San Rafael, Mendoza martes 29 de septiembre de 2020

Desveladas teorías conspirativas. I -Por:.Beatriz Genchi

Bariloche 01/12/19 Torre Sarracena (Antu-malal) construida por Alejandro Bustillo, en la Península San Pedro, a unos 20 km del centro de Bariloche. Foto: Marcelo Martinez

Adolfo Hitler murió tranquilo, en 1959, a los 70 de edad, mirando un lago y una montaña en el sur argentino. En realidad, no: murió en una base secreta de la Antártida, habiendo puesto en marcha una alianza entre los nazis y los alienígenas reptiloides para dominar el mundo, con los alemanes yendo con el 25 por ciento del negocio.

Como el führer alemán se rehusó a entregarse, tenía miedo de que Stalin lo exhibiera en una jaula, algo que probablemente él hubiera hecho de capturar al soviético, su final en Berlín, en mayo de 1945, dio pie a todo tipo de leyendas.

Bariloche 01/12/19 Torre Sarracena (Antu-malal) construida por Alejandro Bustillo, en la Península San Pedro, a unos 20 km del centro de Bariloche. Foto: Marcelo Martinez

Son cuentos que han florecido y se han complejizado hasta transformarse en una pseudociencia rentable, apasionante y con variantes “seria” y “pop”. Los campeones de este deporte mental son los argentinos y estadounidenses. Ellos publican jugosos best sellers con “investigaciones científicas” y “documentación hasta ahora secreta”. Los nuestros rastrean submarinos enterrados, entrevistan patagónicos de la tercera edad y hasta publican guías turísticas mostrando las casas de Hitler en el sur.

El origen del mito es la oblicua manera de morirse del austríaco que llegó a dictador de Alemania. Después de desatar la mayor masacre en la historia humana, Hitler decidió coherentemente escapar al castigo. Así como se cuidó de no dejar un papelito que mostrara que ordenó el exterminio masivo de judíos, gitanos y demás, se obsesionó con que sus conquistadores no tuvieran un cadáver para exhibir. La historia es bien conocida: Hitler se casa con Eva Braun, su novia 25 años más joven, brinda, dicta su testamento, toma veneno y además se pega un tiro, como para que no digan que murió mariconeando. El problema de esta historia es que es aburrida, anticlimática, fría. Nadie se la quería creer: desde Stalin hasta Eisenhower, pasando por el inconmovible Churchill, medio mundo expresó en la posguerra temprana sus dudas de que Hitler estuviera muerto.

Gracias al golpe del 43 y a Perón, los fantasiosos del mundo tuvieron fácil el escenario del exilio secreto de Hitler. Es natural: si Perón trajo a cientos y cientos de nazis, si Mengele, Eichmann, Priebke, Schwammberger y tantos otros cretinos tuvieron refugio por aquí, ¿por qué no Hitler?

Hace como 15 años, el FBI realimentó el mito confesando su parte en crearlo. Fue cuando publicaron papeles de época que pasaron su medio siglo de secreto. El pecado fue cometido en informes de septiembre de 1945 -cuatro meses después de la rendición alemana y menos de uno de la japonesa– que explican que un agente del Bureau se encontró con un alemán que le contó una historia chocante. El encuentro fue en Los Ángeles de la novela negra, en un restaurante de Hollywood el alemán informó que había sido parte de la delegación de cuatro hombres que recibió a Hitler en la Patagonia. El führer, según el marino, llegó a Península Valdés en Chubut en un convoy de dos submarinos 17 días después de la caída de Berlín. Este informe del FBI detalla que el primer submarino se acercó a la costa a las once de la noche y el segundo un par de horas después. De este último desembarcó Hitler, acompañado por dos mujeres. En total, llegaron cincuenta alemanes que al salir el sol comenzaron su viaje rumbo a la cordillera. Aquí aparece el primero de una larga serie de errores, descuidos y delirios: según el informante, “seis altos oficiales argentinos” habían provisto caballos para que la comitiva llegara al “ranch” preparado para Hitler al pie de las montañas. El informe reporta sin pestañear que los alemanes habrían cruzado la Patagonia, a caballo, en cosa de doce horas: para la noche estaban en casa.
Con variaciones en el medio de transporte, en otras versiones, van en auto. El mito estaba creado: submarinos, costas exóticas, lejana Patagonia salvaje, llenas de “colonias alemanas”. En estos años, el cuento fue cambiando de acuerdo con la moda, incorporando ingredientes que el FBI de 1945 no conocía, como la manipulación genética y los platos voladores.

La versión “seria” más reciente del mito es de Patrick Burnside, autor de El escape de Hitler, que afirma haber pasado diez años investigando hasta descubrir dónde murió el führer. Lo que en realidad hizo Burnside, que adoraba el cuento, fue creerse cada bola que le rodara cerca, y adjudicarle a Hitler una temporada en la estancia de cada alemán rico que pudo encontrar al pie de los Andes. El resultado es algo confuso y vueltero, pero listo para que alguien lo filme.
La semilla, cuenta el autor, fue el padre Cornelius Sicher, párroco de la aldea de Monclassico, en la región italiana que fue austríaca hasta el fin de la Primera Guerra Mundial. Resulta que Sicher fue amigo del almirante Canaris, jefe del servicio secreto militar alemán, submarinista veterano y alguna vez joven oficial naval que tuvo una peripecia formidable.

Siendo teniente, Canaris sirvió en la escuadra alemana que desafió el dominio británico del Atlántico sur y fue destruida en 1915 en la batalla de las Malvinas. Junto a buena parte de los sobrevivientes, Canaris fue internado en el Chiloé, en una escuela naval chilena. Al tiempo se escapó, cruzó a pie el macizo andino, llegó a la Patagonia de una Argentina neutral, fue ayudado por inmigrantes alemanes y, después de varias aventuras, volvió a Alemania, donde se hizo submarinista.
Burnside hizo click: jefe de inteligencia + Patagonia + alemanes residentes. El curita le terminó de regalar el mito: antes de morir, Canaris le habría contado que la armada alemana le había preparado “un jardín al führer” como refugio. Adivinen dónde quedaba el jardín.
Los siguientes años Burnside los pasó “reconstruyendo” la huida. El cuento tiene momentos delirantes, como la descripción de una reunión de pilotos en la Berlín bombardeada y ya sitiada por los soviéticos para ver cómo sacar a Hitler de la ciudad en un helicóptero. Tal vez porque el helicóptero todavía no se había inventado y nunca nadie encontró un prototipo alemán en los talleres capturados, Burnside decide retomar el gastado testimonio de un piloto y un radioperador de un Junker 52, que juran haber visto a Hitler, de uniforme, subiéndose a la cabina de un Arado 234B, uno de los primeros jets operacionales del mundo –esto sí un invento alemán– el 30 de abril de 1945. Los aviadores afirmaron que se sorprendieron mucho de escuchar, esa misma noche, que su líder se había suicidado en Berlín.
El “investigador” agrega entonces que Hitler voló en el jet –al que le inventa capacidades insólitas en velocidad y altura de crucero– hasta Dinamarca, de donde pasó en un avión más convencional a Noruega, para embarcar en una flotilla de submarinos con rumbo sur. Burnside inserta aquí la rendición de dos submarinos alemanes en bases navales argentinas, meses después de la caída de Berlín, repasa el hundimiento de un buque militar brasileño y hasta critica al húngaro residente en Argentina Ladislao Zsabó, que dedujo que otros submarinos llevaron al führer a la Antártida. Según Burnside, los nazis tenían la curiosa costumbre de decirle “Antártida” a la Patagonia, de ahí la confusión… continuara.

Gentileza: 

Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.

Puerto Madryn – Chubut.

 

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