San Rafael, Mendoza miércoles 28 de octubre de 2020

 Isla de uno mismo – Por:. Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

El proceso emprendido hace siete meses ha redefinido una gran parte de nuestra realidad. Se quitó el polvo a los viejos planos de la vida y se comenzó a buscar dónde habíamos ensamblado mal las piezas. Porque, aunque la negación fuera intensa, la realidad era esa: algo encasquillaba la maquinaria de nuestro existir. Una de los muchos elementos que se trajeron a la luz fue el lenguaje y con él los términos que se volvieron tendencia. El que se volcó sobre un laberinto de calles desiertas fue el de aislamiento. Relacionado al ámbito carcelario y enjaulado allá lejos donde no lastimara la vista, el aislamiento evolucionó hasta que lo sentimos tan propio como nuestro nombre. Sin que nos diéramos cuenta se coló en nuestro léxico cotidiano y de ahí extendió sus raíces hasta volverlas cimiento sobre el que asentamos nuestro día a día. Aislarse de los amigos fue duro, así como lo fue el imposible de abrazar a nuestra pareja o a la familia que había quedado tan lejos. Pero algo más se erigió sobre las arenas frescas de esa nueva sensación. Nos volvimos una isla desierta excepto por el andar permanente de nuestra propia conciencia. Allí no viajaron Silver ni Hawkins porque el tesoro estaba perdido entre la vegetación fantasmal de nuestro ego más torturado. Los fantasmas personales rondaban las costas del día y por las noches ahogábamos el grito en la almohada para que no nos oyeran los tiburones de la memoria. Qué hubiéramos dado por ser Gregorio Samsa y no esa arena rodeada por el agua de la incertidumbre.

Pero fuimos isla y los puertos cerraron a la medianoche.

El infierno no es el otro,

el infierno es uno mismo.

Un envase ajado y roto

arrasado por un sismo.

 

Ave de vuelo quebrado,

ahoga el cielo su trino.

Canal de un mar congelado

al nao encierra el camino.

 

De este laberinto oscuro

no se sale por arriba.

Antes puerta, ahora muro

ya no existe una salida.

 

Ya la casa fue tomada

y afuera te reja el frío.

La esperanza arrebatada,

todo lo invade el hastío.

 

Apagó la luz el faro,

la niebla escondió el sendero.

Llueve y llueve sin reparo;

ningún futuro es certero.

 

Gentileza:

 Lic. Lucio Ravagnani Navarrete –  ravagnani.lucio@gmail.com

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