San Rafael, Mendoza viernes 30 de octubre de 2020

La mansión fantasma – Por:.Beatriz Genchi

El pueblo de Máximo Fernández hoy lucha por no desaparecer. El censo de 2010 dio como resultado un número de apenas 4 personas habitando el lugar, cuando quizás podría haber sido de los más importantes de la zona. Es un pueblo que queda a 27 km de la localidad de Bragado, Buenos Aires.

Todo comienza a fines del siglo XIX, con la compra por don Máximo Fernández de unas tierras que pertenecían al mismísimo Facundo Quiroga. Aproximadamente 25.000 hectáreas, las cuales comenzaron a ser explotadas desde la adquisición de Máximo. A partir de 1872 el lugar se transformó en uno de los establecimientos ganaderos y agrícolas más importantes de la zona, ya que Fernández le dedicó todo su tiempo, dinero y trabajo. Campos con árboles frutales, tierras dedicadas a la agricultura, cabezas de ganado vacuno, caballos y mucho esfuerzo dieron resultados, y a quince años de haber comenzado con el gran emprendimiento, la familia decide tomarse varios años sabáticos en Europa.

Antes de irse, Máximo construyó la estación e hizo llegar el ferrocarril al pueblo, para facilitar e impulsar el crecimiento del lugar. Pero no todo fue color de rosa para él. Su familia quedó fascinada con el modo de vida europeo y se oponían a volver, por lo que tuvo que venirse solo, y los vaivenes de la economía nacional le jugaron una mala pasada. Don Máximo se vio obligado a vender aproximadamente 10.000 hectáreas para poder acomodarse económicamente, pero su tristeza por el no retorno de su amada esposa todavía no cesaba. Alejada de la vida del campo y acostumbrada a la nueva vida, se negó a volver y lo más cerca que llego fue Montevideo. Entonces, él se jugó su última carta, mandó a construir una enorme mansión, de una sola planta, estilo italiano de construcción en H como se acostumbraba en la época, dotándola de todo lo necesario para el confort en pleno desierto. La llamó “La Matilde”, ya que ese era el nombre de su mujer. Pero Matilde no regresó, y entonces Máximo, tomó una medida radical: vendió todo y se marchó a Barcelona, lejos de los inconvenientes familiares.

En 1904 es adquirida por Juan Francisco Salaberry y doña Matilde, su esposa. Al compartir de casualidad el nombre de la anterior dueña de las tierras, el nombre de la estancia “La Matilde” se mantuvo, y también el disgusto de la señora de la casa por vivir en el campo. A la nueva Matilde, igualmente, se le presentó recién luego de varios años viviendo allí, y en esos primeros años fue que impulsó la construcción de una iglesia de estilo neogótico, una escuela, un club, y varios negocios más. Debido al descontento de Matilde por vivir tan aislada de la vida social, queriendo evitar que ella se vaya tal como le sucedió al dueño anterior, Salaberry hizo unas modificaciones en la estancia para sumarle aún más excentricidades. Contrató al prestigioso paisajista francés Carlos Thays para que diseñe un bello parque que adorne la casona, hizo una pileta gigante, y construyó un zoológico privado, que contaba con pájaros y peces exóticos, pumas, leones, y hasta un oso polar, al que mantenían con una fábrica de hielo que trabajaba en el sótano de la casa las 24hs del día. Los Salaberry no reparaban en gastos, las jaulas de los leones están hechas con las rejas imponentes de la quinta Lezica, al transformarse en parque Lezica (actual parque Rivadavia en CABA).

Luego de un accidente con uno de los leones y una niña, nieta de un cuidador, los Salaberry tuvieron que deshacerse de los animales, y no tardaron en volver a caer en crisis y abandonar la estancia en 1929.

La estancia estuvo sin dueño hasta que fue comprada en el año 1942. Esta vez, el protagoniza fue Francisco Martín Suárez Zabala, el inventor del famoso analgésico Geniol. Lo primero que hizo fue cambiarle el nombre a la estancia, y llamarla “Montelén”, (montes de leña). Las tierras puestas nuevamente a producir sumaron millones a la fortuna de don Suárez, quien veía resurgir de sus cenizas a la estancia por tercera vez. Había cientos de personas trabajando, Montelén se hizo fuerte, pero a la larga tampoco pudo evitar la decadencia. Las nuevas industrias en la zona hicieron que el lugar comience a despoblarse, y el pueblo comenzaba a morir. Como si fuera poco, en 1974 un tornado destruyó la iglesia y la escuela, dos de las construcciones más emblemáticas de Montelén. Poco tiempo después, Suárez muere, y con él muere lo último que quedaba de la estancia.

Y así llegamos a nuestro tiempo, con un abandono de más de 40 años. La escuela y la iglesia están siendo visitadas turísticamente, pero la mansión quedó encerrada y olvidada en el corazón del monte, habitada solo por cientos de murciélagos, siendo casi imposible llegar sin ayuda de tecnología y muchas, pero muchas ganas y dedicación para atravesar los densos bosques que la rodean. Como si fuera leyenda, pero en la vida real.
(agradezco las fotos de Augusto Cárdenas)

Gentileza:

Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.

Puerto Madryn – Chubut.

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