segundos estuve seguro de que aquello realmente estaba sucediendo. Un cuerpo minúsculo y gelatinoso se colaba entre la uña y la carne del hallux de mi pie. Enredado en las sábanas, no lograba zafarme para impedir su avance. Cuando logré soltarme, ya era muy tarde. La lombriz se había colado dentro de mí como un enorme parásito dispuesto a destruirme desde adentro. Pasé todas las horas que le restaban a la noche, y también las del día que siguieron, probando diferentes métodos para deshacerme del insidioso ser. No podía ir al hospital. Me tildarían de demente, de neurótico, de desquiciado. No, no podía arriesgarme a que me encerraran y dejar mi hogar a merced de las lombrices. Tenía que hacer algo yo mismo.

Agotado, con la esperanza destruida, encerrado y enloquecido por ese andar ondulante bajo mi piel, me lancé a la cocina. Busqué el enorme cuchillo con mango de asta y, mordiendo un repasador, comencé a cortar. Me arranqué el dedo, entrada de la lombriz a mi cuerpo, y cuando no la encontré seguí cortando. Piel, carne y hueso saltaban a cada golpe del cuchillo y las lágrimas caían mezclándose con la sangre. No la encontré en mi pie, ni a la altura de mi fémur. Corté hasta llegar al muslo, pero tampoco pude dar con la alimaña. Ahora, desangrándome en el suelo de la cocina, confirmo mi teoría más horripilante. La lombriz ha llegado a mi cerebro y me ha obligado a mutilarme.

No sé por qué permite que escriba estas últimas líneas. Quizás porque sabe que, aunque alguien las encuentre, posiblemente no las crean. Pero yo me encargué de develar la verdad.

No soy un loco.

No soy un loco.

No soy u…

Gentileza:

 Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

 ravagnani.lucio@gmail.com

 

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