San Rafael, Mendoza jueves 01 de octubre de 2020

Manuel de Falla en Argentina – Por:.Beatriz Genchi

En el año 1939, Manuel de Falla recibe la invitación del Instituto Cultural Español de Buenos Aires, que va a celebrar su XXV aniversario e invita al gran músico español a que viaje y protagonice los conciertos conmemorativos. Es un buen motivo de escape de la guerra civil, y Falla acepta.

La guerra había terminado, pero España seguía doliendo. Quienes lo despedían y formaban su círculo granadino más entrañable presentían su último viaje.

Tras una tranquila travesía, Manuel y María del Carmen de Falla arriban al puerto bonaerense el 18 de octubre de 1939. Allí les esperan, entre otras personas, el compositor y director Juan José Castro, quien va a ser su más entregado colaborador musical en estos años y Conchita Badía, la gran cantante catalana. Es como un síntoma de que don Manuel no iba a estar solo en este periplo argentino en el que, en efecto, pudo encontrarse con paisanos ilustres. Músicos, compositores y otros artistas locales e internacionales. Los Falla pasaron unos días de aclimatación en una finca, “La Tapera”, pero pronto tuvo el maestro que emprender los arduos trabajos de preparación de los conciertos del Teatro Colón que, en definitiva, le habían llevado hasta allí como primera motivación. Ya con escasa energía don Manuel obsequiara a quienes iban a ser sus anfitriones argentinos con una obra orquestal, Falla se planteará, más que una composición enteramente nueva, una Suite en la que aprovechar sustancia musical ya existente.

El trabajo y la actividad pública hacen que se resienta la débil salud del maestro. Problemas en las vías respiratorias, según opinión médica, acaso consecuencia de una lesión pulmonar contraída tiempo atrás y nunca bien curada, aconsejan la búsqueda de un lugar más tranquilo y oxigenado que Buenos Aires. Así, se trasladan a Córdoba el 4 de diciembre. Alojados primero en una finca de la Villa Carlos Paz, más tarde en el chalet “Los Espinillos” de Alta Gracia (donde hoy funciona una casa museo que lo evoca) se mudaron varias veces, todas en la sierra cordobesa.

Entre tanto, llegan de Granada noticias de un incidente: el robo de unos cubiertos de plata de su casa de la Antequeruela. La reacción de los Falla es significativa: “Suponemos que ya estarán en libertad los raterillos en cuestión. Ése es nuestro deseo y así ruego a usted que lo manifieste en nuestro nombre a la autoridad competente”, escribe don Manuel a su contacto granadino. Pero, dando vueltas al tema, deciden dejar la casa y cursan instrucciones para ello. La fidelidad de sus amigos de Granada es impresionante: Hermenegildo Lanz, papel y lápiz en ristre, dibujó cada una de las habitaciones, con la disposición de muebles y objetos, María Paula Montes de Borrajo fichó la abundante biblioteca de don Manuel, con indicación precisa de la posición que ocupaba cada libro, y en el convento de Santa Inés, del que era capellán un músico amigo, Valentín Ruiz Aznar, se acoge el mobiliario y enseres. De este modo, cuando en 1962 el Ayuntamiento de Granada decidió expropiar la finca y los herederos de Falla hicieron donación a la ciudad de todas las pertenencias del músico, pudo reinstalarse la casa con toda exactitud, y así se la puede admirar hoy esta casa-museo que tanto ilustra sobre la austera personalidad del músico.

La Segunda Guerra Mundial imposibilita que lleguen hasta Falla los derechos de las ejecuciones internacionales de sus obras, y la economía de la casa, aun para vida tan austera como llevan Falla y su hermana, es preocupante, a pesar de hacer algunos trabajos entre Buenos Aires y Córdoba Alertada por su delegado en la Argentina, la Sociedad General de Autores de España hace las gestiones necesarias para hacer llegar al compositor una ayuda económica mensual: es 1944, y por entonces recibe la sorpresa de un considerable ingreso por los derechos de utilización de su “Danza del fuego”.

Falla se siente mal y en su extraña personalidad hay cabida para la pequeña superstición: el número siete, piensa el autor de las Siete canciones, ha marcado capítulos importantes de su vida. Así, su “otro” gran periplo extranjero se había iniciado el mes siete del año siete, y había durado siete años. Ahora estaba en la Argentina, llevaba siete años y estaba próximo a cumplir los setenta… No llegó a ello, por unos días.

En la mañana del 14 de noviembre de 1946, María del Carmen encontró que su hermano ya no despertaría. El anatomista Dr. Ara, a la sazón agregado cultural de la embajada española en Argentina, se traslada de Buenos Aires a Alta Gracia y dirige el embalsamamiento del cadáver en el Hospital Nacional de Clínica de Córdoba. Para llegar a su patria le espera un largo y quebrado viaje, pero me quedo con la despedida argentina: En la catedral se le oficio un funeral y de camino pasa por el Teatro Rivera Indarte desde donde se oyen sones del “Amor brujo.”

Gentileza: Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com

Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.

Puerto Madryn – Chubut.

 

 

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