San Rafael, Mendoza sábado 05 de diciembre de 2020

Colón también se las vio en el Nuevo Mundo con esclavos que traficaron con esclavos

Manifestantes arrastran una estatua de Cristóbal Colón a un estanque...

Manifestantes arrastran una estatua de Cristóbal Colón a un estanque después de derribarla en Richmond (EEUU), el 9 de junio. 

El indigenismo latinoamericano que intenta tumbar las estatuas de Cristóbal Colón por medio mundo es contestado por los historiadores de «lo políticamente incorrecto»

Stephen Hawking no le parecía nada bien eso de andar mandando señales alegremente al espacio exterior. Estaba convencido de que si algún día los extraterrestres visitaban la tierra serían hostiles. Aplicaba al encuentro con los alienígenas la conducta humana, mediante la que una inteligencia superior sometería a la inferior, poniendo como ejemplo el viaje más alucinante, y el mayor choque de civilizaciones que ha conocido hasta el momento el planeta, la conquista de América.

El movimiento antirracista, antiesclavista e indigenista que anda purgando estatuas en el mundo occidental, viene precedido por el indigenismo latinoamericano. Un proyecto social y político que no reconoce las naciones americanas que «inventó el Renacimiento», como escribió Eduardo Galeano, y busca recuperar a los pueblos indígenas originarios. El pegamento de todos ellos son las ansias de represalia hacia unos cadáveres de españoles y portugueses de hace 500 años. El movimiento ha calado tan bien en la sociedad que, el año pasado, el presidente de México, López Obrador, trató de rentabilizarlo enviándole una carta a Felipe VI y otra al Papa exigiendo disculpas por aquello. Todavía insiste de vez en cuando.

Desde España, entre otras cosas, se le recordó su origen español y el de gran parte de una población que se tendría que pedir perdón a sí misma. Un problema menor en EEUU, donde Colón ni estuvo, y donde los conquistadores anglosajones se mezclaron poco con los nativos, según los historiadores, ya que preferían ejecutarlos directamente por su dificultad para considerar a los indios seres humanos.

Cuadro 'Homenaje del Nuevo Mundo a Cristóbal Colón', por José Santiago Garnelo.
Cuadro ‘Homenaje del Nuevo Mundo a Cristóbal Colón’, por José Santiago Garnelo.

El Día de Colón, que sobrevivía el 12 de octubre en Estados Unidos, ha pasado a llamarse Día de los Pueblos Indígenas en 130 ciudades de ocho estados del país. Antes ya se purgó en 2002 en la Venezuela de Chávez como Día de la Resistencia Indígena; en 2010 en Argentina, como Día del Respeto a la Diversidad Cultural, y en Bolivia, como Día de la Descolonización.

Al mismo tiempo, en este siglo, también había resurgido una literatura de ensayo políticamente incorrecta sobre las conquistas española y portuguesa. Siete mitos de la conquista española del antropólogo Matthew Restall es un buen ejemplo de la primera. Mientras el periodista Leandro Narloch convirtió la incorrección en superventas con Guía políticamente incorrecta de la historia de Brasil.

En ella Narloch empieza narrando en medio folio la historia políticamente correcta, pero no de Brasil, sino de cualquier país latinoamericano, en la que solo hay que cambiar los espacios con una X por un país latinoamericano, y las Y por un país rico el hemisferio norte. En el resto, todo es igual. Empieza con un pueblo pacífico e igualitario con una economía de subsistencia que de repente se ve sometido por un imperio que lo explota. Luego se ven liberados por un hombre «de gran coraje, esperanza y bigote», que trata de «disminuir las contracciones inherentes al capitalismo». Pero al herir los intereses de la nueva élite del país X, con el apoyo del país Y se masacra a los rebeldes. Y remata: «En consecuencia de tantos siglos de opresión, X vive hoy graves problemas sociales y económicos».

Estos días Narloch está aprovechando el derribo de estatuas para promocionar en Twitter su última obra, Esclavos, digna de acabar un día de estos en cualquier fogata en EEUU. En ella se citan hasta 60 ejemplos, documentados con partidas de bautismo, testamentos y cartas de libertad del siglo XIX, recopilados por el historiador brasileño Joao José Reis, de esclavos que tuvieron esclavos mientras eran esclavos. «No hay motivos para que el movimiento negro se irrite con la divulgación de estas historias, porque muestran a los negros, no como seres pasivos, como los retrató la historiografía marxista, sino como protagonistas que cambian conforme a los valores de su tiempo», tuitea Narloch, quien recomienda sus obras para quien quiera «distanciarse de la caza de brujas, y dejar de ver la historia como un proceso de condena».

Narloch abunda en lo que Restall denominó «el mito del conquistador blanco», a los que la historia políticamente correcta convierte en una especie de superhéroe o X-Men. Y que se resume en que difícilmente un puñado de hombres, que llevan meses en un barco para llegar al lugar más desconocido del mundo; y que a veces eran recibidos por pueblos caníbales con flechas envenenadas tras las que morían entre «delirios» y «mordiéndose sus propias manos»; y que en múltiples de sus aventuras se alimentaban de «perros y reptiles» para no morir de hambre, difícilmente iban a conquistar a nadie con espadas y arcabuces. Por lo que la mayor parte de las operaciones militares españolas y portuguesas fueron llevadas a cabo por sus aliados indígenas, que siempre les superaron a razón de varios cientos a uno. Es razonable suponer que, si hubiese un mínimo de solidaridad étnica en México, la conquista habría sido imposible, concluye Restall.

La evangelización no fue más que una nacionalización encubierta de aliados, que debían quedar a cargo de las colonias, ante la imposibilidad de rellenar en 1492, con España habitada con la actual población de la ciudad de Madrid, una buena porción de la superficie terrestre.

La esclavitud era tan habitual entre los propios indígenas que el padre Jerónimo Rodrígues dejó escrito en 1605 el temor de la tripulación a ser devorados por los indios si no aceptaban esclavos, no ya de tribus enemigas, sino «incluso de su propia familia», para conseguir a cambio ropas y herramientas.

Historiadores brasileños llevan unos lustros desmontando a Zumbi, el mayor héroe negro de Brasil, cuya muerte en el siglo XVII se sigue celebrando en el país como el Día de la Conciencia Negra. La versión del siglo XXI, además de descubrir la ausencia de fuentes de la falsa del XX, documenta que mandó capturar esclavos para trabajos forzados, secuestraba mujeres, y ejecutaba al que trataba de huir del Quilombo dos Palmares, un territorio formado por esclavos negros fugitivos y sus descendientes.

Aunque se sigue repitiendo por los museos, el historiador americano Warren Dean desmontó, en un libro por el que ganó el Bolton-Johnson Prize en 1995, el mito del indígena como hippy protector de la naturaleza, al revelar que, de no ser por los jesuítas, los índios habrían acabado con la mata atlántica dos veces por siglo, por su costumbre de quemarla para cultivar y cazar.

«Es un buen gesto de madurez admitir que algunos héroes de la nación eran unos granujas o, por lo menos, personas de su tiempo. Y que la historia no siempre es una fábula: no tiene una moral edificante al final, ni causas, ni consecuencias, ni villanos ni víctimas fácilmente reconocibles», apunta Narloch.

 

 Fuente:https://www.elmundo.es/cultura/2020/06/15/5ee649fc21efa07a278b4645.html
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