San Rafael, Mendoza domingo 29 de noviembre de 2020

El asedio de la noche – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

“¡El suelo tiembla! Tambores…tambores en lo profundo.

No podemos salir. Una sobra se mueve en la oscuridad.

No podemos salir.”

-J.R.R. Tolkien.

Algunos pensarán que estoy loco. Que esto es solamente el desvarío de un viejo perturbado, acosado por los años y una supuesta demencia. Que cuando encuentren mi cuerpo, si queda alguien para encontrarlo, verán estas hojas garabateadas con rapidez en la semioscuridad y dirán: “pobre viejo.

Ya no sabía lo que decía.” Pero no, no estoy loco ni senil. Comprendo perfectamente lo que está ocurriendo, así como también comprendo que no saldré de esta con vida. No tiene sentido azotar mi conciencia y cuerpo haciendo un mea culpa por no haber actuado antes. Me lo he dicho una y otra vez, pero la mente juega bajo sus propias reglas y a veces no resulta tan fácil escapar de sus laberínticas rutas aún inexploradas. Quizás en verdad esté escribiendo estas líneas con el fin de poder expiar las culpas que me hunden en las sombras aún más que el remordimiento de mi actuar tardío. O quizás la soledad constante terminó por comer los últimos recursos de mi cordura y me haya vuelto efectivamente loco.

El origen se dio como suelen suceder las tragedias: por no prestar atención. El día había hervido constante con el calor del verano. A las seis de la tarde el termómetro de vidrio situado en la cocina marcaba 45° C. Los animales se habían refugiado bajo las sombras de la vegetación que se extendía más allá del límite de la propiedad. Al margen del sol fulminante, se los podía escuchar resoplando contra la tierra colorada y levantando pequeñas nubecillas carmesí. Había cumplido con las labores del día protegiéndome con un sombrero viejo de yuyos secos y, luego del almuerzo frugal y una siesta empapada, miraba cómo el líquido rojo dentro de aquella varilla de vidrio se mantenía clavado en ese número imposible. Faltaban todavía algunas horas para la puesta de sol y la brisa caliente traía el rastro de una lluvia distante que parecía acercarse tímidamente hasta el lugar. A juzgar por la reducida velocidad del viento y el aroma apenas perceptible, imaginé que la tormenta descargaría recién a la noche. Me senté en una vieja mecedora de mimbre al resguardo de la galería techada y me dediqué a tomar mate frío y escuchar. Pero el campo solo devolvía el eco de un silencio profundo y constante. Ni siquiera podía oírse el vuelo de las moscas que al poeta evoca todas las cosas. El calor había devorado hasta la sinfonía natural del ejido.

La tarde se derritió en una gama de naranjas y rojos que se difuminaban con las primeras nubes augurantes. La brisa perezosa había acelerado el paso y el olor a lluvia ahora se sentía con claridad. En este lugar un chaparrón solo garantiza un barrizal, por lo que el descenso de esa temperatura infernal era solo la esperanza de un tonto. Sin embargo, ante la ilusión, decidí dejar abiertas las ventanas para que pudiera filtrarse cualquier corriente que permitiera un descanso. Cuando abrí los postigos de la ventana que daba al living noté que la tela mosquitera estaba suelta en un ángulo. Miré la rendija con los ojos cansados de filtrar el día y me prometí que la arreglaría a primera hora de la mañana. La cena de aquella noche consistió en una papa fría con media rebanada de pan y una jarra de agua con hielo que se fundía casi instantáneamente con su otra forma. El aguacero llegó rampante media hora después de haberme acostado. Podía escuchar el repiquetear de la lluvia en el techo de chapa y los golpes secos cuando caía sobre la tierra agradecida. El arrullo de la tormenta pudo más que la incomodidad del sudor y dormí el sueño de los perros.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché el zumbido. Sacudí manotazos al aire con los ojos cerrados en un intento de ahuyentar aquel sonido. La estrategia funcionó y me regocijé en aquel logro minúsculo. Pero a los pocos segundos aquel pitido insoportable volvió al ataque. Sentía cómo pasaba rozando mi oreja y cómo se alejaba en una danza burlona que incitaba en mí los estados más violentos. Decidido a ponerle fin a aquella endiablada treta, me levanté de un salto y encendí el velador. Miré con detenimiento las paredes y el techo. Busqué bajo los estantes y me acerqué acechante a las puertas del armario, cuyo color servía de camuflaje natural para aquel espíritu hemofágico. En el cuarto no había nada.

Sin dudas había escapado por el espacio de la puerta entreabierta, huyendo de su cazador. Me asomé al pequeño pasillo y escuché. Ya no caía la lluvia y sin embargo las criaturas de la noche no coreaban anunciando su presencia. De pronto nuevamente el zumbido, lejano pero claro. Lo seguí por la escasa distancia que me separaba del living, pero tampoco allí había nada. Sin embargo, el zumbido crecía y ahora parecía que un enjambre de aquellos zancudos fantasmas aguardaba el momento de abalanzarse contra mi carne. Solo quedaba por investigar la cocina. Abrí la puerta despacio a la vez que prendía la luz para que no me cegara. Si bien el lugar no era grande, los muchos recovecos funcionarían como un perfecto escondite para mi presa. Al chirrido de la puerta abriéndose le siguió el grito ahogado de un escenario imposible. Allí sobre la bacha de la cocina, sorbiendo con su pico de jabalina, una deformidad de la naturaleza apoyaba sus enormes patas sobre la completa extensión de la mesada. Aquella aparición me paralizó, con la mano aún en el picaporte. No podía dejar de observar aquel nefasto engendro que parecía no percatarse de mi presencia. El instante en que recobré el control de mi cuerpo di un paso para atrás sin quitar la vista del intruso. Algo en mi movimiento captó su atención porque inmediatamente comenzó a batir sus enormes alas transparentes y la cocina se llenó de un zumbo ensordecedor. De un salto volví al living y cerré la perta a mis espaldas. Podía sentir el repiqueteo de aquellas patas gigantes y curvas sobre la madera y un escalofrío recorrió mi nuca y me erizó los vellos de los brazos. Buscando por la habitación, mis ojos dieron con mi escopeta de caza apoyada contra el gabinete torcido. De un salto me precipité al otro extremo del lugar y con el movimiento propio de un profesional, revisé las recámaras de munición. Las balas me devolvian una sonrisa de oro cuando el golpe de la puerta hizo saltar las clavijas de arriba. Apunté con una mano temblorosa, esperando que aquel ser monstruoso terminara de romper la barrera que me separaba de la muerte. El tercer golpe logró hacer estallar la última clavija y mi disparo se le unió al instante.

La bala dio justo contra el marco, haciendo saltar pequeñas astillas que se perdieron en el aire. Con la velocidad de una flecha el zancudo voló directo hacia mí, errando mi ojo izquierdo por pocos centímetros y arrancándome la oreja con su pico imposible. El impacto fue tal que por un momento quedó clavado contra la madera del mueble y, acelerado por la agonía de la amputación, corrí hacia mi cuarto. Entré de un tumbo y puse la cama contra la puerta. El minúsculo cuarto de baño sirvió para lavar mi herida y cubrirla de infinita gaza. Entre el dolor y el rugir de la sangre en mis oídos esperé una nueva acometida. Esperé y la noche esperó conmigo.

Desde ese primer evento han pasado ya tres días. La oreja se infectó y late como el corazón podrido de un demonio pustuloso. Los zumbidos fueron aumentando y no tengo dudas que detrás de mi barricada improvisada hay una multitud ansiando mi sangre vieja y amarga. El teléfono sonó los dos primeros días y desde entonces ha quedado tan mudo como aquella tarde de calor.

Un nuevo ruido.

El clamor de un río se desató en el pasillo y eso solo puede significar una cosa.

Aleteos por la noche.

 

AUTOR: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

EMAIL: ravagnani.lucio@gmail.com

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