San Rafael, Mendoza martes 01 de diciembre de 2020

Muy lejos de Elinham – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Cuando llegué ya estaban casi todos. La luz tenue del lugar complicaba un poco la labor de distinguir cuerpos y formas, pero el apabullante ruido de interacciones revelaba que los presentes eran muchos. Hacía el centro del recinto la imagen ya era más clara. Los diferentes grupos rodeaban los sitios dispuestos con manjares que podían olfatearse desde cualquier punto. Estirando el cuello para tener una mejor visión pude dar con mi espacio asignado. No había terminado de acomodarme cuando reconocí algunas caras que creía olvidadas. Bastó un primer contacto para identificar a aquel grupo y confirmar mi pertenencia.10

Eran los de siempre o por lo menos eso parecía cuando los fui mirando de a uno. El Gordo estaba a mi derecha, tragando casi sin masticar como hacía siempre y apenas logrando un sonido gutural a modo de saludo. Le seguía Laly, hermosa como siempre, que casi no comía y se tocaba la punta de las orejas como queriendo quitarse de encima una molestia invisible. Al lado, picando con timidez, el Bigote; inconfundible gracias a la marca que tenía en la nariz producto de una riña en el callejón de la vuelta. Cerraba el círculo Krysa, también conocida como La Rusa. Había llegado hacía más o menos un mes, escondida de polisón en un buque de carga y corriendo a tierra firme mientras los marineros cargaban los containers. Estaban todos.

A pesar del tamaño del recinto, la música sonaba lejana y ligeramente saturada. Parecía como si a los parlantes les hubieran puesto capas de algodón para amortiguar la potencia de la melodía. Escuchando con atención por encima del cuchicheo, casi podía afirmarse que se trataba de “Mujer Amante” pero no estaba del todo seguro. A pesar de aquello, no cabían dudas que allí había una fiesta. El ambiente se saturaba de aromas, chirridos y risitas que paraban de golpe cuando los invitados se lanzaban, voraces, sobre la comida.

Al primer mordisco me di cuenta de que había valido la pena llegar hasta allá. ¡Qué manjar! ¡Qué finura entre el sabor dulce y picante! Vaya uno a saber qué ingrediente exótico se había convertido como por arte de magia en aquel platillo entre rojizo y anaranjado que a algunos hasta les teñía los dientes. Otra mordida y la extasiante secuencia se repetía paso a paso. No podía parar y, al parecer, tampoco mis compañeros de mesa. En el olvido quedaba el motivo del encuentro mientras mis entrañas vibraban con cada atracón. Era justo el lugar donde debía estar.

Estaba por arrimarme a Laly cuando me di cuenta de que al Gordo le pasaba algo. Sus ojos negros y profundos como el asfalto se abrieron inmensos y, con un salto hacia atrás, comenzó a chillar desaforadamente. Bigote se le acercó y en el envión se dio la nariz herida contra la pata del Gordo que ahora, boca arriba, se retorcía sin dejar de gritar. La ayuda de su parte no llegó nunca porque, casi al instante, él también cayó de costado convulsionando. La barahúnda se desató como una impensada tormenta de verano. El resto de los invitados arañaban el piso y las paredes, arrancándose las uñas mientras proferían espantosos aullidos de dolor. Me di vuelta para buscar a Laly y la encontré en un rincón, enrollada sobre sí misma con la cola aplastada contra el cuerpo de Krysa que sucumbía entre espasmos. Dentro de mí ahora se propagaba el dolor agudo de mis entrañas secándose. Un instinto primitivo me disparó hacía la puerta, pero esta no se abría. Lancé mi cuerpo una, dos, tres veces contra la entrada sin lograr escapar de aquel sitio letal. Entonces me di cuenta.

Estábamos atrapados. Atrapados como ratas.

Gentileza:

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete –  ravagnani.lucio@gmail.com

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