San Rafael, Mendoza sábado 27 de febrero de 2021

Fuego en el norte – Por:.Beatriz Genchi

El Capitolio en llamas. La Casa Blanca en llamas. La ciudad, desolada. El presidente de Estados Unidos y su esposa, a la fuga, y el enemigo bajo control.

Es un panorama impensable para Washington en la actualidad, pero precisamente así lucía la joven capital de Estados Unidos hace más de 200 años, cuando un grupo de soldados británicos se dispuso a darle una lección que marcaría su historia. Cuando ya caía la noche del 24 de agosto y cedía el calor veraniego, cientos de soldados marcharon hacia la ciudad y, uno tras otro, dejaron sus edificios públicos más emblemáticos «envueltos en una serpenteante capa de fuego», como lo describió el autor Stephen Vogel en su libro sobre el tema.

La quema de Washington, como ha pasado a conocerse ese día, fue un golpe humillante para un país que precisamente se había independizado de los británicos hacía casi cuatro décadas.

«El incendio del Capitolio y la Casa del presidente -como se le decía a la Casa Blanca en ese entonces- realmente conmocionó a los estadounidenses de manera similar a los eventos en Pearl Harbour, cuando fue atacado el país, y después del 11 de septiembre», decía la BBC Mundo.

Pero la quema también fue un evento del que Estados Unidos se recuperó: apenas tres semanas después, sus soldados defendieron el fuerte McHenry en la vecina Baltimore, una batalla que sirvió de inspiración para que Francis Scott Key compusiera un poema en que se basó el himno actual de Estados Unidos. Y hubo años que se conmemoro la toma de Washington, con una serie de eventos que incluyen reconstrucciones y recorridos históricos.

La Casa del Presidente – como se conocía a la Casa Blanca- fue afectada seriamente. El incendio de ella y el Capitolio fue uno de los episodios más significativos y dramáticos de un conflicto de 32 meses entre Estados Unidos y el Reino Unido que comenzó en 1812 con la declaratoria de guerra firmada por el presidente James Madison.

Estados Unidos tenía la sensación, que los británicos estaban pisoteando la joven soberanía del país, al restringir por ejemplo el comercio con Europa u obligar a marineros estadounidenses a que trabajaran en navíos de la flota real. Había un sentimiento entre el presidente James Madison y sus seguidores de que el país había obtenido su libertad en la generación anterior, pero realmente no había obtenido su independencia. En esos años, el Reino Unido estaba inmerso en una intensa guerra con el imperio francés de Napoleón y, si bien no tenía mayor interés en una guerra adicional con Estados Unidos, tampoco estaba dispuesto a dejarse vencer por su excolonia. Sin embargo, sólo tomaría un rol mucho más ofensivo en 1814, después de que Napoleón se exilió en la isla mediterránea de Elba, y su principal golpe a Estados Unidos ocurrió precisamente en la capital.

«Los británicos invadieron Washington con un objetivo primordial», dice Bill Bushong, historiador de la Asociación Histórica de la Casa Blanca. «Ese objetivo era moralizar a los estadounidenses, ponerlos simbólicamente de rodillas quemando sus edificios públicos». Cuando los soldados llegaron a la Casa Blanca en las últimas horas de ese 24 de agosto, no encontraron combatientes desafiantes sino un banquete servido. Dolley Madison, la esposa del presidente, lo había dejado listo a la tarde, como hacía todos los días para su esposo, pero ante la cercanía de los soldados se había visto forzada a escapar como también lo había hecho el mandatario. Dolley salió de la mansión presidencial, pero antes decidió llevarse un retrato de George Washington, el primer presidente del país, para salvarlo de las llamas. Fue una acción que todavía hoy está cargada de simbolismo: el cuadro es la obra de arte más antigua expuesta en la Casa Blanca.

Poco después de la fuga de Dolley Madison, los británicos encontraron la casa vacía, satisficieron su apetito, bebieron Madeira, recorrieron sus habitaciones y finalmente les prendieron fuego. «Nunca olvidaré la majestuosidad destructora de las llamas a medida que las antorchas iluminaban las camas, las cortinas, etc», escribió el mayor Harry Smith, uno de los soldados, según consta en el libro de Vogel.

«Aunque la ciudad de Washington tenía poco menos de una década como capital, el simbolismo de perder esas estructuras golpeó muy fuerte al país», dice Vogel. Pero Estados Unidos no se iba a dar por vencido. De hecho, el golpe sobre su capital hizo que tomara nuevos bríos para combatir a los británicos.

Pero el conflicto finalizó políticamente, con la firma del Tratado de Gante, en diciembre de 1814, que restauró las relaciones entre los dos países a como estaban antes de la guerra.

Washington se recuperó poco a poco y pudo mantenerse como capital del país a pesar de que algunos consideraban que estaba demasiado expuesta. La Casa Blanca fue reconstruida, aunque en vez de piedra se usó madera en algunas partes, lo que debilitó la estructura con el tiempo y obligó a nuevas obras a mediados del siglo XX.

Y el incendio, con su evidente simbolismo, terminó convertido en un recuerdo de cuando las relaciones entre Estados Unidos y Reino Unido no eran cordiales como ahora.

En una visita del primer ministro británico David Cameron a la Casa Blanca en 2012, el presidente Barack Obama bromeó cómo los soldados «dejaron una impresión» y «realmente iluminaron el lugar» en 1814. Cameron le respondió diciendo que estaba un poco avergonzado por lo que hicieron sus ancestros. Pero inmediatamente agregó: «Puedo ver que hoy tienen el lugar un poco mejor defendido».

Gentileza:

Beatriz Genchi- beagenchi@hotmail.com

Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.
Puerto Madryn – Chubut.

 

 

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