San Rafael, Mendoza domingo 17 de enero de 2021

Paradero de medias prófugas -Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Este año ha sido por demás inusual. Las certezas que tuvimos durante toda nuestra vida se vieron desmoronadas ante lo imprevisible y lo inevitable. La palabra misterio sumó una carga extra porque ahora estábamos sumidos en uno peligroso y deprimente. En la búsqueda de certidumbre nos adentramos a explorar lo ya conocido para asirnos al rígido mástil de una embarcación abatida por la tormenta. Empatizamos con aquellos que de un modo u otro compartían con nosotros elementos cotidianos que nos mantenían cuerdos. Ante el aturdimiento de lo inesperado seguimos unidos por otros hechos perpetuos con los que podríamos hacer causa común con cualquier otra persona. A este año descabellado lo cierra un relato de igual condición. Tal vez entre estas líneas usted logre dilucidar alguna señal de sensatez. Aunque, considerándolo todo, quizás solo sea otro rostro del 2020.

Cuando terminó de ponerse la media derecha se quedó mirando sus pies por unos momentos. En la penumbra previa al alba, con la luz artificial del velador iluminando su modesta habitación, el par incompleto que cubría sus pies parecía una segunda piel descolorida. Trató de convencerse de que nadie lo notaría, de que sus zapatos y el largo del pantalón ayudarían a ocultar la disparidad. Sabía que esto era un autoengaño. Llegaría a la oficina sintiendo la incomodidad de llevar una media de cada color en sus pies como una pequeña piedra dentro del zapato. Antes de incorporarse para buscar su calzado, echó un vistazo al cajón de la ropa interior. Así, colgando de la cajonera como una lengua rectangular de madera oscura, parecía haber vomitado prendas en una frenética descompostura del desorden. Suspiró, buscó sus zapatos y terminó de arreglarse para otro rutinario día de trabajo. Antes de salir de su departamento en el quinto piso miró una vez más hacia adentro, esperanzado de encontrar aunque sea una de las piezas faltantes. Cerró con llave y se alejó resignado mientras la mañana adquiría el tono gris de la alborada.

La jornada transcurrió como tantas otras. Nadie había notado lo incompleto de su vestimenta y estuvo agradecido por las pantallas de los celulares cada vez más grandes. Pero ante la indiferencia de sus compañeros y colegas, sentía en carne propia cómo ese mínimo desajuste lo carcomía de a poco. En el trayecto de regreso al hogar su mirada captó casi por accidente su reflejo en una vidriera. Inmediatamente se detuvo, llamado por algo más allá del grueso vidrio que permitía un atisbo de lo que había del otro lado. Vio un maniquí alto, de rostro incierto y completamente vestido a excepción del calzado. Los pies plásticos de aquella figura estaban revestidos de un par perfecto de medias de vestir. Contempló ese detalle con exquisita sensación de plenitud. Por unos segundos pudo sentir que las piezas encajaban de forma natural y no a la fuerza, obligando a la mente a aceptar la locura de lo dispar. Ese fue el empujón final. En algún escondido rincón de su lavarropa debían estar las medias faltantes.

Llegó y, quitándose el saco pero no la corbata, se arrodilló frente a la máquina que había hecho desaparecer parte de su tan preciada vestimenta. La miró como nunca antes. De repente aquel aparato había adquirido una condición de vital importancia en su vida que hasta el momento nada ni nadie había logrado. Buscó con mirada inquisidora en cada espacio del tambor donde infinidad de veces cargó su ropa sucia. Los pequeños agujeros que componían la pieza se sentían como una multitud de ojos alienígenos que le devolvían la mirada. “Nunca sabrás nuestro secreto” parecían decir esas cuencas vacías. Aquel pensamiento lo llenó de odio. Estuvo a punto de agarrar un pequeño martillo de su caja de herramientas para destrozar la máquina que lo desafiaba constantemente, cuando una luz de inspiración cayó sobre él. Tenía que verlo. Tenía que descubrir el momento justo donde el lavarropas destruía o perdía una de sus medias y poner fin a aquella maldición cotidiana.

Tomó su canasto de ropa sucia y llenó rápidamente el tambor de metal con su contenido. Con un cuidado casi quirúrgico, colocó un par de soquetes de similar color entre las otras prendas y esperó que el truco lograra burlar al aparato. Estuvo a punto de apretar el botón de inicio cuando se percató de un detalle fundamental. ¿Y si acaso los pasos a seguir fueran los mismos que los de un ritual? ¿No debería colocar también detergente para ropa para recrear las condiciones normales del proceso? No podía tomar riesgos. Llenó el compartimiento de líquido para lavados e comenzó el ciclo. Ansioso, con sonido de engranajes girando de fondo, observó.

Nada fuera de lo normal aconteció los primeros minutos. El agua para el lavado cubrió la abertura transparente y la espuma se formó igual que siempre sobre la superficie. Los giros y contragiros siguieron su danza eterna como siempre lo habían hecho, aún ante ese espectador agitado. Todo transcurría con absoluta naturalidad. Sin embargo, cuando el traqueteo del electrodoméstico activó la parte del enjuague, un pequeño destello azulado se manifestó entre las prendas. Al principio pensó que había sido su imaginación; el palpitante deseo de dar con alguna pista. Pero rápidamente el destello se presentó una vez más, demostrando su real existencia. Abrió la puerta del lavarropas y el agua lo empapó. No podía dejar que escapara de su alcance. Estaba seguro que esa luz diminuta era la clave que había estado esperando. Tan seguro estaba de ello como que cada mañana se levantaba antes del alba. Metió la mano entre las prendas jabonosas y aguardó unos instantes. De golpe un violento cosquilleo se disparó desde la punta de sus dedos hasta su cabeza y de ahí al resto de su cuerpo.

Por un breve momento creyó haberse electrocutado. Los párpados parecían haberse fundido y abrirlos le resultó extremadamente doloroso. “Estoy muerto”, pensó mientras sentía una luz apenas fría sobre su rostro contraído. Cuando finalmente pudo ver, el paisaje era imposible. Enormes montañas irregulares de los colores más variados se elevaban a su alrededor, teñidas de una lánguida luminiscencia grisácea. El colosal panorama se extendía infinitamente, encogiéndolo en un vasto continuo de elevaciones infinitas. Logró incorporarse y descubrió que el terreno era blando, apenas lo suficientemente rígido como para no hacerlo rebotar. Todo estaba compuesto por esas manchas multicolores que cada tanto se agrupaban en borrones más grandes. Apenas comenzaba a dar forma a todo aquel espectáculo, cuando sintió que algo suave había caído sobre su cabeza. Con temor, temblando la mano ligeramente, agarró el objeto desconocido. Cuando abrió su mano, vio que en la palma descansaba una pequeña calceta blanca con corazoncitos rosa. Miró hacia arriba y contempló, a la vez que el último ápice de cordura lo abandonaba por completo, cómo las espumosas nubes soltaban sobre él una lluvia de medias extraviadas.

Gentileza:

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete –  ravagnani.lucio@gmail.com

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