San Rafael, Mendoza jueves 26 de noviembre de 2020

Aquella sensación de volar – Por:. Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Me desperté al segundo o tercer llamado. No respondí inmediatamente porque alguna parte de mi cerebro anestesiado de whisky creía que el sonido provenía de otro lado. Cuando las sombras se corrieron, me di cuenta que era mi teléfono. El número de llamada entrante se dibujaba enorme y brillante en la oscuridad de la madrugada. Di algunos carraspeos y atendí.

– ¿Qué pasó? Estaba durmiendo.

-Ay, pobre. ¿Es que acaso desperté al señorito? –La voz del otro lado era familiar y al escucharla supe que esa noche no volvería a dormir. –Tenemos una situación complicada, vas a tener que venir. Te mando la dirección por mensaje. Apurate, ya está llegando la prensa.

Cortó antes de que pudiera responder.

Me vestí con lo que tenía a mano y me miré por un momento al espejo antes de salir. Una camisa que pedía urgente un lavado, un pantalón de jean que en otro tiempo había sido azul y un par de zapatillas deportivas de marca que tenían casi la mitad de años que yo. El traje y la corbata nunca habían sido lo mío y definitivamente no iba a empezar a serlo esa noche. En todo el ajetreo aún no había visto la hora. Me detuve frente a la puerta de salida y miré el gran reloj blanco que colgaba sobre la mesada de la cocina. Las cuatro y pico de la madrugada. Solté un suspiro largo a la vez que salía y cerraba la puerta. La puta madre que lo parió.

Las calles estaban desiertas. No era un cuadro extraño para esas horas de un miércoles, pero la sensación que sentía era diferente. Llámese instinto de detective o lo que sea, pero algo fuera de lo común había sucedido esa noche y yo podía percibirlo. Estacioné una cuadra antes de la dirección que me habían enviado. Bajé del auto, prendí un purito y caminé hacia el cordón policial. Las últimas palabras de mi anterior interlocutor habían sido ciertas. Los principales canales de noticias comenzaban a ensamblar sus equipos móviles y los periodistas se ajustaban los trajes para poder estar presentables ante el escaso público que estuviera expectante a esa hora. Llegué la cinta periférica y un policía joven la levantó para que yo pudiera pasar. No lo reconocí, pero él a mí sí. O quizás solo haya visto mi placa al costado de mi pantalón, lo que lo hacía un buen observador y a mí un tarado egocéntrico. Una de las dos opciones era la acertada y la respuesta no me iba a dejar contento.

-Bueno, llegaste. –dijo la misma voz del teléfono, pero esta vez un poco menos robótica. –Esto es un quilombo.

-Se nota. –tiré el purito consumido y solté la última bocanada de humo. –Qué tenemos hasta ahora.

-La mujer que vive en la casa llamó a emergencias denunciando un secuestro. Dice que a eso de las dos y media escuchó ruidos en el cuarto de su hijo así que fue a ver qué pasaba. Cuando entró vio una figura ensombrecida en la ventana que se llevaba al pibe mientras le tapaba la boca. La denunciante asegura que la sombra se fue volando. –cuando escuché esas palabras lo miré incrédulo. “Yo no puedo creer que me hayan despertado para esta pelotudez”, pensé mientras encendía otro purito. –Hasta ahora es toda la información que manejamos. La mujer está adentro, en el living, con la gente del juzgado.

– ¿Dijiste que el sospechoso se fue volando con el pibe amordazado? –mi mente no lograba ensamblar esa imagen de forma correcta.

-No, dije que ella dijo que la figura ensombrecida se fue volando. El equipo de Científica hizo las pruebas y no se detectaron huellas, cabello ni ningún otro elemento relevante. -Lo miré una vez más y luego miré para la casa. Las luces estaban encendidas y a mis espaldas podía escuchar las voces de cuatro o cinco periodistas gritando datos evidentes.

-Voy a hablar con la mujer a ver qué le puedo sacar. ¿Cómo es el nombre? –Revisó unos papeles antes de contestarme.

-Darling. Wendy Darling.

La puerta estaba sin llave y ligeramente entreabierta. El hall de entrada era pequeño pero acogedor y bien iluminado. Las paredes estaban pintadas de un amarillo pálido que se potenciaba con la luz artificial de las lámparas de pie y techo. Di un par de pasos y escuché unos sollozos que venían por la habitación de la izquierda. Allí una mujer de mediana edad, con cabellos castaños y ondulados que le caían por los hombros cubiertos por una manta, se cubría el rostro con una mano mientras que con la otra sujetaba un pañuelo. La acompañaba una mujer policía, joven como el agente del cordón perimetral. Hice un gesto con la cabeza que entendió sin requerir explicaciones y se levantó despacio. Pareció por un segundo que iba a tocar la pierna de la mujer, pero terminó por pararse derecha y caminar de forma rígida hasta la salida. Me senté en el sillón que antes había ocupado la uniformada y hablé con el tono más profesional que pude.

-Buenas noches, señora Darling. Mi nombre es Andrés Barrientos y soy el detective asignado a su caso. –la mujer quitó la mano de su rostro y me miró con los ojos hinchados. Como seguía sin hablar, continué con mi rutina. –Me informaron que usted presenció el secuestro de su hijo, ¿correcto?

-S..Si –su voz era rasposa y ahogado debido al llanto. –Se lo llevó él. Estoy segura de que fue él. No puede ser otra persona. ¡NO PUEDE SER! Su grito se convirtió rápidamente en llanto.

-Entiendo que es una situación difícil, señora Darling, pero tiene que intentar calmarse. Dígame ¿vio u oyó algo en los últimos días que haya llamado su atención? ¿Alguna conducta extraña en su hijo o algún movimiento raro en el barrio? Wendy paró su llanto de golpe. Sus ojos inmensos y acuosos se concentraron en un punto invisible en el suelo y comenzó a hablar como si hubiese memorizado un guión.

-Tuve un sueño o lo que creo que fue un sueño. Era de noche azul y yo podía verlos desde el ventanal de mi cuarto. Miles y miles de niños pequeños que corrían inundando la calle. En sus cabezas cargaban una corona de espinas y sus cuencas estaban vacías, como si algo les hubiera robado la infancia. Lanzaban enormes rocas y, a lo lejos, podía escucharse el clamor de ambulancias llegando a toda velocidad. Las sirenas sonaban opacadas, como si estuvieran teñidas de alguna forma extraña e imposible. –Inmediatamente después de pronunciar la última palabra, otro torrente de llanto ocupó toda la habitación. Me incorporé despacio, guardé mi pequeña libreta y salí del lugar. Ahora comprendía todo.

En la puerta me estaba esperando para que le diera una buena noticia, por más pequeña que fuera. Cuando sentí el aire fresco del exterior, miré hacia el cielo estrellado y un escalofrío se deslizó por mi cuello y mis brazos.

-¿Y? ¿Cómo ves la cosa? –me preguntó mientras yo encendía el último purito de la noche.

-Estamos cagados, viejo. A este pibe no lo vamos a encontrar nunca jamás. –solté el humo despacio. –Solo nos queda esperar que quien se lo llevó recapacite y lo devuelva, igual que hizo hace algunos años con la madre.

Aspiré una bocanada profunda de humo y lo fui soltando igual de despacio que la anterior mientras caminaba hacia mi auto. Me pareció que, a lo lejos, sobre el horizonte, comenzaban a llegar los primeros rayos del alba. Ya no podría dormir esa noche.

Gentileza:.

 Lic. Lucio Ravagnani Navarrete – ravagnani.lucio@gmail.com

 

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