San Rafael, Mendoza sábado 25 de enero de 2020

Cocinando el delito – Por:.Beatriz Genchi

Muchos saben de la “familia”, pero pocos saben que los padrinos de la “Honorable Sociedad” preparan los menús de sus ágapes con el mismo cuidado y esmero que sus crímenes.

La expresión cucinare il delitto (cocinar el delito) da una idea de la importancia que la Mafia otorga a la gastronomía: ya desde sus comienzos, esta organización se ha reunido en torno a la mesa con objeto de festejar aniversarios y éxitos, urdir nuevas estrategias… o poner fin a las actividades y los días de algún miembro de la Familia.

La comida constituye una liturgia, un ritual en el que cada detalle está perfectamente planeado. Dicho sea, con el debido respeto, una importancia similar a la que tiene en los Evangelios: la multiplicación de los panes, las bodas de Caná, la Ultima Cena.

En el libro “La Mafia se sienta a la mesa” de Jacques Kermoal y Martine Bartolomei se describen las comidas, cenas o banquetes que, por su importancia histórica o legendaria, por su originalidad o su cariz burlesco. Ocupan un lugar preeminente en la gastronomía mafiosa desde 1738, año en que se fundó esa sociedad. Basta con observar el desarrollo de la singular ceremonia que precede al ejercicio del diritto di morte (derecho de muerte) que gozan los jefes de familia.

En agosto de 1958, Don Genco Russo, de Agrigento, ordena a Luciano Liggio que ponga fin a la vida del Dottore Navarra, jefe de los corleoneses. Liggio llega a la casa de Don Russo y éste cumple con los ritos. Primero le dice: «Yo te doy la vida del traidor, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», y luego pasan a un amplio salón. Allí beben la mitad del vino servido y la mitad del pan con aceite de oliva, ajo y sal que se ofrece sobre la mesa. Las otras mitades se comerán y se beberán después de que Luciano haya cumplido con su misión. Para la vieja liturgia mafiosa, el pan significa la unión, la sal el valor, el vino la sangre y el ajo el silencio, la omertá.

Giuseppe Garibaldi le había dado el trono de Piamonte a Víctor Manuel y soñaba con la unificación definitiva de Italia. Había expulsado a los ibéricos borbones de Nápoles y el pueblo siciliano lo sentía como a un verdadero libertador. Pero el nacionalismo a ultranza de Garibaldi comenzaba a molestar dentro del poder. Por ese entonces, la mafia ya mandaba en Sicilia. La autoridad la ejercían los zii (tíos) y éstos estaban dispuestos a jugarles una mala pasada a los garibaldinos. Decidieron entorpecerles su marcha a Roma -para que los opositores ganaran tiempo y desplegaran sus propias tropas- y no encontraron mejor idea que retener a Garibaldi en Mesina con la excusa de un gran banquete en su honor, que duró jornadas y jornadas.

El menú principal estuvo compuesto por jamón ahumado de la Conca d´Oro, pez espada agghiotta, bacalao a la manera de Mesina, capones rellenos con trufas estofadas, pernil de corzo adobado al aguardiente de ciruelas, cordero lechal asado al aceite de oliva virgen, coliflores, alcachofas y apios escalfados; quesos de cabra, helados, tartas y la infaltable pignolata (postre de origen siciliano). Digno como para retener a cualquiera.

Otra anécdota es una que cuenta que, hacía poco que había muerto Lucky Luciano y las relaciones entre la mafia de Sicilia y la Cosa Nostra norteamericana se habían puesto un poco tirantes. En ese marco, Frank Sinatra tuvo la mala idea de ir de visita a Italia y, por supuesto, debió rendir honores ante el gran boss (jefe) de la isla, Don Genco Russo. Cuentan Kermoal y Bartolomei que La Voz jamás había sufrido una humillación semejante. Sentado a la mesa bastante lejos de Don Genco, nadie se interesaba por él. Parecía un invitado de última hora a quien le hubieran el hecho el favor de darle un plato en una comida campesina. Las criadas habían colocado ante el jefe mafioso tres enormes soperas llenas de pasta-cicci, esa copiosa sopa siciliana hecha a base de carne cocida, macarrones y garbanzos sumergidos en una mezcla de jugo de carne y de aceite de oliva. Cuando se dieron cuenta de que a Sinatra le faltaba un cuchillo con que cortar el pan, Don Genco solucionó el problema ordenándole a un piccioto (soldado mafioso) que le acercara cubiertos a don Francesco. Cuando los presentes oyeron que a Sinatra se lo llamaba don largaron la carcajada. Cómo podría ser don quien ni siquiera tenía un cuchillo sobre la mesa. Antes de morir, Luciano había sido expulsado de los Estados Unidos y Don Genco nunca le perdonó eso a los americanos. Tiempo después, cuando los Gambino y los Colombo, bosses de Nueva York y enemigos de Don Genco, fueron convertidos en cadáveres, sólo entonces Sinatra comprendió por qué lo habían maltratado tanto en Sicilia.

Gentileza: Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com

Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.

 

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