San Rafael, Mendoza viernes 25 de septiembre de 2020

«El Infierno en mis ojos»- Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Algunas semanas atrás terminaba yo una extensa jornada laboral. Al cansancio de mi mente se le sumaba la típica comezón en los ojos, enrojecidos ante el perpetuo brillo de la pantalla. En un acto automático, un alivio momentáneo del inconsciente trasladado, levanté mi mano izquierda para frotar los parpados cansados. Sin embargo, a centímetros de hacer contacto, algo me detuvo. No fue el terror infundido a la fuerza por la actual pandemia de perpetua incertidumbre, sino algo más antiguo. Algo que había quedado grabado a fuego en los bastos campos de mi memoria abarrotada. Aquello que había frenado mi mano era el fantasma invisible de mi ‘yo’ pasado.

Una noche, de un tiempo perdido en el recuerdo, la misma picazón me castigaba de forma perenne. Distraído, procurando no sacar la mirada de la pantalla que me entretenía en aquel momento, di rienda suelta al placebo automático de una mano contra el ojo. Complacido, continué mi actividad sin inmutarme hasta sucumbir ante un sueño anhelado; el sueño de quienes duermen sin despertador. Pero la jornada siguiente no requirió de ninguna ayuda electrónica para arrancarme del plano onírico. Algo ardía con bravura en mi ojo izquierdo. Una llama engendrada por la braza de una acción inocente. Durante la noche había anidado en mi vista una maldición antigua y popular. Un demonio de antaño, cuyo nombre original hoy se desconoce, pero que la lengua de los mortales ha designado como Conjuntivitis.

La agonía era indescriptible. Este embrujo de fuego me cegaba día y noche, inmune a la medicina conocida y exento del alivio del agua. Hora tras hora me privada del descanso anhelado y me arrastraba a la locura de verme sumido en una realidad que, otrora familiar, ahora se desdibujaba con un manto de tiniebla. Las semanas acumuladas hicieron que mi mente forjara el oscuro deseo de la enucleación. El horror, alimentado por el cansancio, me invadió con la fantasía de una vida perpetuamente en este estado. La desesperanza se asentaba.

Sin embargo, un día llegó el alivio. La maldición comenzó a perder su fuerza y aquel súcubo, que tantos días había danzado sobre mi vista herida, pereció frente a un giro del destino.

El manto rojo se había retirado y el escenario del hogar volvía a tomar su forma conocida. Decidí entonces extraer hasta la última gota de veneno que podía quedar en mí y con ella inmortalizar lo sucedido. De las cenizas frías de aquel incendio, surgió el siguiente poema:

 

Hierve en mis ojos el alba,

furia rubí en mis pupilas.

Y un grito rompe la calma

de la mañana tranquila.

Inmensa piel de mis ojos,

que esconde averno mortal.

Arde un gran bracero rojo,

en mirada matinal.

Quema el infierno mi vista,

llorando gotas de fuego.

Cual pócima de alquimista,

Cual vil y endiablado juego.

Escozor de mil demonios

que anidan en mi retina.

Danzan en ritual jolgorio

Y orinan agria toxina.

¡Que alguien me libre! imploro,

y me retuerzo de dolor.

Pues de este mal no mejoro

Y muero ya en este horror.

 

Gentileza:

 Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

ravagnani.lucio@gmail.com

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedinmail