San Rafael, Mendoza domingo 27 de septiembre de 2020

Mercaderes del espacio

Frederik Pohl, uno de los autores de la obra 'Mercaderes del espacio', en la década de los 70.Frederik Pohl, uno de los autores de la obra ‘Mercaderes del espacio’, en la década de los 70.

Si atendemos a las leyes físicas, la conquista del espacio empezó inmediatamente después de haber sido creado el tiempo. Ahora viene dada por la escasez de recursos energéticos

Adivinar el futuro es el segundo oficio más antiguo del mundo. El primero es contar historias. Por eso, la ciencia ficción es el género tradicional por antonomasia, la categoría literaria más libre y remota de todas; el único género que permite al instinto anticipatorio introducir elementos de un futuro posible.

La novela Mercaderes del espacio fue publicada en 1953 y en ella se nos cuenta cómo la Tierra está bajo el dominio de las empresas y de la propaganda de productos. Confundir necesidad con deseo es el objetivo primordial de la publicidad, y eso es a lo que se dedica el protagonista de la novela, un tal Mitchell Courtenay, ejecutivo de una agencia publicitaria y encargado de elaborar la campaña para el Proyecto Venus, un plan programado para colonizar dicho planeta.

Con un sentido del humor llevado y traído con toda su carga crítica, los autores Cyril Mary Korbluth y Frederik Pohl sitúan el mercado como institución dominante; un monstruo de apetito insaciable que ejerce su dominio sideral sobre el ser humano. La novela acaba de ser reeditada en estos días por Minotauro, y es de esas lecturas imprescindibles, no solo para pasar un buen rato, sino para comprender que nuestro presente fue futuro predecible un buen día del pasado. Para jugar con los tiempos a la manera de Korbluth y Pohl se hacen necesarias toneladas de inteligencia.

Es de esas lecturas imprescindibles, no solo para pasar un buen rato, sino para comprender que nuestro presente fue futuro predecible un buen día del pasado

Dominar el planeta en virtud del conocimiento científico se ha confundido con torturarlo hasta agotar sus recursos. Por ello, parece que no queda otra, y que en la próxima década va a ser habitual servirnos de la Luna como un puerto espacial con sus muelles de carga y sus mercancías suspendidas del gancho de las grúas. Un espacio de distribución donde será posible poner en marcha monstruosos cargueros que transporten mineral asteroide hasta nuestro planeta, exhausto y carente de recursos energéticos. Porque hace unos años —bajo el mandato de Obama— se aprobó una nueva ley en Estados Unidos por la que se legalizaba el aprovechamiento comercial del espacio. Atendiendo al precepto, la minería de asteroides va a ser el futuro de las inversiones.

Tan solo habrá que esperar hasta la próxima década. Entonces veremos cómo los asteroides, debido a su riqueza mineral, van a ser explotados comercialmente como fuentes energéticas. No hace falta imaginarse los reclamos publicitarios que nos anunciarán las ventajas de la inversión en asteroides. Tampoco va a hacer falta imaginarnos la Luna como puerta de entrada a planetas del sistema solar, ni los viajes programados, ni la oferta de viviendas en Marte o en Venus. Estas cosas ya las imaginaron por nosotros Korbluth y Pohl en una novela que presenta la distopía en la que nos vamos a ver inmersos la próxima década.

Si atendemos a las leyes físicas, la conquista del espacio empezó inmediatamente después de haber sido creado el tiempo. Ahora, la conquista del espacio exterior viene dada por el ser humano ante la escasez de los recursos energéticos de nuestro planeta. Lo que duren los pocos recursos que quedan será, sobre todo, una cuestión de tiempo. Y, en un futuro próximo, la novela de Korbluth y Pohl se leerá como una broma de las que se gasta el conocimiento cuando combina ciencia, arte y revelación.

 

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