San Rafael, Mendoza sábado 30 de mayo de 2020

Antiguas ofensas – Por:. Beatriz Genchi

Quien haya leído a los escritores del Siglo de Oro habrá encontrado una sarta de insultos como la quevedesca «puto, cornudo, bujarrón y judío». Pero el hábito de insultar al vecino no era solo literario: como prueba los casi 9.000 procesos judiciales por injuria que algunos autores han estudiado en dos siglos del Archivo General de Navarra, España. Hediondo, lagañosa, andaluz, tocino: algunos de los mejores insultos de entonces.

El libro “Diccionario de Injurias de los siglos XVI y XVII” de Cristina Tabernero y Jesús María Usunáriz rastrea 9.000 procesos judiciales de esos siglos en busca de injurias, de los que 1.500 han aportado material a este diccionario.

Injuria es toda palabra dicha públicamente con intención de deshonrar a otra persona. ¿Por qué recurrieron a los tribunales las personas insultadas? Una respuesta clásica es que se las había ofendido en su «honor», pero es más realista pensar que la atribución pública de un comportamiento negativo tenía consecuencias prácticas. «No hay peor cosa que difamar a una moza para que nunca halle marido», alegan los querellantes de parte de una moza que fue llamada «puta, bellaca, parida de cuatro veces». Por lo que parece, muchas de las acusaciones eran sobreseídas o se resolvían con la retractación formal del injuriador.

Cuando se hacía una denuncia se interrogaba inmediatamente a los testigos y el escribano transcribía sus declaraciones, de modo que los procesos abundan en detalles recogidos de viva voz. Los insultos eran emitidos, como ocurre aún en la actualidad, en largas “sagas”, a veces en un “in crescendo” amplificador, pero por lo general sin mucho orden: «Puerca, borracha, sucia, bellaca, vieja, albanesa, jinetaria». Algunos gestos, hoy desusados, parecen aumentar la gravedad: «Asiéndose de las barbas con mucha cólera». A veces las injurias toman la forma de cancioncita («Ten tu lengua queda / puta laminera»), e incluso se instruye a grupos de muchachos para que la canten. Los motivos son conflictos de todo tipo: el préstamo sin devolución de un apero agrícola, una lavandera le quita a otra el puesto en el río, las gallinas de un propietario entran en el patio o huerta ajena… Los tipos de injuria varían: alusiones al desorden sexual (el frecuentísimo «puta», y sus variantes; las acusaciones de sodomía: «bujarrón»), los delitos contra la propiedad («ladrón») o contra el dogma («luterana», «judío» y sus equivalentes como «tocino»), los ataques al cuerpo («hediondo», «lagañosa») o al intelecto («tonto», «mentecato»), los comportamientos reprobados («ventanera», a la curiosa, «tapa de cuba» al borracho) o las atribuciones de baja situación social («hijo de un mulatero, sardinero»). A veces el insulto tiene que ver con la causa de la riña («gorda y carrilluda» a una mujer a la que se atribuye haberse bebido una cuba de vino) pero muchas veces no. Los recursos de la lengua pueden matizar la ofensa: «cornudazo», «ruincilla». Hay insultos genéricos, como «bellaco» (por cierto, el más usado), y otros más oblicuos: «boca grande», a quien no se calla; «coño flojo», «requemada por entrepierna», acusando de promiscuidad.

Abundan también los insultos a la familia: «casta de sambenitados» (los que llevaron el sambenito de la Inquisición, por judíos), «linaje de brujas». Hay más de cincuenta compuestos con «hijo de…»: desde «ahorcado» o «andaluz» hasta «ventero» o «vicario». Quienes más injurian son los varones, que también son quienes más reciben los improperios, aunque también es cierto que hay casos en que un hombre toma la palabra para terciar en un conflicto comenzado entre mujeres.

Esta valiosa obra da una visión privilegiada de los conflictos en una sociedad lejana, y del papel que los ataques orales tenían en su resolución o enconamiento. Ha sido posible gracias a que la catalogación del archivo, seguida de su informatización, ha convertido una selva documental en una mina de la que extraer estas expresiones proferidas en momentos de ira, que tanto nos dicen sobre qué ofendía y cómo en los Siglos de Oro.

Gentileza: Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com

Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.

 

 

 

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