San Rafael, Mendoza jueves 01 de octubre de 2020

El complot de las palomas. Parte 2 – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Despertó con aquella sensación de no saber cuánto tiempo había pasado. Girando la cabeza sobre la almohada arrastró un delgado hilo de baba transparente que rodaba por su brazo. Sería la cabeza embotada, como si durante aquella calurosa siesta alguien hubiera remplazado su cerebro por bolas de algodón. Apenas había logrado enfocar nuevamente la vista, cuando un golpe lejano lo obligó a incorporarse de un salto. Con los sentidos aturdidos pero funcionando, hizo un gran esfuerzo por concentrarse en el origen del ruido. Por suerte, su razón aún se encontraba intacta. Sin duda el postigo de alguna ventaba abierta por el calor había golpeado la pared. Pero al cabo de unos segundos el ruido se sintió de nuevo, esta vez con mayor claridad. Algo frágil se había quebrado.

Avanzó arrastrando los pies por el pasillo, apoyándose sobre el empapelado bordó de la pared mientras intentaba desprenderse de una almohada invisible. Evidentemente el sueño había sido largo, pues ahora el estómago vacío gruñía levemente cada pocos pasos. Al cruzar el umbral de la cocina, todo se esclareció. Alguien, un peatón o un auto que avanzaba rápido por la calle de tierra, había roto una parte de la ventana que daba sobre la bacha de la cocina. Levantó los vidrios, con cuidado de no cortar sus pies descalzos, y los envolvió con el papel de un viejo diario. Sobre un borde quebrado del vidrio había quedado lo que parecía ser una pelusa de estación. Gris, suave y pequeña.

El silencio era absoluto. No más arrullos. No más aleteos.

Finalizada la limpieza, abrió la heladera sin esperanza de encontrar nada apetitoso. Cuando fue a revisar las alacenas, vio que estas se encontraban abiertas. Comenzaba a preguntarse sobre ese hecho en el momento que reconoció, al fondo del estante, un recipiente con frutos secos. El frasco estaba abierto, pero difícilmente su contenido se podría haber echado a perder en un clima como aquel. Levantó la comisura del labio en un típico gesto de conformismo y, aún no del todo satisfecho, fue a ocupar un lugar en el sillón.

Aquel silencio era un clarín de victoria que invadía el campo de batalla hogareño. Un grito sordo de triunfo del hombre sobre la bestia. Una insignia invisible de responsabilidad adolescente. Ahora, en la profundidad de la tarde, existía solo el sonido de sus muelas triturando aquellos duros frutos que resultaban más salados de lo esperado. Cuando su mirada se dirigía al ventanal, una tos repentina le hizo escupir el puñado semimasticado de semillas que tenía en la boca. En el instante en que se agachó para limpiar aquel enchastre, un profundo terror lo paralizó. Su pupila, reducida por la luz y el horror, fulminaba aquella imagen. Mezclado entre las almendras y las nueces había pequeños granos de maíz.

Ruuuu.

Levantó la cabeza mientras sus ojos se empañaban con lágrimas involuntarias de una tos nociva. Desde las aspas inertes del ventilador, las palomas lo miraban fijamente.

 

 

AUTOR: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

 

EMAIL: ravagnani.lucio@gmail.com

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