San Rafael, Mendoza miércoles 30 de septiembre de 2020

La clave está en el límite – Por:. Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Cuando entraba en la adolescencia me prestaron un libro de tapa vieja y ajada. Sobre el autor, un tal Vic Logan, no había oído nunca pero lo que más me cautivó fue el título. El hombre que compró terror. Recuerdo que reflexioné sobre ese concepto mientras juntaba las ganas para comenzar a leer. ¿Cómo se compra el terror? Claro que no pensaba en las películas, las leyendas urbanas o en los antiguos relatos folclóricos. Maduraba la idea de un terror en su estado puro; una esencia sin destilar. Ahora que varios años han pasado desde mi encuentro casual con esa obra, pienso que vender terror empaquetado sería todo un éxito. En el hielo que invade nuestras venas cuando quedamos paralizados de miedo se filtra un instinto primitivo. Existe un sentirse vivo en el más profundo pavor, pero hay una línea que no se cruza. En aquella frontera nos volvemos intrusos y no existe mapa para volver a casa.

Siempre me gustó el terror. Aquellos que comparten mi pensamiento sabrán lo difícil que puede llegar a ser definir el por qué, ya que no existe un único motivo válido. No es el anhelo de sentirse atemorizado ni el efímero fogonazo de adrenalina que llega con cada sobresalto. Es algo que va más allá. Una perpetua búsqueda del sentir. En ese afán de recuperar una sensación tan primitiva, experimenté con cada elemento a mi alcance. Disfruté cada película, me sobrepuse a cada juego macabro y leí cada escalofriante historia que pude. Llegué a entusiasmarme con los súbitos estallidos de euforia que me invadían cuando algo inesperado me ocurría. Sin embargo, aquella vez no sucedió nada de esto. Aquella vez aprendí que existe un terror verdadero.

Quienes se consideran buscadores de aventuras o emociones tienen en claro que el sufrimiento no forma parte de la ecuación. Así como las personas que disfrutan el invierno no gozan de congelarse hasta los huesos, los amantes de las emociones fuertes no cruzan la delgada línea entre placer y exceso. Por lo menos no de manera intencional. Ese paso de más suele arrojarlos al acantilado vacío de la existencia verdadera y escalar nuevamente hacia la superficie es una tarea demasiado ardua como para realizarla constantemente. La clave está en ese límite. La línea imaginaria que nuestra frágil mente traza sobre el escenario imaginario y que, a pesar de no ser palpable, es tan real como el sol por las mañanas. Atreverse a ir más allá de ese límite es jugar con fuerzas que terminarán por sobreponerse, aplastándonos bajo la fragilidad de nuestra propia condición humana.

Ese día no había un división entre lo permitido y lo que está más allá, simplemente porque la posibilidad de un desafío tal ni siquiera había sido considerada. En nuestra cotidianeidad no solemos configurar nuestra mente para marcar las fronteras de lo posible, porque rondamos mansamente entre los campos de lo conocido y que anticipado. Somos el ganado que conoce a la perfección los límites de su corral. El campo se expande ante nosotros hasta donde alcanza la visión por el simple hecho de que lo hemos transitado día tras día en una agobiante rutina que carece de la capacidad para sorprendernos. Pero cuando la calma de esta pantalla se quiebra, se filtra un aire frío que nos obliga a buscar la fisura. En esa búsqueda quedamos a merced de lo inesperado y en ese reino no tenemos ningún poder.

La pesadilla que sirvió de prólogo a aquel día fue descartada rápidamente. Mi mente no consideró importante retener detalles sobre aquel sueño confuso, pero optó por dejar atrás un dejo de leve angustia indefinida. Aplastada aquella angustia por la vertiginosidad de la jornada laboral, la mañana transcurrió como siempre lo había hecho. El desayuno ligero fue consumido más por costumbre que por placer y se perdió bajo el velo del tiempo matutino. Si es que acaso existe algún dios, sabrá que nada fuera de lo común ocurrió durante ese tiempo. Simplemente otra mañana más, tan intrascendente que ni siquiera puedo recobrar de mi memoria qué día de la semana era. No, lo que merece la pena contar sucedió después; con los sentidos funcionando plenamente y el cerebro procesando todo con absoluta normalidad. La pantalla de lo habitual comenzó a rasgarse poco a poco. El aire gélido entró silencioso como una sombra invisible.

Comenzó por mi visión. Las siluetas se tornaron difusas y borrosas mientras que todo a mí alrededor se enfrascaba dentro de un túnel oscuro y vacío. Luego le llegó el turno a mis oídos. El sonido de la mañana se ensordeció y solo me llegaba el débil retumbar de un corazón que empezaba a acelerarse. La mezcla de los elementos desató una reacción alquímica donde la paz se convirtió rápidamente en una confusión espontánea y caótica. El aire se volvió denso. Era casi imposible respirar y cada bocanada tenía el sabor metálico de la sangre. Mis manos comenzaron a temblar de forma incontrolable. No podía comprender lo que sucedía y esa incapacidad de unir los puntos contribuía a incrementar los horribles síntomas de mi vulnerado cuerpo. El espacio de mi cuarto se encogió de golpe. Ya no me encontraba en un lugar seguro, sino sumido en la oscuridad palpitante del vacío más profundo.

No hay aire. No hay aire que respirar.

Mi mente manda señales a todo el cuerpo intentando hallar una solución a esta crisis inesperada, pero cada impulso eléctrico termina en un callejón sin salida. Mi boca está seca. Mis ojos solo contemplan el insondable vacío que había consumido todo. Las palabras desaparecen y se funden con la sombra. La sangre corre furiosa pero no llega a ningún lado. Puedo sentir el latido del corazón como si fuera a reventar en cualquier momento, mientras que el mundo se consume.

Estoy solo en el vacío. ¡Estoy solo! ¡ESTOY SOLO!

¡Está pasando otra vez!

 

 Gentileza:

 Lic. Lucio Ravagnani Navarrete 

EMAIL: ravagnani.lucio@gmail.com

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