San Rafael, Mendoza martes 19 de enero de 2021

El Premio – Por:. Lucio Ravagnani Navarrete

Hace ya varios años existía un anhelo diferente a todos al momento de consumir cierta comida empaquetada. Los paquetes de frituras traían “tazos” (algunos, incluso, llamados ‘ganadores’), los helados y las gaseosas los famosos “vale otro” y las cajas de cereales todo tipo de muñecos, figurillas o adornos de plástico. Si se le pregunta a alguien qué vivió durante ese tiempo qué se sentía encontrar un premio dentro de aquellos envoltorios, seguramente le dirá que la sensación es difícil de describir de forma certera. Sin embargo, notará que los ojos se agrandan y se llenan de una luz alimentada por la nostalgia. Era una sensación de victoria; de conquista sobre la suerte y la Diosa Fortuna que nos apresuraba a quitar las migajas y gozar de nuestro premio. Ese día todo sería festejo, goce y esperar a ver a los afectos para enseñarles nuestra más reciente adquisición. Nada podía tirar abajo nuestro ánimo porque, en una limitada apreciación, triunfábamos sobre las corporaciones. Por lo menos eso creíamos.

“SOLO 5 CUPONES GANADORES” decía la esquina inferior derecha de una caja de cereales confitados. Ese había sido su alimento para las tres comidas del día desde hacía ya dos semanas. El negocio no estaba funcionando muy bien y había que recortar gastos. La comida había sido uno de ellos. La cerveza nunca fue una opción. <<Después de todo>> pensaba mientras se llevaba otra cucharada llena a la boca <<estos pequeños granos azucarados no son tan mala elección. >> Sabía que eso era una mentira, pero era necesario engañar al estómago y la mente, por lo menos otro par de semanas. Solamente hasta que volviera a fluir el dinero.

Se escuchó un clack cuando aquello golpeó sobre el bowl de cerámica. Lo agarró entre los dedos y le quitó con un soplido los residuos de migajas. Lo que sostenía ahora en la palma de su mano estaba cubierto por una especie de funda plástica, lo cual hacía muy dificultosa la tarea de leer su contenido. Finalmente, optó por cortar el protector plástico y retiró lo que había dentro. Un pedazo de papel duro, de color blanco, tenía escrito con cuidadosa letra negra: “¡FELICITACIONES! ES USTED UNO DE LOS GANADORES” <<Una buena, finalmente>> dijo mientras sonreía para sí mismo.

La estadía por una semana en el hotel Laraute de cinco estrellas, con gastos pagos y acceso al spa, era un premio un tanto inusual para una marca de cereales. Sin embargo, la situación en la que se encontraba no permitía agitar su masa encefálica para descubrir el por qué de la cuestión. Sin amigos que visitar, familia que cuidar o trabajo al que acudir, decidió usar su premio inmediatamente. Juntó las cinco prendas que conformaban todo su guardarropa y tomó el primer colectivo a la Zona Alta. Era un viaje de cuatro horas. Debió haber llevado un libro.

Para cuando llegó al lugar, la tarde empezaba a caer y el arreglo de luces en la fachada comenzó a encenderse. Sin lugar a duda, el viejo hotel de finales del siglo XIX era una joya que perduraba en la cúspide de aquella ciudad decadente. Arrastró su pequeña valija hasta el mostrador central y, haciendo sonar una pequeña campanilla, esperó mientras contemplaba los interiores. El techo presentaba una pintura gigante que lo cubría en su totalidad. Parecía la representación de una de aquellas batallas medievales, donde las puntas de las lanzas y espadas se transforman en un mar de hierro hiriente. Indudablemente el artista había puesto mucho tiempo en cada uno de los detalles. No obstante la hermosura del arte, la exquisitez del estilo en los muebles y la música de jazz que inundaba el ambiente, resultaba sorprendente la escasez de gente en aquel lugar. La temporada había empezado no muchos días atrás y pensó que un hotel como el Laurate se encontraría atestado de turistas.

Estaba por volverse para el lado del mostrador cuando divisó, sentada en un amplio sillón de terciopelo púrpura frente a la chimenea, a una solitaria mujer. Su rostro se encontraba a poca distancia de un libro que sostenía entre sus manos y el color rojo de sus labios parecía brillar con el calor del fuego. Lucía un vestido negro muy formal, como aquellos que se usan en las galas, y zapatos de taco alto y fino. Sin duda, la vestimenta parecía un tanto exagerada para estar solamente leyendo al calor de las llamas. Pensó que, tal vez, estaría esperando a alguien para ir al casino o quizás a la ópera. En un momento le pareció que ella lo miraba por el rabillo del ojo, pero esto podría bien haber sido solo una sensación.

-Buenas noches, señor. Bienvenido al Hotel Laurate. Dígame ¿en qué puedo ayudarlo? -La voz del empleado lo sacó del ensueño.

Luego de buscar en su mochila el cupón ganador y de realizar el protocolo de estadía, decidió que sería bueno recostarse en aquella cama, digna de un rey, que lo esperaba. Por qué no también pedir servicio a la habitación. Era uno de esos lujos que no se había podido dar nunca y de ninguna manera lo dejaría pasar. Subió hasta el piso catorce, habitación 513 y se dejó llevar por la ilusión de poderío que aquel lugar brindaba. Luego de la cena en la cama y solo quince minutos de televisión satelital, un sueño feroz lo transportó fuera de la realidad.

Despertó al otro día gracias al empleado que, haciendo uso del teléfono, le recordó que le quedaba tan solo veinte minutos si quería tomar el desayuno. Agradeció la llamada con una cortesía muy poco natural y se vistió para bajar al comedor. Una vez allí, volvió a sorprenderse de la soledad que reinaba en el lugar. Quizás la gente que acostumbraba a hospedarse en sitios como ese también acostumbraba a iniciar sus actividades bien temprano. Se acercó a la mesa donde se encontraban las jarras con café recién hecho y, entonces, la vio otra vez.

Ya no llevaba puesta la lujosa prenda de vestir, ni los zapatos de taco alto. El conjunto de ahora consistía en una camisa inmaculadamente blanca, con los primeros tres botones desprendidos, un pantalón azul oscuro que bien podría haber pasado por uno de color negro, zapatos sin taco o plataforma y un pequeño moño color pastel en el lado izquierdo de su cabeza. El pelo, de color oscuro como el café en su taza, caía libremente por sus hombros en forma de pequeñas ondas. Tomó su pocillo y su tazón de cereales (algunas cosas nunca cambian) y se sentó a dos mesas de distancia de la de ella.

No habían pasado cinco minutos cuando aquella mujer de etiqueta se sentó a la mesa frente a él. Sus ojos eran la noche misma.

-Lo vi llegar anoche- dijo mientras lo miraba fijamente. –Mi acompañante faltó a nuestro encuentro y me disponía a invitarle una copa, pero usted ya se había ido.- La naturaleza de aquella conversación lo había dejado sorprendido.

-Sin duda hubiera aceptado su invitación.- Le respondió él mientras mezclaba los cereales con la leche. Siguió un silencio incómodo que pareció durar una eternidad. –Dígame, señorita…

-Tulouse.- Respondió ella con un ligero acento francés. –Emanuele Toulouse.

-Señorita Toulouse, dígame ¿Qué la trae a usted a tan magnífico lugar?

-Bueno, si usted pregunta… Estoy aquí por un viaje de negocios. Mi compañía se dedica a la venta de trigo y somos quienes le proveemos a este lugar el cereal que usted come en este momento.

E sim ugar a udas um poducto de pimeísima alidad. –Su respuesta fue casi inentendible al encontrarse masticando en el momento. Tragó y así pudo continuar. –Disculpe. Sin dudas, excelente. Parece que han retirado la azucarera de mi mesa. Iré a pedir una a la cocina.

-No se moleste. –Dijo la bella mujer mientras metía la mano dentro de su cartera. –Una siempre puede contar con algo para endulzar en la cartera. –Y le extendió un pequeño tubo de papel color negro con puntas blancas. –Azúcar de Cuba. No hay mejor en el mercado.

-Muchas gracias. Ha sido usted muy atenta. –Dijo mientras volcaba el contenido del sobre en su taza de café y revolvía en círculos. Dio el primer sorbo.

– ¡Ah! ¡Este café está hirviendo! Pero sí que sabe bien con azúcar. –Dijo con una sonrisa muy poco cautivante.

-Ya ve, yo solo manejo lo mejor de lo mejor. –Al decir esto se puso de pié. Su pelo ondulante  danzó levemente. Se le acercó y le susurró al oído. –Yo me apuraría a comer ese cereal si fuera usted. No creo que le quede mucho tiempo.

La sangre se le heló en las venas. La vio irse, contoneando las caderas, al mismo tiempo que su garganta comenzaba a cerrarse.

Gentileza:

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete –  ravagnani.lucio@gmail.com

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