San Rafael, Mendoza lunes 28 de septiembre de 2020

8 cosas que nos parecen muy modernas, pero que ya hacían los romanos

El emperador Augusto, representado con el velo de pontífice máximo, en una estatua del Museo Nacional RomanoEl emperador Augusto, representado con el velo de pontífice máximo, en una estatua del Museo Nacional Romano. Heritage Images Getty Images

Los romanos ya pintaban grafitis, compraban comida callejera y se quejaban de los caseros

Nos consideramos herederos, al menos en parte, de los romanos. Fundaron muchas de nuestras ciudades, nuestra lengua procede del latín e incluso carreteras y autopistas se han construido sobre antiguas calzadas romanas.

Aunque a veces también nos sentimos, por suerte, lejanos a muchos aspectos de su cultura, como la esclavitud, las guerras de conquista o las luchas de gladiadores. Como recuerda a Verne el historiador y divulgador Néstor F. Marqués, cuando vamos a los conceptos que hay detrás de algunas de estas manifestaciones culturales, vemos que no es tan difícil encontrar paralelismos entre muchas de sus actitudes y las nuestras. ¿Es diferente la admiración por un auriga que la que sentimos por un futbolista?

1. Pintar grafitis. Dejar mensajes en las paredes “debió ser bastante habitual en las grandes ciudades”, nos contaba Ana Mayorgas, profesora del departamento de Historia Antigua de la Universidad Computense de Madrid, con quien hablamos para un artículo sobre los grafitis de Pompeya. Esta ciudad tenía entre 10.000 y 20.000 habitantes cuando quedó sepultada por la erupción del Vesubio en el año 79, y se conservan más de 11.000 grafitis en sus muros. De hecho, que estas pintadas sean tan frecuentes, explicaba Mayorgas, es uno de los indicadores de que “amplias capas de la población tenían la capacidad de leer al menos algunas frases”.

¿Y qué escribían los romanos? Pues se trata de textos muy cortos y mensajes muy directos. Aparte de los “Satura estuvo aquí” y similares, hay mensajes de carácter amoroso y sexual, anuncios de vendedores de puestos y comercios, y eslóganes electorales. Otro grupo importante es el de la reproducción de versos conocidos, sobre todo de la Eneida. También había algo de Tripadvisor clásico («Pagarás por tus trucos, posadero. Nos vendes agua y te quedas el buen vino para ti»). Y Marqués nos apunta una que le recuerda a Twitter: “Me admiro, pared, de que no te hayas derrumbado, teniendo que soportar tantas tonterías escritas sobre ti”.

2. Difundir noticias falsas. Marqués explica que algunas de estas pintadas en las paredes eran comparables a los bulos que vemos en el muro de Facebook. Por ejemplo, uno de estos grafiti aseguraba que “el gremio de los ladrones y de las prostitutas” apoyaba a un candidato a las elecciones locales. Quizás, como en los bulos actuales, no se lo creyera mucha gente, pero queda claro que la difamación (y la burla) no es un arma política solo de nuestra historia reciente.

Marqués es precisamente autor del libro Fake news de la antigua Roma y nos explica por teléfono otros casos sonados de campañas de difamación. Por ejemplo, muchas de las historias que nos han llegado sobre los emperadores, como los excesos de Calígula, Nerón y Domiciano. En general, los emperadores asesinados eran demonizados tras su muerte. En cambio, como escribe Mary Beard en SPQR, a los que lograban morir en la cama y organizar su sucesión, se les recordaba como generosos y devotos con Roma.

Marqués apunta que la historia la escriben los vencedores. Tanto Suetonio, autor de Vidas de los doce césares, y Tácito, autor de los Anales, trabajaban para el emperador Trajano. ¿Y qué mejor para hacer quedar bien a este emperador que hablar mal de los anteriores? Por ejemplo, Marqués cuenta que Domiciano, recordado como un tirano cruel, fue un emperador “muy eficiente, buen administrador, perfeccionista y recto”. Como muestra, las monedas de plata y oro de su reinado tenían un 99% de pureza, lo que significaba que las cuentas estaban saneadas.

3. Organizar campañas electorales. Hemos mencionado que había elecciones: los romanos podían dedicarse a la carrera política y judicial, con cargos sometidos a elecciones. Sobre todo, durante la República, aunque durante el Imperio también hubo votaciones anuales de cargos locales. Eso sí, no había sueldo, por lo que solo podían dedicarse a esta carrera los privilegiados.

De hecho, costaban dinero. Marqués explica que los candidatos pagaban obras públicas, como la nueva pavimentación de una plaza, por ejemplo. Presentarse a las elecciones para cargos como pretor o cónsul incluía un nivel de generosidad que en ocasiones «no siempre era fácil de distinguir del soborno”, escribe Beard, que añade que los políticos romanos contaban con recuperar lo invertido (y algo más) durante el ejercicio del cargo.

Cicerón denunciando a Catilina en el senado, en un fresco de Cesare Maccari (1899)

También se celebraba algo parecido a los mítines: las contiones, que se organizaban antes de las asambleas y en las que los candidatos intentaban atraer el voto de los ciudadanos con discursos y debates (Cicerón dio su segundo y cuarto discurso contra Catilina en contiones, explica Beard en su libro). Incluso había “pegada de carteles”, apunta Marqués. Durante la campaña, los candidatos mandaban pintar eslóganes a su favor en las paredes de la ciudad. Estos trabajadores (o seguidores) salían por la noche en grupos que tenían diferentes tareas asignadas: uno de ellos blanqueaba la pared, otro delineaba las letras y un tercero sostenía una lámpara de aceite.

4. Admirar a deportistas famosos. Los gladiadores y, sobre todo, los aurigas eran admirados por los aficionados a los juegos y a las carreras. El Circo Máximo, donde se celebraban las carreras de cuadrigas, podía acoger a unos 250.000 espectadores, en una ciudad de un millón de habitantes en el siglo I. Marqués, que compara estas carreras a la Fórmula 1, pone como ejemplo a Cayo Apuleyo Diocles, auriga lusitano cuya carrera deportiva quedó recogida en una lápida levantada por sus admiradores. Diocles se retiró habiendo acumulado una fortuna que, según algunos cálculos, le convertiría en el deportista mejor pagado de la historia.

Juvenal (el mismo que criticó lo del “pan y circo”) creía que los romanos admiraban demasiado a los gladiadores. Un poco como cuando alguien se queja de la atención que dedicamos a Ronaldo y a Messi. Escribe con desprecio en una de sus Sátiras acerca de Eppia, la mujer de un senador que tuvo un romance con un gladiador llamado Sergio. Este luchador tenía un brazo lesionado y la cara llena de cicatrices: “¡Pero era un gladiador! (…) Por esto lo prefirió a hermanos y marido: la espada es lo que les gusta”. Marqués añade que a los gladiadores se los veía como personas diferentes e increíbles. Había hasta leyendas urbanas, como que su sangre era afrodisiaca.

Las ruinas del Circo Máximo. Elizabeth Beard (Getty Images)

5. Hacerse el snob con los vinos. Según explica Mark Forsyth en Una borrachera cósmica, los romanos fueron los primeros en preocuparse por la procedencia, la variedad y el año de la cosecha de los vinos. Marqués menciona, por ejemplo, un cartel publicitario de una taberna en Herculano en el que aparecen varias jarras, cada una con un precio diferente según su calidad y antigüedad.

Cartel con publicidad de diferentes tipos de vino, en Herculano. Werner Forman Archive (Getty Images)

Uno de los mejor valorados era el del monte Falerno, cerca de la actual Nápoles, un vino blanco que se envejecía durante diez años. Y la cosecha más famosa era la del 121 antes de Cristo, el falerno opimiano, llamado así por Opimio, el cónsul de ese momento (las cosechas se marcaban con el nombre del cónsul, que cambiaba cada año). Se supone que lo bebieron Julio César (unos 60 años más tarde) y Calígula (160 años después). El poeta Marcial calificó a este vino de “inmortal”, pero difícilmente sería algo tragable tras tantas décadas. De hecho y como cuenta también Forsyth, muchos de los sellos para vinos antiguos eran probablemente falsos.

6. Quejarse del casero. Los edificios de apartamentos (insulae o islas) eran muy habituales en Roma. Según escribe Mary Beard en SPQR, eran “oportunidades de inversión atractivas para sus propietarios”. Como el propio Cicerón, que en una carta comentó que uno de sus edificios estaba a punto de desmoronarse y se habían ido “no solo los inquilinos, sino también las ratas”. Según Beard, no lo escribía avergonzado, sino con sorna y superioridad.

En estos edificios, las viviendas menos cómodas y espaciosas estaban en los pisos de arriba, sin espacio para cocinar o lavar. Y, lo que es peor, con una huida muy difícil en caso de incendio, que eran frecuentes. En otra de sus sátiras, Juvenal escribe que la ciudad “en su mayor parte se apoya sobre una endeble viga; pues con ella el casero impide la caída y, una vez que ha cubierto la apertura de una vieja raja, nos aconseja que durmamos tranquilos ante el inminente derrumbe”. Aunque las leyes de vivienda han cambiado mucho desde entonces, más de uno leerá estas líneas escritas hace más de 1900 años y recordará el último apaño que le hizo el casero: “Como nuevo. Deja un cubo aquí para el agua, no hables muy alto y mejor no abras la ventana por las tardes. Pero como nuevo”.

7. Comprar comida callejera. Los romanos acomodados podían cocinar y comer en casa; el resto y como se ha podido ver en el apartado anterior, lo tenía más difícil: en caso de querer algo que no fuera el equivalente a un bocadillo, había que visitar bares y tabernas.

Además de sentarse en estos establecimientos, en ciudades como Pompeya y Herculano aún quedan en pie termopolios, establecimientos donde uno podía comprar comida preparada para llevar. Tenían un mostrador con agujeros en los que se colocaban los recipientes de barro con comida fría o caliente. Marqués apunta que a mediodía era habitual comer poco, rápido y por la calle si, por ejemplo, uno no tenía tiempo para regresar a casa. La comida importante era la cena (a las cinco o seis de la tarde, o a las siete si se trataba de un banquete). Quien podía, por cierto, se echaba un meridiatum, es decir, una siesta.

Termopolio en Pompeya. PHAS (Getty Images)

8. Leer el periódico. Uno de los pequeños placeres de la vida moderna es salir a dar un paseo (con mascarilla), comprar el diario y leerlo en una terraza, respetando la distancia de seguridad. Hasta el siglo XVIII no hubo diarios, pero los romanos tenían algo parecido a su disposición. Podían acercarse al foro, donde cada día se colgaba una copia del Acta diurna populi romani (los hechos diarios del pueblo de Roma).

En el Acta, que algunos mandaban copiar a mano para enviar y distribuir por todas las provincias, había propuestas de leyes, fragmentos de discursos y resúmenes de lo ocurrido en el senado. La decisión de colgar este diario fue de Julio César. No lo hizo para acercar las decisiones políticas al pueblo. Como explica Tom Standage en Writing on the Wall, su objetivo era mostrar cómo los senadores se oponían a sus políticas populistas, para contar con el apoyo de los ciudadanos y cimentar sus ambiciones para consolidarse como dictador.

Al cabo de unos años, el Acta empezó a incluir información al margen de la política, como funerales y divorcios, además de hechos curiosos que Plinio el Viejo recogería en su Historia Natural. Por ejemplo, una historia que hoy en día sigue publicándose de vez en cuando, aunque con otros protagonistas, claro: un perro se negó a abandonar el cadáver de su amo, llegando a intentar rescatarlo cuando lo arrojaron al Tíber.

Además del Acta, Marqués recuerda el papel de los voceros o pregoneros (praeco). Eran empleados del Estado que informaban en el foro de las noticias del día y que también podían anunciar las horas, ejerciendo de relojes humanos.

Fuente:https://verne.elpais.com/verne/2020/08/25/articulo/1598361795_625633.html
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