San Rafael, Mendoza jueves 01 de octubre de 2020

El filósofo y el soldado: Diógenes y Alejandro Magno – Por:.Beatriz Genchi

La Guerra del Peloponeso (431-404 a.C), dejó a toda Grecia en un estado de debilidad política y militar de la que nunca se recuperaría. Las constantes luchas entre los griegos propiciaron la intervención extranjera, que culminaría con la sujeción de toda la Hélade por parte de Filipo II de Macedonia y de su hijo Alejandro.

La debacle política-militar de los griegos, sin embargo, contrasta con el inicio de una época dorada de la filosofía helénica, especialmente en Atenas. Este es el tiempo de Sócrates y de su discípulo Platón, maestro a su vez de Aristóteles, quien sería, entre muchas otras cosas, el tutor de Alejandro Magno.

Más allá del tiempo de crisis en que les tocó vivir, Sócrates, Platón y Aristóteles seguían considerando a la “polis” como el modelo perfecto de organización política. Otros filósofos “menores”, lograron captar con agudeza este cambio de época, centrando sus reflexiones ya no en la “ciudad” sino en el individuo. Los “cínicos” fueron los más radicales.

Fundada por un alumno de Sócrates (Antístenes), el máximo representante de la escuela fue Diógenes de Sinope (412-323 a.C), a quien Platón llamaba “Sócrates delirante”. Toman su nombre del lugar donde su fundador enseñaba, el gimnasio “Cinosarges”, palabra que significa “perro blanco” o “perro veloz”, pero luego, el comportamiento excéntrico de Diógenes hizo que se los llamara “kinicos” (asimilándolos a los perros), una definición que Diógenes compartía, ya que admiraba la sencillez, la frugalidad y la desfachatez de los canes.

Existen muchísimas anécdotas sobre Diógenes y su comportamiento, algunas de las cuales fueron reflejadas por el arte. Su ideal consistía en la vida sencilla y despojada. Rechazaba los bienes materiales ya que consideraba que ataban a los hombres y les impedían ser libres. Su filosofía era una crítica radical a todas las convenciones sociales. Diógenes vivía en un barril, con su bastón y apenas cubierto. Consideraba que los dioses les habían regalado a los hombres una vida sencilla, pero que éstos la complicaban de forma innecesaria.

Una anécdota señala que salía a caminar por las calles de Atenas con una lámpara de aceite encendida al grito de “Busco un hombre, busco un hombre honrado que ni con el candil encendido puedo encontrarlo”.

Cuentan que la decisión del filósofo cínico de desprenderse de su escudilla y su cuenco, fue al darse cuenta de que un joven comía sus lentejas sobre un pan y luego bebía agua con su mano. Este muchacho, dijo, “me ha enseñado que todavía tengo cosas superfluas. Si come sus lentejas con un trozo de pan y cuando termina con ellas bebe agua con sus manos, no necesito ni mi escudilla ni mi cuenco».

Pero quizás la escena más famosa tiene que ver con su encuentro en Corinto con Alejandro Magno. Presto a partir hacia la conquista de Asia, Alejandro, en su rol de “Comandante en Jefe de la Liga de Corinto”, recibía las visitas aduladoras de los notables de la ciudad.

Pero él esperaba a Diógenes…

Como el filósofo no osó visitarlo, Alejandro (rodeado de curiosos) lo buscó en las calles. El historiador Plutarco narra el encuentro en su obra “Vidas Paralelas”. El diálogo, cuenta, fue más o menos de esta forma:

-Soy Alejandro Magno.
– Y yo Diógenes el Perro.
– ¿Por qué te llaman así?
– Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan y a los malos les muerdo.
– Pídeme lo que quieras.
– Quítate de donde estás que me tapas el sol.

Ante la sorpresa de todos, Alejandro le preguntó:
– ¿No me temes?
– Gran Alejandro, ¿te consideras un buen o un mal hombre?
-Me considero un buen hombre.
– Entonces… ¿por qué habría de temerte?

Frente a las burlas, las risas y el escándalo Alejandro pidió silencio.

– ¿Sabéis qué os digo a todos? Que, si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes.

Gentileza: Beatriz Genchi  – beagenchi@hotmail.com

Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.

Puerto Madryn – Chubut.

 

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