San Rafael, Mendoza viernes 04 de diciembre de 2020

Tradición que nos acerca a nuestros difuntos.

En el “Día de Muertos”, “Día de los Fieles Difuntos” o “Día de Todas las Almas” los jujeños viven un día de profunda tradición y respeto en torno a la mesa de ofrendas. Se recuerda con mucho cariño a los seres queridos que partieron de este mundo. Cuanto más al norte se encuentra el pueblo, más arraigada está esta tradición.

Dicen los lugareños que ese día los difuntos bajan a la tierra a ver a sus seres queridos y por ello los familiares y amigos los reciben con todas las cosas que le gustaban en vida, y se cree que se quedan entre nosotros desde el mediodía del 1 de noviembre hasta el mediodía del día siguiente. Es por ello que en ambos días se realizan diferentes rituales que incluyen preparaciones especiales, misas, visitas a los cementerios con las ofrendas preparadas, y sobre todo los sentimientos de alegría por compartir esas horas con el alma del ser querido.

Días antes empiezan los preparativos amasando y cocinando todo lo que al muerto le gustaba, para homenajearlo con comidas, bebidas, velas, retratos y objetos dedicados a ellos. El día 1 de noviembre se arma una gran mesa en la casa con el mejor mantel y todas las ofrendas. En la mesa no faltan las flores y velas en el centro, un vaso con agua bendita, cítricos partidos por la mitad, una torta blanca con el nombre del difunto (de la que luego se destinara la mejor parte a la Pachamama), panes especialmente elaborados en formas de escaleritas, cruces, llamas, ángeles, etc. (en La Quiaca le llaman “turcos”) , así como también platos con empanadillas de cayotes, rosquetes, capia, pochoclos, chica, locros, picantes, asados, vino, y se coloca una imagen del difunto en la cabecera de la mesa.

El 1 de noviembre a las doce está lista la mesa, se encienden velas y la gente queda a la espera del alma que esa noche llegará. Los vecinos y familia con el transcurrir de la noche entablan conversacione sobre temas relacionados al difunto, prosiguen con cuentos sobre buenos y malos espíritus, la charla se vuelve interminable a fin de que todos se mantengan despiertos hasta el amanecer. Con las primeras horas del día y antes de retirarse, los familiares sirven una reconfortante «lagua», una sopa hecha a base de harina.

El 2 de noviembre, después del almuerzo, los dolientes y amigos concurren al cementerio llevando flores y coronas coloridas para el arreglo de las tumbas. Después de rezar y elevar plegarias, antes del atardecer comparten bebidas típicas como chicha, vino y otras infusiones que tienen alcohol. Fuman y coquean recordando al difunto en anécdotas, hay lágrimas y risas entre los presentes, son instantes que llevan un hondo sentir religioso y profunda convicción de que el ser amado los está escuchando.

Cuando cae la tarde y el sol se esconde por el horizonte vuelven a la casa donde se lleva a cabo el reparto de las ofrendas, mientras comidas y bebidas son enterradas para que el alma lleve su provisión de regreso al cielo. Dicen entonces que nuestros muertos vuelven felices y en paz al más allá porque no fueron olvidados por su seres queridos y amigos…

Gentileza:

Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.

Puerto Madryn – Chubut.

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