San Rafael, Mendoza sábado 31 de octubre de 2020

Después del fuego – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

“Santa María de los Buenos Aires, si todo estuviera mejor…”

-Matador.

El camino de siempre estaba cerrado. Una gran montaña de escombros impedía el paso y sería imposible bordearla o escalarla sin un alto riesgo de ser avistado. Miró alrededor, perdiendo la esperanza de poder cruzar a cada instante que pasaba, hasta que sus ojos dieron con una pequeña abertura en el suelo. Aventurarse bajo tierra había sido siempre la opción que primero descartaba, pero lo sorpresivo de la situación no daba lugar a un plan B. Se acercó al agujero seco que descendía desde la banquina de la ruta, ajustó su mochila a los hombros e, inspirando profundamente, comenzó el descenso.

Aquel túnel era apenas los suficientemente ancho como para transitarlo un poco encorvado y con la mochila raspando contra la pared de roca y arenisca. El sonido de la tela contra las paredes ásperas lo exasperaba. La semioscuridad de aquel lugar amplificaba los ruidos y la paranoia. No había sido escavado por ningún ser humano y la idea de que algo más merodeara por allí le crispó los vellos de la nuca. Sacudió la cabeza como para desprenderse de ese pensamiento y continuó avanzando. Uno minutos después pudo sentir cómo el calor de la superficie se filtraba hasta el túnel. Cerca de allí debía de haber una salida. El terreno ascendía casi imperceptiblemente hasta que tuvo que ponerse de cuclillas para continuar el avance. Una abertura pequeña, casi demasiado angosta como para trepar, daba nuevamente acceso a la superficie. Cuando salió esperó unos instantes mientras intentaba reconocer el lugar donde se encontraba. Divisó el costado derruido del famoso hotel de cinco estrellas y comprendió que estaba muy cerca del centro de la ciudad. Si quería sobrevivir otra incursión, debía mantenerse alerta.

Mientras caminaba por las calles desoladas de lo que otrora había sido una ciudad próspera y populosa, no pudo evitar recordar el origen de la tragedia. Al azote de la peste le siguió la guillotina económica que desencadenó los primeros enfrentamientos en las calles. La situación era igual o peor en las otras regiones del país. El deterioro fue demasiado grande. Para cuando aquellos seres aparecieron no quedaban fuerzas para una defensa. Los medios de comunicación ahogados en un silencio de radio, internet anulado y los celulares con señal fantasma. El telón final cayó como una sentencia de muerte. Ahora, con los últimos asentamientos humanos en la periferia de las zonas urbanas, la supervivencia consistía en hallar restos de esperanza en las ruinas de un recuerdo melancólico.

Se detuvo frente a la fachada de una casa vieja con sus rejas derribadas y su puerta arrancada. Calle arriba podían verse los enormes portones, íconos de aquel lugar, doblados como el enorme esqueleto de una bestia prehistórica. Tuvo una visión del pasado con las veredas colmadas de enormes árboles verdes y, a lo lejos, los picos de montañas empequeñecidas por la distancia. Solo el destello de un recuerdo extraviado. En el segundo parpadeo la realidad mostró nuevamente su rostro rasgado y angustiante. Pasó por encima de la reja caída y cruzó el umbral. Un fuego descontrolado había devorado con ímpetu el interior de la vivienda. Las paredes tiznadas mostraban las cicatrices de unas heridas ígneas. Todo lo cubría la ceniza, incluso la esperanza de encontrar allí algo de provecho. Recorrió el living y la cocina sin suerte. La escalera que daba al piso superior se veía frágil y lista para derrumbarse al más mínimo signo de presión. Descartó la idea de subir y continuó explorando, procurando mantenerse en un estado de precario sigilo. El incendio había devorado casi por completo el cuarto que anteriormente había sido una despensa. Entre las maderas carbonizadas, una lata de tomate y una de arvejas aún dejaban ver sus etiquetas chamuscadas. Las guardó en la mochila y salió del cuarto. Estaba por abandonar el lugar con un suspiro de resignación cuando vio, apenas sobresaliendo debajo de la mesada de la cocina, un papel amarillento. No supo por qué se agachó a recogerlo. Algo en aquella pequeña hoja huérfana lo llamó como un canto sordo que pedía a gritos un rescate.

El texto era breve. Escrito a mano con tinta negra, algunos trazos se confundían con los bordes quemados. Acercó el papel a la luz que entraba por una ventana sin vidrio y leyó en voz baja.

…cómo no sentirme en paz al verte 

si la portas en tu propio nombre.

Cómo no perderme cuando creo

que mi simple condición de hombre

ha descubierto lo que es eterno.

 

Quien crea que existe el averno,

confíe en que yo lo he encontrado

materializado en la infinita distancia

que de ti me ha separado.

 

Campanas que repican en la noche profunda,

donde las penas son grandes y la tristeza abunda.

Viendo ahora tus ojos por fin advierto

un atisbo de esperanza en este futuro incierto.

 

Si tan sol…

 

La siguiente estrofa había desaparecido después del fuego. Absorto en la lectura, no se había percatado del silencio que había caído en el lugar. Un silencio profundo y absoluto como el preámbulo de la muerte. Giraba sobre sus talones para salir cuando un aullido agudo lo paralizó. Aún no caía la noche, no podía ser que ya rondaran por las ruinas de la Ciudad Capital. Se estaban volviendo más osados. Más peligrosos.

Guardó automáticamente el papel en el bolsillo de su camisa y escapó de allí a toda velocidad. Mientras huía, con el terror alimentando un aliento caliente sobre su espalda sudada, pensó en el papel crujiendo en su bolsillo. Se sintió invadido por un sentimiento olvidado, una sensación aniquilada mucho tiempo atrás. Un espectro de aquello que alguna vez alguien llamó amor. Un atisbo de esperanza.

Gentileza: 

 Lic. Lucio Ravagnani Navarrete –  ravagnani.lucio@gmail.com

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