San Rafael, Mendoza lunes 18 de enero de 2021

Ecos vecinos – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Camino a su casa, Miguel detuvo su todoterreno y contempló durante unos minutos el cielo estrellado. Reconoció las constelaciones de ese hemisferio y contrastó el infinito oscuro del espacio con el irregular relieve rojillo y un tanto amarillento. No era igual que estar en la Tierra, pero se sentía feliz. Volvió a poner en marcha su vehículo y se dirigió hacia la base.

El conglomerado de catorce instalaciones se componía tan solo de cuatro viviendas. La Unión Aeroespacial Internacional había pasado muchos años planificando y diseñando los diferentes hábitats para la colonia de Marte. Sin embargo, confiados con el éxito de las misiones anteriores, los módulos coloniales de Venus habían sido implementados cuando aún estaban en la fase de prototipo. “Basándonos en los modelos preliminares, y con relativamente pocas modificaciones, los hogares y edificios fundamentales del asentamiento venusiano podrán ser instalados sin peligro para los nuevos habitantes del planeta.” La comunidad científica había estado de acuerdo y así lo hicieron. No habían tenido en cuenta el factor de la lluvia, constante en aquel planeta perpetuamente cubierto por densas nubes grises, y cuando los ingenieros informaron de tales condiciones al Comando Central la misión casi fue abortada. Pero perseveraron y las bases fueron sentadas y sobre ellas las estructuras que permitirían a la especie humana una nueva colonización. El resto estaría en mano de los pobladores que deberían estar atentos al equipo de última generación y monitorear los progresos de la avanzada.

Miguel recordaba los días de lluvia perpetua y lo difícil que le había resultado a él y a Valeria acostumbrarse al tamborileo constante sobre la inmensa cúpula de biovídrio. El milagro había sido producido por el atmosferizador; el edificio más alto del lugar que brillaba con su hilera de luces verdes a los costados. Miguel vio cómo crecía a medida que se acercaba a su residencia y calculó que, si las funciones seguían constantes, para mediados del siguiente año el noventa y cinco por ciento de la superficie sería habitable. Esa idea lo reconfortó. Recordó por qué había aceptado abandonar su hogar original y participar en este experimento social junto a Valeria. Cuando llegó a su garaje, un rostro familiar lo observaba desde la ventana.

Valeria era arquitecta exoplanetaria y una apasionada de las novelas baratas de terror. Su esposo nunca había comprendido del todo cómo podía gustarle algo tan evidentemente ficticio y, peor aún, cómo podía asustarla. “Comentario valiente para alguien que le tiene fobia a las arañas ¿no?” solía decirle cuando él criticaba su pasatiempo literario. “En Venus no hay arañas. Pero incluso hasta aquí me siguieron tus historias grotescas”, decía él y ella se reía, levantaba los hombros y volvía a enfrascarse en su lectura. Cuando Miguel entró a su casa, Valeria ya no estaba parada frente a la ventana. Ahora se inclinaba sobre una inmensa maqueta holográfica cuatridimencional y observaba el movimiento en tiempo real de los diferentes mecanismos que componían los Sistemas Principales.

-Espero no estar generando mal agüero con esto, pero los nanoprocesadores han trabajado sin fallas durante los últimos quince días. –Mencionó a su marido sin sacar la vista de la maqueta.

-Bueno, espero que se mantengan así. –Le respondió quitándose el traje de aislamiento y colgándolo en el perchero de la entrada. –Comando Central querrá números limpios para final de mes o nos van a enviar otro bodoque de papeles para completar y revisar.

Valeria lo miró con el brillo de la maqueta aún en sus ojos. Pensó que aquel hombre tenía algo particularmente gracioso y que a ella la relajaba. Quizás fuera el tono de su voz o el uso de ciertas palabras, pero lo cierto es que podía sentir cómo el estrés de la semana se disipaba de a poco esa noche previa a los días de descanso. Recordó que tenía una nueva historia lista para ser leída y se sonrió. Puso la maqueta en stand by, se soltó el pelo castaño y subió corriendo las escaleras por donde había desaparecido Miguel.

Esa noche Valeria leía en la cama. Miguel, a su lado, se había quedado dormido con una copia del libro “¿Algo huele a quemado? Cómo sobrevivir a un diluvio de lluvia ácida.”. En el silencio profundo de la casa solo era perceptible el ligero zumbido del purificador ambiental en la sala del piso de abajo. Valeria ojeaba con vehemencia las páginas de la nueva ficción que contaba la vida de un tal H. West, un hombre al que le encantaba experimentar con cadáveres humanos. Llegaba al último párrafo cuando lo escuchó. Al principio creyó que su marido había emitido algún ronquido gutural, pero cuando lo miró se dio cuenta de que no había podido ser él. Agudizó el oído, intentando captar algo por encima del leve zumbido que parecía hacer vibrar su tímpano. A los pocos segundos lo oyó de nuevo, ahora con más claridad. Un sonido como de gorgoteo mezclado con una especie de risa ahogada llegaba desde el otro lado de la pared.

–Miguel, despertate. –Dijo sacudiendo ligeramente a su esposo por el hombro. –Vamos, Miguel. Despertate que escuché algo raro.

–Será algún tubo dilapsiano del baño. –La voz de Miguel sonaba rasposa a causa del sueño. –Te estarás imaginando cosas después de haber leído esas porquerías que tanto te gustan.

Se giró y llevó las sábanas sobre su hombro. Valeria escuchaba atentamente, intentando dar con el origen de aquel rumor indescriptible. “Quizás algo anda mal en la casa de los Pacussi.” Este pensamiento no logró relajarla con respecto la naturaleza del ruido. Recordó el primer día que conoció a sus vecinos. Al principio le habían parecido algo excéntricos, pero con el tiempo les fue tomando afecto y hasta habían llegado a compartir algunas comidas juntos. Estaba comenzando a perderse en los recuerdos, cuando un tercer sonido llegó del otro lado de la pared. Esta vez Miguel también lo escuchó. Creyó que sus oídos, anestesiados por el sueño, no habían captado bien aquel eco, pero al instante sonó de nuevo. El gorgoteo ahora se fusionaba con el cloqueo de un croar grabe y continuo. Sin lugar a dudas aquello venía de la casa lindante. Valeria se sentó al borde de la cama dispuesta a pararse, al momento que la luz del velador comenzó a titilar y a presentar una gama de colores nunca vistos. Era una secuencia casi hipnótica que volvía imposible apartar la mirada. De pronto aquel ruido pero esta vez más claro, más transparente, brotaba de ese espectro de colores e invadía el cuarto. Miguel vio a su mujer, con los ojos llenos de matices y la boca abierta generando un rumor insoportable. Ante de poder hacer algo, él también sintió aquellos tonos y sus sonidos que, brotando de la pared contigua, ahora lo consumían. “Tal vez este planeta no estaba desierto después de todo”, pensó por un segundo mientras el eco vecino consumía su mente por completo.

Gentileza:

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete –  ravagnani.lucio@gmail.com

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