San Rafael, Mendoza martes 10 de diciembre de 2019

Abanicos de guerra – Por: Beatriz Genchi

Sí, por extraño que esto pueda sonar, el abanico se usaba en las batallas. Pero no era un abanico cualquiera. Estaba hecho de metal y realmente sólo se usaba si no tenían más remedio en combate cercano. Ese mismo objeto, que hoy puede remitir casi únicamente a un uso elegante y hasta seductor, también funcionó como arma.

Cuenta una leyenda que, durante un baile de máscaras que se celebró hace más de 4.500 años, la hija del mandarín Kan-Si agitó muy rápido su antifaz para darse aire y calmar el calor: ese fue el puntapié inicial de la milenaria tradición del abanico en China.

 Otra historia asegura que «el emperador amarillo» Huang Ti usaba abanicos en su palacio y que cada año, cuando los gansos salvajes volaban sobre la Gran Muralla China hacia el Sur y dejaban caer sus plumas en los alrededores, disponía a sus hombres en la zona para recolectarlas y hacer con ellas flechas y abanicos junto a varillas de bambú.

Lo cierto es que el origen exacto de este artefacto común y distinguido es incierto y se pierde en el espacio y el tiempo: mientras en Egipto los hacían grandes, con plumas y largos mangos, en las citas literarias de los griegos y romanos aparecen como accesorios para espantar moscas e insectos. Claro que no puedo dejar de recordar “El abanico de Lady Windermere” la obra de teatro de Oscar Wilde que se estrenó en1892. ¡Esta para leerla!

Siglos más tarde, si nos remontamos a otros lugares como España, eran usados por las mujeres con rodetes y mantillas e, incluso, las cortesanas desarrollaron con ellos una forma de comunicación a la distancia en los bailes de alta sociedad. Pero es en China donde se convirtió en uno de los íconos más característicos de su cultura: presente en sus representaciones teatrales y ceremoniales, era usado como un exponente artístico y hasta depositario de poemas.

Narra otra leyenda que un emperador de la dinastía Qing hizo un viaje de incógnito por el sur de su imperio para conocer cómo vivían sus habitantes. Fue vestido de forma corriente y entre sus ropas solo llevaba un abanico para defenderse. A medio camino entre folklore y realidad, el abanico se asoció a lo marcial: pequeño y manejable, no parece un arma, pero puede ser usada como tal.

Les cuento que en una de mis clases de tai chi chuan, es que descubrí este elemento, como instrumento de defensa. Parece que fue durante la ocupación mongol en China (¡yo ahí no estaba!). Cuando los campesinos que practicaban las técnicas del tai chi chuan de los monjes taoístas, o el kung fu de los monjes de Shaolin debían simular sus entrenamientos y convirtieron las técnicas marciales en movimientos de bailes tradicionales. Reemplazaron las lanzas con sombrillas o abanicos (se golpea con el mango cuando está cerrado, y cuando está abierto, corta con las puntas). Más recientemente, el maestro Li Deyin fue el encargado de «rejuvenecer» esta práctica y creó una secuencia que reúne los distintos movimientos con abanico del tai chi chuan.

Al repasar la historia del abanico, se puede ver cómo un mismo objeto existe y se usa según la construcción cultural que lo rodea. Bueno, veremos cómo se da. Una de las cosas que más me gusta, es el ruido (fuerte y seco) que hace al abrirse o cerrarse con fuerza. ¡Y hasta ahora es lo que me va saliendo, pero dentro de unos miles de años…cuídense!

Gentileza: Beatriz Genchi – beagenchi@hotmail.com

Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.

 

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