San Rafael, Mendoza jueves 26 de noviembre de 2020

La mano que tapó el sol – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Los lunes tienen mala fama, eso se sabe. Desde la tira cómica de Garfield hasta quien mira con asco la alarma perforante que le indica el comienzo de la jornada laboral típica. El lunes es el rostro desvelado de una noche fatídica. Pero detrás de esa fachada yace la causa real de muchas penas pasivas. Es que el día domingo nos encuentra siempre mal parados, con la guardia baja y desprevenidos ante el golpe que suele llegar a partir de las seis o siete de la tarde. Quienes se hayan percatado sobre esta sensación de la que escribo empatizarán con el latigazo autorreferencial de lo que sigue. Aún no he hallado fórmula o cura que combata este desencuentro con uno mismo; este desconocerse antes del ocaso. Si por casualidad alguien cuenta con el conjuro que disuelva el embrujo, hágalo saber. Quizás, sin darse cuenta, tenga en su poder el arte para levantar una antigua y terrible maldición.

De los bastos pesares humanos, uno de los más extraños y devastadores los provoca el día domingo. Esa sensación de inevitable final que surge con el alba y que se arrastra hasta la noche, incrementando su torturante esencia, nos invade la mente como una gripe fantasmal.

Su origen maldito se inició cuando se cometió el fatal error de cambiar su nombre. En el momento el que el alegre dies solis fue forzado a llamarse dies dominicus se lo despojó de su cualidad alegre y serena. La estrella que portaba con orgullo se consumió bajo el pesado manto de la ignorancia humana. Una fría y falsa sensación de calma surgió del abismo helado, penetrando en lo más profundo de nuestro ser. Así, en venganza, comenzó a ejercer sobre los mortales una influencia terrible. Como dominus, nos sentenció a un goce efímero que cambia de rostro cerca de las siete de la tarde. En el momento en que las luces astrales titilan imperceptibles, la fuerza invisible del domingo comienza a filtrarse por nuestros ojos y anida lentamente en nuestra cabeza y corazón. Traza un hilo invisible que nos sutura desde adentro, comprimiendo nuestros pensamientos y emociones en un torniquete de angustia existencial.

El domingo es el final que presagia un comienzo oscuro. La sombra del lunes trepa por las enredaderas de un día perdido, pues es pérdida en sí mismo. Incluso la mismísima fuerza de gravedad parece aumentar durante la jornada, empujándonos al piso y obligándonos a agradecer un descanso que esconde un latido constante de desesperación e incertidumbre. El domingo es el portal insalvable que atravesamos sin darnos cuenta, trasladándonos a la tierra de las horas perdidas. Allí nos espera el páramo desolado de los proyectos truncados y los sueños desterrados.

Ante este sufrimiento, no quedó otra alternativa que aliviar tanto dolor. El placebo de los deportes, de los encuentros, de las variadas infusiones es lo que impide volvernos completamente locos. Aunque no sería erróneo afirmar que la demencia es algo incubado dentro de nosotros y que en ese instante se libera para burlarse cara a cara. Un espejo desquiciado que nos muestra un futuro alineado con el pasado.  El ayer terminó y el mañana aún no llega, pero conocemos lo que nos depara. ¿Será acaso un castigo por querer controlarlo todo?

Disfrutar de este día es regocijarse en la mentira a uno mismo. Perdida la belleza del cénit caen, junto con la luz, las defensas de nuestra psiquis atormentada. Mirar atrás es suicidio y al frente un precipicio. Es ahí, en ese instante de profunda introspección forzada, que sucumbimos a la demencia. Pues tal es la damnación de sabernos mortales y prescindibles. Las últimas horas del dies dominicus es la ventana por donde nos mira la muerte, pero sin rescatarnos de la vorágine.

El domingo es el escarmiento del tiempo.

Gentileza

 Lic. Lucio Ravagnani Navarrete – : ravagnani.lucio@gmail.com

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