San Rafael, Mendoza viernes 30 de octubre de 2020

Festejando a Purvis, la mascota valiente -Por:.Beatriz Genchi

La historia argentina se forjó a fuerza de herraduras y rebenques. Los caballos fueron prácticamente extensiones de los cuerpos tanto de federales como unitarios y la relación de estos hombres con sus animales ha llegado a casos como el de Facundo Quiroga, que desarrolló con su equino un vínculo rayano en lo místico. Pero hoy hablemos de otro animal: un perro. Que en medio de las batallas defendía fielmente a su amo, con el arrojo del mejor de sus guerreros.  Su nombre, Purvis… Su dueño, el caudillo y Gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza.

La mascota de Urquiza recibió su nombre en homenaje a John Brett Purvis, un almirante inglés que participó en el bloqueo anglofrancés de los puertos de Montevideo y Buenos Aires, bloqueo que finalmente Juan Manuel de Rosas terminaría diluyendo. Resulta raro entender por qué Urquiza, referente del federalismo argentino, se decidió por el apellido de alguien que había intentado lesionar gravemente la soberanía argentina. Sin embargo, quizás, considerando la traición de Urquiza a Rosas que culminó con la derrota del último en la Batalla de Caseros, la cuestión tiene un poco más de sentido.

Urquiza encontró a un Purvis cachorro en tierras uruguayas. Un día, el perro lo empezó a seguir y el caudillo entrerriano decidió adoptarlo. Al poco tiempo se convirtió en su fiel ladero y mientras cualquier otro perro se achicaría ante el ruido de las espadas y el estruendo de los cañones, Purvis seguía a Urquiza a todos lados e inclusive tomó parte en la Batalla de Caseros.

El perro de Urquiza era muy mal llevado, agresivo y, en palabras de Sarmiento, “enorme”, “monstruoso”. Al haber sido Domingo Faustino el encargado de ir escribiendo las crónicas del ejército de Urquiza, no pudo evitar escribir sobre el can batallador. Toda persona que se acercara al Gobernador de Entre Ríos se las debía ver primero con el gran mastín: el soldado “principal de la línea de defensa” urquicista.

«El perro Purvis, muerde horriblemente a todo el que se acerca a su amo. Esta es la consigna. Si no recibe orden en contrario, el perro muerde», escribió Sarmiento, quien no se llevaba nada bien con Purvis. Si alguien se acercaba, el perro largaba «un gruñido de tigre» y estaba dispuesto a destrozar a cualquiera entre sus dientes siempre y cuando no recibiera un grito de su dueño. «Un ‘¡Purvis!’ del general le intima a estarse quieto», anota el sanjuanino.

Domingo denunció las víctimas de la bestia del caudillo, que no tenía preferencia alguna: «Han sido mordidos Elías secretario de Urquiza, Teófilo, hijo de Urquiza y ciento más. El general José María Paz, uno de los soldados más duros, recios e inteligentes de nuestro país, también fue víctima del perro que no sabía distinguir jerarquías militares ni tallas históricas.

Parece que alguna que otra vez le tiró un tarascón, porque escribe Sarmiento que «el General Paz al verme de regreso de Buenos Aires, su primera pregunta confidencial fue ‘¿no lo ha mordido el perro Purvis?».

Sarmiento y Purvis eran, quizás, los seres vivos más carcamanes y alterados del país. Entonces por eso tenían esa relación tan disfuncional. «Desde niño he tenido por rasgo característico, la impavidez para hacer frente a los perros, que nunca han podido morderme» -reflexiona Sarmiento- pero se sinceró al escribir: «yo le tengo demasiado miedo al perro Purvis”, el mastín podía hacerle perder el invicto, en esto de las mordidas. Un día, en los campos de batalla, Urquiza necesitaba que Sarmiento fuera rápidamente a su tienda de campaña y lo mandó a llamar. La noticia le debió haber caído como una patada en el estómago al “padre del aula” no tanto por hablar con el entrerriano, sino por lidiar con su can. Ese día, presentía Sarmiento, iba a perder el invicto. «Escribí en un papelito: ‘el perro Purvis va a morderme hoy’, se lo mostré a cuatro testigos y me lo eché al bolsillo. Acometí la descomunal empresa de atravesar sesenta varas de terreno despejado que mediaba entre ambas tiendas, solo y en línea recta a Purvis. No he tenido excitación igual nunca. Debía ostentar una serenidad perfecta, la sangre me venía y se retiraba a borbollones del corazón».

Sarmiento iba preparado, llevaba la mano derecha sobre el mango de la espada para desenvainar rápido si Purvis hacía de las suyas. Finalmente entró a la tienda, Purvis gruñó, Urquiza lo frenó y se pusieron a hablar. Domingo nunca fue mordido. La realidad es que, si no lo mordió, fue porque Urquiza nunca quiso que ocurriese. Purvis se quedó con las ganas.

Gentileza: Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.
beagenchi@hotmail.com

Puerto Madryn – Chubut – Patagonia argentina.

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