San Rafael, Mendoza miércoles 28 de octubre de 2020

12 De Octubre: Día Del Eufemismo Hipócrita – Por:.Rogelio Lopez Guillemain

Durante casi un siglo se conmemoró en esta fecha el descubrimiento de América bautizado como el “Día de la raza” (en realidad fue una conquista, quien propuso esta denominación fue el español Faustino Rodríguez San Pedro ya que, para los peninsulares de entonces fue un descubrimiento), este nombre fue considerado ofensivo y discriminador por lo que fue reemplazado en el 2010 por el “Día de la Diversidad Cultural Americana”.

Antes de analizar la pobreza espiritual y el menosprecio intelectual hacia la especie humana, la diversidad racial y el respeto individual que implica este cambio sensiblero, es preciso aclarar ciertos puntos.

Todos los seres vivos se encuadran dentro de una clasificación biológica y nosotros no estamos exentos de esto.  Así sabemos que los humanos pertenecemos al reino animal, subfilo vertebrado, clase mamífero, orden primate y especie humana (homo sapiens).  Hasta aquí todos de acuerdo.

La discusión se presenta a partir de ese punto, ¿existen distintas razas dentro de la especie humana?  Como en muchos temas, hay una biblioteca que lo avala y otra que no.

Los detractores arguyen que las diferencias genéticas entre las diferentes “razas” son inferiores al 0.1% de todo el genoma humano, por lo que no son válidas como para clasificarnos en razas.

Quienes apoyan la clasificación racial lo hacen basados en los distintos fenotipos (la expresión genética visible, color de piel, estatura, rasgos faciales, etc.).

El concepto de raza proviene del latín radius (rayo, como los de las ruedas de una bicicleta y que simbolizan las divergentes líneas hereditarias).  La Real Academia Española define la palabra raza como “Cada uno de los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas y cuyos caracteres diferenciales se perpetúan por herencia”. 

Lo cierto es que este espíritu homogeneizador y consternado anti-raza (entendible, aunque creo errado) nace tras los innumerables atropellos étnicos cometidos a lo largo de la historia.  Digo étnico pues es un término más apropiado, ya que incluso se meten en la misma bolsa, entre otros, al genocidio armenio o el exterminio judío.  Una mezcolanza de raza, nacionalismos y religión que no tiene ni pies ni cabeza.

Si bien la intención de esta posición “anti-razas” parece loable, encierra una conducta perversa que suele pasar desapercibida. 

Esta conducta se patentiza, por ejemplo, cuando alguien es tildado de “boliviano” como si fuese un insulto, sin comprender que más allá de la intención despectiva del emisor, también quien se horroriza al escucharlo está avalando implícitamente un carácter peyorativo que la palabra no posee en sí misma.  El “uso” despreciativo es tanto del emisor como del receptor (aunque no sea intencional en este último).

Si llamo a un amigo “gordo”, esto tiene una insinuación cariñosa y familiar; pero si utilizo este término para burlarme de alguien, tendrá una alusión despectiva, más el destinatario ha de ofenderse solo si lo considera algo de qué avergonzarse.  El problema no es el término en sí, es la intencionalidad de quien lo dice y de quien es el destinatario.

Pero el tema no termina ahí, muchas veces, procurando no herir susceptibilidades, menoscabamos aún más la dignidad del otro.

Se exigen leyes y normas que beneficien a las mujeres para igualar sus oportunidades con los hombres.  Las leyes son las mismas para ambos sexos (igualdad de derecho) al igual que lo son para distintas razas, sexualidades o religiones, sancionar leyes que privilegian a algún grupo es confesar inconscientemente que se lo cree inferior y que precisa de prerrogativas para alcanzar un nivel superior.  Es un contrasentido.

Encontramos otros eufemismos cuando, por ejemplo, decimos no vidente en vez de ciego o con capacidades diferentes en lugar de discapacitado.  Como si se les tuviese lástima, buscamos adornar con palabras delicadas o conceptos enmarañados la descripción de una realidad que lejos de ser vergonzante es preciso atender.

Considero estos comportamientos de una soberbia intelectual y moral que asquea.  ¡Como si un ciego o cualquier otro discapacitado fuesen apenas “pobrecitos” en quienes podemos depositar nuestra piedad y no personas dignas de respeto!  Esto es subestimar al otro, es considerarlo un imbécil incapaz de comprender su condición, es ningunearlo y decirle subliminarmente que dicha condición es vergonzante.

Incluso es aún peor que la burla directa que puede llevar adelante algún tarado.  Si me burlo de un ciego por su ceguera, lo estaré haciendo sobre su condición física; pero si lo trato como a un niño que no tiene la capacidad de comprender y asumir la realidad, será un desprecio a su persona.  La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, no es disfrazarle sus dificultades con palabras correctamente políticas.

Negro, boliviano, mujer, budista, discapacitado, transexual, arquitecto, católico o hincha de Belgrano, no son más que particularidades de cada individuo.  Los derechos humanos pertenecen a la especie humana por ser seres humanos, no discriminan por condiciones individuales como si lo hacen las personas que remarcan las diferencias irrelevantes.

Respetemos al prójimo, respetemos las diferencias.  Debemos tratar a todos de igual modo y no pretender que todos sean iguales.  Decía Friedrich Von Hayek: «Hay una gran diferencia entre tratar a los hombres con igualdad e intentar hacerlos iguales. Mientras lo primero es la condición de una sociedad libre, lo segundo implica, como lo dijo Tocqueville, una nueva forma de servidumbre”.

Conmemoremos el día de la raza como el día del encuentro de dos mundos, no con un espíritu revanchista e ideológico (en Nicaragua y Venezuela se llama “día de la resistencia indígena”).  Reconozcamos lo bueno y lo malo de aquel hecho histórico y que dejemos que las razas sean lo que son, apenas una mera expresión de nuestros genes.

Respetemos la libertad de expresión del genoma como tributo a la especie humana y a todos y cada uno de nosotros.  La condición de ser humano trasciende estas diferencias, dejarse amontonar en un “colectivo” por alguna característica personal, es negarnos a nosotros mismos como individuos, es negar nuestro derecho a ser únicos y a expresar con respeto, en igualdad y libremente nuestras diferencias.  Subordinarse a un “colectivo” es fomentar los enfrentamientos, es rebajarse a ser menos que un grupo y ningún ser humano merece eso.

Gentileza:

Rogelio Lopez Guillemain  – rogeliolopezg@hotmail.com

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